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Sábado, 6 Julio 2019 - 1:42am

Tertulia en el café

En una oportunidad, la tertulia destapó una agria discusión por la presentación de un proyecto en el Congreso, por parte de los representantes del departamento.

Una costumbre local, que aún perdura a pesar del avance de las nuevas tecnologías, es el encuentro con las amistades en alguna cafetería para intercambiar opiniones y discutir de lo divino y lo humano, en torno a un pocillo de buen y aromático café, que en nuestro medio se llama ‘tinto’.

“Arreglar el país”, era una de las excusas que convocaba a los parroquianos en una de las mesas de los conocidos cafés de la época, como el Rialto, el Centenario, y más recientemente el Cordobés o la Araña de Oro; dicen las “malas lenguas” que esa fue una de las razones por la cuales tuvieron que cerrar, pues durante horas permanecían allí sentados, sin consumir prácticamente nada a excepción del consabido ‘tinto’ que les duraba toda la jornada, esto es, toda la tarde, hasta entrada la noche cuando, por fuerza mayor, debían retirarse pues la cena no daba espera y “la patrona”, no permitía demoras ni menos ausencias injustificadas que apoyaran ganarse una bien merecida cantaleta con todo y corte de servicios.

En este 1943, se aproximaba el fin de año y las controversias giraban esencialmente en torno a dos temas, uno estructural para las familias, el cual preocupaba evidentemente a los más jóvenes, debido a la proximidad de la terminación de sus estudios y por ende, a la presentación de sus exámenes finales. Era entonces, un acto que involucraba una alta dosis de seriedad, con la presencia de los inspectores de la Secretaría de Instrucción Pública, quienes supervisaban su ejecución y no permitían el mínimo desliz de quienes se presentaban a tan importantes pruebas. En esas tertulias no se hablaba tanto del desarrollo de esas actividades sino de los resultados obtenidos, de los triunfos y fracasos de los muchachos, los cuales eran reconocidos como buenos y malos estudiantes y de lo que les auguraba el futuro. El otro tema, un poco más coyuntural, reflejaba la preocupación que representaba la cercanía de las festividades de fin de año; la preparación de los tradicionales eventos que congregaba a la familia entera, e
n especial el juego de los ‘aguinaldos’, que entusiasmaba a todos, desde los mayores hasta los más jóvenes. La preparación de las ‘novenas’ que se programaban sobre todo en las parroquias, pero especialmente en la mayoría de los clubes y de las instituciones sociales, ocasión que aprovechaban para departir sanamente al son de los acordes bailables que proveía Discos Fuentes. Estaban de moda el Currimbí fandango, y los porros, “El Matador”, “El Aguador”, “El Capitán Mandola” y “El Gallo no Murió”. Los más pudientes se reunían en la casona del afamado Club del Comercio, en la esquina de Nariño con Venezuela, esto es, en el cruce de la calle 11 con avenida cuarta.

Pero en estas tertulias, que repito, se sucedían todos los días al caer de la tarde, se comentaban los hechos cotidianos, en especial los sucedidos durante el día, muchos de ellos ampliados y hasta exagerados, según quién los contara. Lo más asombroso es que nadie ignoraba esos acontecimientos y es como si todos hubieran estado presentes en el momento del suceso, cada cual haciendo sus aportes y enriqueciendo las acciones. 

En un día cualquiera se escuchaba a los contertulios, renegar de quienes se bañaban en el ‘pozo de la canoa’, bajo el puente de San Luis, pues era considerado una afrenta al pudor  y la moralidad pública hacerlo sin ropas apropiadas. El padre Rubio, a la sazón cura párroco de San Luis, abogaba continuamente ante las autoridades para que dictaran normas que prohibieran el baño debajo del puente, sin que sus peticiones tuvieran eco, ni siquiera le ‘paraban bolas’ a las razones que exponía en el púlpito y menos aún en la publicación del órgano oficial de la parroquia “Alerta”. La noticia servía para que los más ‘mamadores de gallo’ recrearan sus apuntes, de los cuales ninguno salía bien librado.

Otros comentarios menos triviales se escuchaban, cuando en una oportunidad se presentó una afluencia de monedas falsificadas, de veinte centavos. Los más perjudicados eran los tenderos, pues a pesar de su experiencia, las falsificaciones eran de tan buena calidad que las diferencias eran mínimas, razón por la cual, muchos habían sido defraudados y engañados, pero lo que más preocupaba era la inacción de las autoridades para remediar el problema. Incluso, hubo quien llevó las monedas falsas para enseñarlas a sus compañeros de corrillo, hecho que sirvió más de burla por haberse dejado engañar, que de ilustración del ilícito. 

En una oportunidad, la tertulia destapó una agria discusión por la presentación de un proyecto en el Congreso, por parte de los representantes del departamento. Es preciso anotar que el círculo de asistentes a los tradicionales coloquios, eran amigos y conocidos de tiempo atrás. No los reunía ningún fin en particular, salvo el intercambio esporádico de noticias y sucesos del diario acontecer de la ciudad; esto a pesar de las diferencias ideológicas, que de ninguna manera afloraban en las conversaciones, pues era de amplio conocimiento las diferencias político partidistas de la época. Sin embargo, ante una proposición presentada en la Cámara de Representantes, para que se autorizara una partida para auxiliar la construcción de un edificio a los Hermanos Cristianos y ampliar las instalaciones del Colegio Sagrado Corazón, se desató entre los concurrentes una áspera desavenencia, pues algunos que eran afiliados a la Sociedad de Artesanos Gremios Unidos, por demás liberales y masones, los representantes políticos 
nunca habían querido gestionar una partida que les permitiera ampliar sus instalaciones. Aunque la discusión amainó con la llegada de la noche y la despedida de sus miembros, la controversia se extendió a los medios posteriormente. Algunos comentarios de prensa sobre este caso, en el cual se defiende la postura de los políticos solicitantes del auxilio, se aprecia en el fragmento de esta columna, “…se trata de un auxilio para construir un edificio que va a quedar en Cúcuta, y no es plata para la Comunidad. Dicho edificio no se lo van cargar, ese queda haciendo parte de los haberes de las obras a favor de la ciudad y con esas razones no se va ninguna parte, no se puede adelantar el progreso de un pueblo, porque existen mezquindades que de civismo no entienden ni jota”. Finalmente el auxilio se aprobó y con él se construyó la batería de aulas y el laboratorio de química, ubicado en la acera norte de la calle 16 entre avenidas tercera y cuarta de la ciudad.

Gerardo Raynaud D.
gerard.raynaud@gmail.com

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