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Siervo, un hombre al que una mina le cambió la vida

Jueves, 22 de Septiembre de 2016
Soñaba con ser futbolista pero una mina antipersona le quitó su pierna derecha.

El balón estaba a 20 metros de la arquería. Los espectadores coreaban su nombre y él se preparaba para cobrar el tiro libre de su vida, su especialidad en el fútbol. Era domingo, 3 de febrero de 2002, y cuando quiso levantar la pierna derecha para patear la pelota, no la vio, había sido mutilada por una mina antipersona.

Siervo estaba bajo el efecto de una inyección que le habían puesto para calmarle el dolor. En el helicóptero en el que lo transportaban para salvarle la vida reaccionó, y ahí, boca abajo, entendió que el subconsciente le había enseñado su futuro: jamás podría cobrar el tiro libre, el sueño de ser futbolista se desvaneció; la guerra le había secuestrado su talento.

“Recuerdo cada dolor, fueron momentos de confusión que aún no supero. Sentimientos encontrados que genera la guerra y que he revivido con el acuerdo de paz con las Farc. El Sí me va a salir con sangre, me lo van a arrancar con anzuelo. De un lado están los momentos terribles por los que pasé y de otro la verraquera con la que afronté la recuperación para tejer nuevos proyectos de vida”, narró Siervo Antonio Bacca.

Una mina mató al futbolista

Siervo vive orgulloso de su estirpe campesina y de haber nacido en el Catatumbo. Es natural de El Tarra y se crió en el corregimiento Pacelli, al que describe como un remanso de paz y uno de los menos afectados por el narcotráfico, la guerrilla, los paramilitares y las bandas criminales.

“En Pacelli la comunidad es unida y como no teníamos casa propia, conocí casi todas las veredas del corregimiento. Mis padres siempre me inculcaron que debía esforzarme por lo que quería y me apoyaban en la pasión por el fútbol”.

En el Catatumbo Siervo vivió hasta los 19 años, cuando pisó la mina antipersona. Para la época residía en la vereda Tres Aguas de El Tarra, donde había adquirido unos terrenos y los estaba pagando a cuotas a la junta comunal.

“El jueves 31 de enero de 2002, mientras estaba trabajando fuera de la finca, el Eln llegó y le pidió a mi mamá -María Cecilia Correa- que se fuera porque iban a volar el oleoducto Caño Limón Coveñas. A la media noche mi familia sale de la zona y la guerrilla dinamita la tubería”.

Al día siguiente, como de costumbre, Siervo iba para la finca con la ilusión de ver a sus parientes y jugar el ‘picadito’ del fin de semana. Sin embargo, fue alertado por los campesinos de que habían volado el oleoducto y era peligroso ingresar a la zona.

“Vea… el área debe estar minada. No suba, no suba”, le dijeron. Él, en su impotencia por saber de su familia, se arriesgó. Al llegar a la campestre vivienda no había rastro de nadie y un tapete negro y viscoso cubría los habituales pastizales.

La casa de Siervo estaba a 200 metros de la explosión. En una finca cercana le dijeron que su mamá había pasado allí la noche y antes de que saliera el sol se había ido a Pacelli. Era como el juego del gato y el ratón, pero en el corregimiento se encontraron, fundiéndose en un enternecedor abrazo.

Dos días después de la explosión, regresaron a la finca. El Ejército que custodiaba la zona les permitió entrar a la casa con el compromiso de no salir de ella mientras limpiaban el terreno de minas.

“Eso duró todo el día y a la medianoche dieron luz verde, la zona estaba limpia, o al menos eso pensaron ellos. El domingo 3 de febrero, una cuadrilla de Ecopetrol entró a hacer la revisión del tubo y nosotros pudimos salir a buscar el ganado, las vacas y los cerdos que teníamos. Cuando el reloj marcó las 10 de la mañana, pisé la mina... mi familia quedó en penumbra y mi vida se partió en dos”.

El personal médico de Ecopetrol le brindó los primeros auxilios y en un helicóptero que estaba en la zona trasladaron a Siervo al Hospital Erasmo Meoz. “A las 10:45 de la mañana llegué a Cúcuta y a las 6 de la tarde salí de cirugía y sin la mitad de mi pierna derecha”.

Mire cómo se las arregla o échese a morir

“Cuando me pasaron a piso me imaginaba en un semáforo con un par de muletas pidiendo limosna. Esa era la idea que uno tenía, no sabía que existían las prótesis. Mi mamá estaba alicaída y pensé: ‘Toñito’ -como me decían en la casa- mire cómo se las arregla o échese a morir”.

Dieciséis días duró la recuperación en el Erasmo Meoz y Siervo comprendió que haber sobrevivido traía consigo un mundo por descubrir. Sonriéndole a la vida afrontó el tortuoso camino y a su papá -Jesús Antonio Bacca- le preguntaba si las mujeres se fijarían en él. “Con el humor que lo caracteriza me decía: mijo, usted no es tan feo”.

Estando en el hospital, el 9 de febrero, cumplió los 20 años. “Ese día casi levantamos el piso de alegría, tuve visitas y las enfermeras me trataban muy bien, hasta bromeaban con mi nombre y les decía que era por mi vocación de servicio y en honor al abuelo”.

Al salir del hospital, Siervo portaba su primera prótesis, gestionada al Fondo de Solidaridad y Garantía (Fosyga). El destino, la vereda Tres Aguas, donde fue recibido con aplausos y sus amigos lo esperaban en la cancha para jugar un partido simbólico. “Entré con mi prótesis, fueron 15 minutos de euforia”.

En Bogotá consiguió esposa

Un año después del accidente la Cruz Roja le dio una nueva prótesis y Siervo se radicó en Bogotá donde validó el bachillerato e hizo cursos cortos en panadería, sistemas, gestión de proyectos y manualidades.

“En el viaje me enamoré y conseguí esposa, ahí terminó el miedo a no conseguir mujer. De los cursos el que más me gustó fue el de panadería y aproveché los planes de inclusión laboral e ingresé a un hotel, donde perfeccioné la pastelería”.

Sin embargo, Siervo prefirió independizarse porque debido a su discapacidad física, en las empresas se molestaban cuando le daban incapacidades de hasta cinco días.

“Si tenía una molestia en la rodilla izquierda, el médico me daba incapacidad porque es mi pierna buena. Todo eso generaba una presión sicológica y laboral y entendí que podía hacerlo solo y sostenerme siendo mi propio jefe. Así, decidí regresar en 2010 a Cúcuta”.

Asesor, universitario y ejemplo de vida

Siervo vive en el barrio Antonia Santos de Cúcuta y su rutina diaria incluye compromisos laborales de asesorías técnicas a panaderías y a emprendedores que quieren montar sus negocios en esta rama. Por las tardes, estudia contaduría pública.

“En Cúcuta he consolidado un proyecto de vida. Disfruto de las asesorías y nadie me presiona sicológicamente. Comprendí que la vida da segundas oportunidades”.

Sin embargo, uno de los tormentos de Siervo es acceder a los servicios de salud. “Cuando se acabó el programa de la Cruz Roja y apareció la Ley de Víctimas (1448 de 2011), ingresé a una ruta de atención mediocre, donde las citas con los médicos las dan cada seis meses”.

Prueba de ello es que este año pidió una cita en enero y se la dieron para julio. El fisiatra pidió una revisión a fondo y lo remitió al ortopedista, quien le manifestó que la pierna tenía algo raro y que pidiera una nueva cita, la cual no le han dado y sin esa valoración no hay autorización para una nueva prótesis.

A pesar de la tramitomanía y de las secuelas que le dejó la guerra, Siervo día a día lucha por no debilitarse y le cobra tiros libres a la vida.

‘Perdoné a la guerrilla, pero que recen 15 rosarios’

“De niño crecí viendo a la guerrilla en el Catatumbo y me gustaba la forma en que hablaban, sus ideales. Con el tiempo se convirtieron en una banda de criminales y me di cuenta de que las cosas no estaban bien. Ahora, estamos frente al proceso de paz y hay que darle el Sí”.

Siervo perdonó a los guerrilleros que sembraron la mina que le quitó la pierna. “El Gobierno está buscando la paz con uno de los grupos armados y hay que incluirlos a todos, solo así la paz será real. A los milicianos del Eln los perdoné, esta es la oportunidad de que también demuestren arrepentimiento, que recen 15 rosarios y den gestos de buena voluntad”.

Ahora, con las Farc, dijo Siervo que esta es la oportunidad de que silencien sus fusiles. “El proceso de paz no tiene reversa; si gana el No, ¿cuantos años más tenemos que esperar? Mire… es tan sencillo como que tengo 34 años y no quiero envejecerme sin ver a una nueva Colombia. Como víctima quiero aportar a la construcción de nuevos estilos de vida y a la reconciliación nacional”.

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Eduardo Rozo