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Microtráfico en Cúcuta, entre las “ollas” y el vicio

Miércoles, 8 de Mayo de 2013
En los últimos treinta años, en la ciudad nos hemos acostumbrado paulatinamente a constituirnos en paso obligado de las rutas del tráfico de estupefacientes, bien porque se cultiva y procesa en los municipios de Norte de Santander, o por que procede desde los departamentos del interior del país.
En los últimos treinta años, en la ciudad nos hemos acostumbrado paulatinamente a constituirnos en paso obligado de las rutas del tráfico de estupefacientes, bien porque se cultiva y procesa en los municipios de Norte de Santander, o por que procede desde los departamentos del interior del país.

Así mismo, hemos asistido a la presencia de “ollas” clandestinas, que por lo general son casas en donde se expende la droga al detal, y en muchas ocasiones se permite que los consumidores, pasen allí las horas que derivan de los efectos de su uso. Los alucinógenos ofrecidos a drogadictos y viciosos son en su gran mayoría “porros” de marihuana y papeletas de bazuco.

Sin embargo, con suma preocupación, hemos venido observando la proliferación y aumento de estas sustancias, que trasciende de las tradicionales “ollas” para posicionarse en nuestros parques y zonas aledañas a colegios y universidades, y gana terreno con el narcomenudeo que se realiza en rutas callejeras y  peor aún, con servicio de entrega domiciliaria.
    
La acción policial, se ha concentrado en el allanamiento de estas “ollas” y la captura de quienes allí administran su expendio, pero con desfortuna, no logran establecer y dar con el paradero de los financistas y organizadores de toda esta red de microtráfico. Las estadísticas demuestran que existen operativos y detenciones, pero el negocio muta y se reactiva con una facilidad asombrosa.
    
Los ciudadanos, entre tanto, padecemos sus consecuencias intrafamiliares, cuyos principales actores son los adolescentes y jóvenes, entre las que se destacan el deterioro de la salud física y mental, el deseo permanente por la tenencia de dinero, la mentira cotidiana y la incapacidad de reconocer su dependencia con las drogas.