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Domingo, 10 Noviembre 2019 - 3:02am

De muros y fronteras: 30 años de la caída del muro de Berlín

La frontera entre Colombia y Venezuela se ha convertido en un recordatorio de las tensiones entre vecinos.

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Una revolución pacífica había triunfado: el fin de la “Guerra Fría” y el inicio de la reunificación de Alemania dieron sus primeros pasos para sorpresa de propio y del resto del mundo.
/ Foto: Archivo

Hoy hace 30 años tuvo lugar uno de los momentos más importantes del siglo 20: La caída del Muro de Berlín. La importancia de dicho momento y su incidencia en la evolución de la política mundial es todavía objeto de análisis y admiración en los principales centros de pensamiento, historia y de poder político del mundo. Y, hoy, cuando enfrentamos una división ideológica en la frontera colombo venezolana, su conmemoración toma un significado aún mayor y ha de servirnos para reflexionar.

Tuve la magnífica coincidencia y oportunidad de estar presente durante esos días de efervescencia estudiantil y ciudadana en los claustros de la Universidad de Leipzig y en las calles de la zona fronteriza del muro que dividía a Berlín en dos mundos totalmente distintos. Me encontraba allí como estudiante cursando mis estudios universitarios gracias a una beca que me otorgó Naciones Unidas en alianza con el ICETEX.  

No fue fácil entender cómo la Segunda Guerra Mundial había tenido, entre los muchos objetivos, no solo acabar con las aspiraciones expansionistas del régimen Nazi liderado por Adolfo Hitler sino además posicionar a varios actores que se dividían en la competencia de modelos de sociedad sustentados en el Capitalismo impulsado por Estados Unidos y sus aliados, y el Comunismo defendido por la Unión Soviética y el bloque de países que lideraba.

Ambas agrupaciones fueron parte de los aparatos militares que derrotaron en suelo alemán al ejército Nazi y que decidieron, como vencedores, su permanencia en una Alemania que terminó dividida en dos Estados distintos y protagonistas de una larga confrontación no armada denominada “La Guerra Fría”.

Sin duda, la solución política de los aliados y vencedores de la Segunda Guerra Mundial había sido contraria a la esencia de una cultura, un Estado y una sociedad como era la Alemania de mediados del siglo XX.

La pregunta natural de cualquier turista o extranjero del momento era: cómo podían dos ideologías contrarias dividir y confrontar a ciudadanos con una misma lengua, una misma sociedad y una misma historia hasta el punto de levantar muros divisorios y mantener tal nivel de tensión militar en sus zonas de separación donde los intentos no autorizados de cruce de dicha “frontera” podían traducirse en la muerte. Aún se debate cuántos alemanes perdieron la vida en dichos intentos. 

En mis primeros días en la Universidad de Leipzig, me resultó difícil creer que los grandes auditorios se encontraban casi vacíos y que el campus universitario no reflejaba el dinamismo propio de las universidades europeas. 

Al preguntar a mis compañeros alemanes qué ocurría, me dijeron, con sigilo,que si había algo importante que hacer, el punto de reunión era la Iglesia “Santo Tomas” (sitio de reposo de los restos del músico alemán Bach) a 70 metros del campus donde líderes religiosos, estudiantes y otros activistas se reunían clandestinamente para preparar las “Marchas de los lunes” en contra del régimen comunista.

“Ten cuidado, no te dejes fotografiar entrando a la iglesia porque luego te expulsan de la universidad” fue la advertencia de mi amigo Hans en dicha universidad. El aparato de inteligencia alemán, la “Stasi”, se había dedicado a poner agentes encubiertos en las calles aledañas a la iglesia para hacer registros fotográficos de los activistas y organizadores de las protestas. 

Para septiembre de 1989 ya habían ocurrido las primeras protestas con algunos cientos o par miles de manifestantes y se preparaba una gran protesta para el 9 de octubre que finalmente congregó a más de 70 mil personas con consignas esenciales como “Queremos cruzar la frontera” o “libertad de viaje”. Allí estuvimos con muchos otros estudiantes y entendimos que Leipzig había encendido una llama que se empezó a extender en el resto de la Alemania Oriental.

Tres semanas después y en compañía de un par de amigos colombianos decidimos tomar un tren y viajar a Berlín a conocer la famosa capital de Alemania y las particularidades de una ciudad dividida y el simbolismo de la “Guerra Fría”. Nuevamente mi buen amigo Hans intervino y me recomendó: “mejor no viajes ahora pues mi hermano que está en el ejército me confirmó que están en “Alerta Naranja” con una división de tanques a un kilómetro del muro y si la cosa se complica, pueden intervenir como ocurrió en Tianamen, en China, hace 4 meses y lo que va a ocurrir será una tragedia”. 

La juventud y poca conciencia del riesgo nos inclinaron por la decisión contraria y el 7 de noviembre ya estábamos en Berlín conociendo ambos lados de la “Guerra Fría” y sintiendo un ambiente previo a la protesta del jueves 9 de noviembre de 1989 que nos daba a entender que la gente en general se quería manifestar en grandes concentraciones contra uno de los mayores símbolos de esa confrontación: El Muro. Así ocurrió: la movilización ciudadana se dio, el Presidente (e) Ego Grenz prefirió dejar la responsabilidad de una decisión en los rusos en cabeza del Presidente Gorbachov, éste no pasó al teléfono y aludió estar en profundos sueños y la masa de alemanes manifestantes tumbaron a martillazos varias partes del muro. Una revolución pacífica había triunfado: el fin de la “Guerra Fría” y el inicio de la reunificación de Alemania dieron sus primeros pasos para sorpresa de propia y del resto del mundo. Una lección para todos los Estados en los finales del siglo XX. 

Bien por Berlín y Leipzig, bien por la querida Alemania que hoy conmemora con madurez ese muro que ya no existe y esa integración que bien han abanderado en la construcción de la Unión Europea.

Hoy, treinta años después, la frontera entre Colombia y Venezuela se ha convertido en un recordatorio de las tensiones entre vecinos que, si bien comparte un idioma y una cultura como pueblos hermanos, se encuentran bajo escenarios ideológicos diferentes donde el símbolo de división no es un muro, sino contenedores.

Esperemos que en nuestra frontera surja su propia revolución pacífica y logre concentrarnos en lo que la gente pide que solo es desarrollo y libertad.

Los alemanes tuvieron que aguantar 28 años, 2 meses y 27 días para abrir su frontera y cambiar el rumbo. Nosotros ya llevamos 4 años, 2 meses y 21 días enfrentando los retos que implica este cierre fronterizo que planteó Maduro y que para nada ayuda ni a la gente de la frontera ni a los dos países.

Finalmente, Colombia y Venezuela han sido más tiempo una misma familia, un mismo Estado y una misma historia. No podemos llegar a la conmemoración del Bicentenario de la Constituyente de la Gran Colombia en 2021 en semejante situación.

Víctor Bautista Olarte, director de Fronteras de la Cancillería

 

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