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Domingo, 26 Mayo 2019 - 2:42am

La vida en el Campo Makhmour para refugiados kurdos en Irak

Historia de un viaje de 21 años desde el sur de Turquía hasta el norte de Iraq. 

Víctor de Currea-Lugo
Vista Panorámica del campo de refugiados ubicado en Irak. Actualmente, unas 12.000 personas viven en este lugar.
/ Foto: Víctor de Currea-Lugo

Texto Víctor de Currea-Lugo (especial desde Irak)

Hace 21 años, en 1998, en un pequeño valle cerca de la ciudad iraquí de Erbil, unos miles de kurdos fundaron el campo de refugiados de Makhmour. A simple vista parece vacío, como todos los vecindarios de Oriente Medio cuando el sol aprieta. Luego de un largo camino pedregoso y sin un solo árbol, aparece una especie de oasis donde sí hay unas arboledas salpicadas de casas de techos de plásticos azules. 

Pero la historia de ellos empezó mucho antes. Desde 1991, cuando estando en el sur de Turquía, fueron víctimas de los ataques del ejército turco, que entonces (y todavía) libraba una guerra contra las guerrillas del Partido de Trabajadores de Kurdistán (PKK), fortalecido en las montañas del sureste.

Expulsados de Turquía

Un hombre mayor kurdo, que hizo todo el camino de estas tres décadas y cientos de kilómetros, se sienta a contarme la historia del campo. Al comienzo de los años noventa vivía, junto con su familia, en la zona rural del sur de Turquía, cerca de la frontera con Irak y Siria. Allí llegó la guerra. El gobierno los acusó de colaborar con las guerrillas y el ejército turco les dio dos opciones: colaborar para combatir al PKK, ya fuera dando información o alistándose en los grupos de civiles armados por el gobierno, o dejar sus tierras.

Según mi entrevistado, alrededor de 4.000 pequeños poblados fueron atacados entre 1991 y 1994, muchos de ellos quemados. Los datos de las organizaciones más serias de derechos humanos dicen lo mismo. A la población le prohíben regresar y se convierten en desplazados forzados, algunos de los cuales se quedan cerca de la frontera, pero sin cruzarla.

Fueron construyendo campamentos temporales a medida que se desplazaban. Su camino desde su casa hasta este campo es una larga procesión de construcciones que fueron abandonando por amenazas y ataques. En 1994 construyeron el campo de Behere, al otro lado de la frontera. Ese campo duró solo pocos meses, porque fue bombardeado por el gobierno turco, a pesar de estar en territorio iraquí. De allí huyeron al territorio sirio donde construyeron un nuevo campo que el ejército turco también atacó. 

Construyeron un tercer campo; ese no fue atacado, sino que el gobierno turco presionó para impedir la acción humanitaria de Naciones Unidas. Los kurdos decidieron entonces hacer una huelga de hambre en las oficinas del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (Acnur) para forzar su reconocimiento como refugiados, no como migrantes económicos, me explica mi entrevistado, sino como personas que cruzaron la frontera por razones políticas, porque en Turquía no les dejan ser kurdos y las autoridades les niegan usar su idioma, usar nombres kurdos para sus hijos y hasta danzar sus bailes tradicionales.

Acnur propuso entonces crear un solo gran campo en Etrush, donde confluyeran todos los kurdos, cerca de la ciudad iraquí de Dohuk. Entre febrero y marzo de 1995 todos marcharon al nuevo campo bajo protección de la ONU, pero eso no impidió un nuevo ataque militar por parte de los turcos.

Atrapados en tierra ajena

Allí se manifestó un nuevo conflicto: las tensiones en el seno de los propios kurdos. Un grupo de kurdos del clan de Barzani (de los Peshmerga) atacó el campo dejando varios muertos y heridos, y bloqueó el acceso al agua y la comida. Me cuentan que, en ese entonces, se alimentaron de encinos, que no suelen ser comestibles. Desafortunadamente, hubo gente enferma y mujeres embarazadas sin ayuda médica.

Los aviones turcos volaban muy bajo para sembrar terror en el campo, al tiempo que los Peshmerga presionaban a la gente desde tierra. La misma gente defendió su campo y, ante la imposibilidad de seguir allí, decidieron abandonarlo en pequeños grupos y moverse más al sur, dentro de Irak. 

En 1996 fundaron un nuevo campo que llamaron Ninova, que era el nombre antiguo de la ciudad de Mosul. Durante 1997, tanto los Peshmerga como los turcos continuaron con los ataques. Así aguantaron un año más, hasta que tomaron la decisión de volver a abandonar el campo, pero esta vez, lo quemaron todo, no dejaron nada a sus atacantes y se fueron a un nuevo sitio a empezar de cero. En total eran más de 1.500 refugiados, entre tiendas y casas. Huyeron en febrero, en medio de la lluvia y la nieve. 

Siguieron hacia el sur, terminaron en la línea que dividía el norte bajo “zona de exclusión aérea”, impuesta por las grandes potencias, y el territorio sureño en manos del ejército iraquí, en ese entonces bajo el mando de Sadam Husein. Allí duraron tres meses atrapados, sin poder avanzar ni devolverse. Solo lograron superar la inmovilidad con la mediación de las Naciones Unidas. Finalmente, llegaron a Makhmour, donde hoy viven unas 12.000 personas.

Muchos se quedaron en el camino, de muchos no se supo, porque fueron detenidos por los Peshmerga. En el nuevo sitio, organizaron comités de la comunidad, escuelas de kurdo, centros de salud y hasta recuperaron la enseñanza de sus danzas. Aunque tenían el apoyo de la Onu, prefirieron conservar su autonomía organizativa. 

De hecho, durante el recorrido por sus calles me muestran las escuelas, las sedes de las organizaciones de mujeres, del consejo municipal, la biblioteca, y hasta la explanada donde queda el cementerio y desde donde se observa una parte del campo. En diciembre del 2018 fue el último ataque sufrido por los turcos, pero las amenazas persisten.

El campo ha sido atacado varias veces, incluso por el Estado Islámico. Sin embargo, ha logrado ser defendido, la última vez, desde las montañas y gracias a los francotiradores del PKK. (Foto Víctor de Currea-Lugo)

Ante el Estado Islámico

En 2014, el Estado Islámico (también llamado Daesh e Isis) atravesó Irak, desde la región de Ánbar hasta la ciudad de Mosul, que cayó en sus manos, no tanto por mérito propio como por la cobardía del ejército iraquí que abandonó la ciudad. En el campo de refugiados supieron que Daesh vendría a atacarlos.

Prepararon comités de defensa, cavaron trincheras, organizaron seis comités de salud: uno para cada sector del campo. Enviaron llamados de apoyo a todas las organizaciones y partidos kurdos de la región, entre ellos a las guerrillas del PKK. Sólo tuvieron para su defensa algunas armas cortas y fusiles AK-47, mientras que el Estado Islámico tenía las armas americanas que había capturado al tomar Mosul. Hicieron la lista de voluntarios para entregarles las armas. Esta vez también llegaron los Peshmerga, pero para ayudar ante el enemigo común. 

Finalmente, el 6 de agosto de 2014, Daesh atacó el campamento. Los Peshmerga se retiraron ante el avance del Daesh y toda la población tomó la decisión de retirarse, durante la noche, en pequeños grupos hacia las montañas. El segundo día, poco a poco el Estado Islámico fue adentrándose en el campo vacío. Entonces, los refugiados contaron con el apoyo del PKK, que empezó a atacar con francotiradores desde la montaña. Esa alianza entre pobladores armados, el PKK y los Peshmerga que regresaron, permitió la expulsión del Daesh del campamento. En 2015 hubo dos ataques suicidas contra el campo, pero fueron frenados antes de que entraran.

Contrario a lo que uno pudiera pensar, como observador externo, es que su experiencia contra el Daesh no fue peor que las anteriores. Mi entrevistado sonríe y, antes de despedirse me aclara que el Estado Islámico no tenía aviones como los turcos y que su ataque fue cosa de días, mientras su huida desde Turquía ya lleva muchos años. 

En mi estadía hubo siempre un plato para mí en la mesa. Hubo un momento en que uno de los kurdos insistió en que comiera más, así: “come, come. Tú no sabes lo que ha pasado en Oriente Medio en la última hora y no sabes lo que pasará en la próxima hora. Debes comer porque hay que estar preparado para lo que sea”.

Luego, visito la sede de las víctimas, donde hay un grupo de hombres en huelga de hambre para presionar un diálogo de paz que, de ser posible, empezaría con el aislamiento carcelario que sufre su líder Abdullah Öcalan, en prisión desde 1999. Allí, también, un grupo de mujeres jóvenes practican, entre risas, sus danzas tradicionales. Una generación enseña a la otra lo que significa ser kurdo, aunque sea en el exilio.

La Opinión

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