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Viernes, 4 de Diciembre de 2015
Les explico que procuro tomar posiciones sobre las políticas de los gobernantes más que respaldar al candidato por su partido. 

Muy a menudo las personas llegan a preguntarme si soy Demócrata o Republicana. Que desilusión cuando les contesto que prefiero no tildarme con un rótulo político.  Suelen insistir.  Comienzan a preguntarme qué pienso de Obama y cuál es mi candidato preferido para las próximas elecciones de los Estados Unidos.   Les explico que procuro tomar posiciones sobre las políticas de los gobernantes más que respaldar al candidato por su partido.  No me creen.  Y, no cedo.  ¡Qué frustración para mis interrogantes!  Qué desespero.  Concluyen que no entiendo lo que indagan o que no tengo suficiente formación para precisar una posición.  O soy ignorante o soy apática.

Si la ocasión permite una conversación más extensa y entramos en temas de salud, educación, (des)empleo, pobreza y toda clase de derechos humanos en riesgo, casi siempre proclaman satisfechos: “¡Ah!  Eres liberal, una activista, cuasi-socialista.”  Sonrío.  

Seguimos y hablamos de la ética laboral, de los compromisos profesionales y familiares, del deber hacia la patria.  Cuando se enteran que no soy promotora de que los niños se crían con dos “padres” hombres o dos “padres” mujeres, cuando revelo que para mí los fetos no son tejidos sino bebés, cambian mi marbete y dicen, “¡Ah! ¡Eres super conservadora!”  Sonrío.

Desde luego, ahora averiguan qué religión practico. Qué tortura cuando me niego a que  me enmarquen dentro de algún régimen religioso.  “Luego, ¿eres atea?”, preguntan.

Ahora pregunto yo.  ¿Los valores tienen partido político?  ¿Los valores tienen religión?  ¿No puedo ser progresista, entrepreneur, soñadora a la vez que sostengo ciertos valores?  ¿No puedo ser creyente sin un partido religioso?  ¿Será que no apoyo el avance, el cambio, la evolución de la tecnología, la investigación científica si simultáneamente rehuso derrumbar los pilares de mis valores personales?  ¿Si digo que el matrimonio debe ser entre un hombre y una mujer soy anticuada, cerrada, déspota?  ¿Por qué si defiendo posiciones semánticamente ‘tradicionales’, me acusan de ser atrasada, intolerante y hasta infectada con odio?   ¿Por qué el hecho de estar en desacuerdo con ciertas prácticas, significa que no amo a mis hermanos?  ¿No puedo refutar una idea sin rechazar toda la ideología del individuo?  Igualmente, ¿no podría rechazar TODAS las ideas de una persona y hasta todas sus conductas y seguirla amando?

Las etiquetas.  Un sinnúmero de etiquetas.  Interpretaciones infinitas.  Etiquetas como “conservador” y “liberal”; “católico” y “protestante”; sin mencionar todas las que finalizan en -ista!!  Nuestro medio se acostumbró a utilizar estas identificaciones para supuestamente conocer al prójimo. Se volvieron sinónimos o antónimos de otras labels de prejuicio, como intelectual/tarado, correcto/corrupto, humilde/pretencioso, reservado/extremista... 

Qué dicha sería poder hablar sin palabras, definir sin definiciones, ser periodista sin lenguaje, hacer justicia sin léxico, pensar sin vocablos. Suspiro.

Beth Ann Bude columnista