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Doña Raquel, la última partera de Ocaña

Martes, 10 de Mayo de 2016
A sus 84 años lleva 3.007 partos asistidos.

En el rostro de Raquel Carrascal de Manzano, 84 años, se ve la alegría del deber cumplido. Durante medio siglo asistió 3.007 partos en distintos estratos sociales.

Nacida en una familia pobre de Juan XXIII, creció queriendo ser partera, práctica extinta en muchas partes.

Con orgullo recuerda que recibió en sus manos a varios profesionales del municipio, algunos de los cuales aún  la visitan para agradecerle.

“Me llaman la segunda mamá. A los hijos del constructor Pablo Emilio Quintero Ferrer los recibí”, explica. Incluso el actual contador y secretario de Hacienda de la Alcaldía, Jesús Emiro Velásquez, quién es su yerno, nació en sus manos”.

Aunque ya no recibe bebés, por recomendación médica, doña Raquel, como es conocida, no deja  de lado sus lazos con la maternidad: hace masajes a las embarazadas, para acomodar la posición de los bebés.

A sus pacientes las atiende con delicadeza: se inclina y le habla al vientre de la mujer, al tiempo que escucha los sonidos a través de una corneta amplificadora.

“Ahí se determina si están vivos o muertos. Se escuchan ruidos de la placenta, que son distintos a los del feto. Los niños tienen la mollera abierta desde el vientre y ellos escuchan; por eso hay que hablarles y ponerles música”, indica con conocimiento. “Son un milagro”.

Se ufana de saber adivinar el sexo del bebé sin necesidad de ecografías. Rara vez ha fallado...

“Si está inclinada hacia la derecha es niña, y si busca el costado izquierdo es niño. Tengo el don de escuchar los fluidos, es algo muy perfecto y nunca falla”, explica.  

Un oficio que la enamoró

“Lo más hermoso en esta vida es recibir a un niño, escuchar su llanto. Había noches que atendía dos partos... Disfrutaba trayendo vida”, dice evocando épocas de su oficio. De los que recibió, murieron 10 niños por problemas de sífilis, deformación y desprendimiento de placenta.

Dice con franqueza que aunque los niños no murieron por su culpa siempre sentía el mismo dolor de las madres y lloraba con ellas.

Ella atendió partos de sus hermanas, cuñadas, nueras y hasta nietas.

“Sentía mucha felicidad, y a veces miedo; uno de los riesgos es que los niños vengan con un solo pie: toca volverlo a entrar, para ayudar a que saque ambos”, explica.  “Cuando vienen de pelvis también se presentan dificultades: se debe buscar el cuello, para sacar la quijada”.

Carrascal recuerda que el último bebé que recibió fue  hace 18 años: la hija de Maritza Soto.  Ese mismo día ayudó a su nieto Sebastián a llegar al mundo, pero se le subió la tensión y el médico le recomendó retirarse.

Todos los partos los hacía a domicilio sin importar ni la hora ni las distancias.

“A veces,. acababa de llegar de un parto, y me tocaban a la puerta para atender otro”, agregó.

Con lucidez rememora el parto más difícil: el de un niño que venía boca abajo. Dice que prácticamente tuvo que acomodarle los huesos, para que pudiera salir.

“Ese niño vino a los años a agradecerme por haberlo recibido y me dijo que yo era su segunda mamá”.
 
La idea de esa carrera                 

De joven, Carrascal,  escuchó que iban a dictar clases de enfermería en el dispensario donde hoy funciona el Hotel Hacaritama. Un médico local era el instructor. Aprendió a inyectar, sondear y suministrar medicamentos a los soldados del batallón. Allí practicaba. Luego, se vinculó al antiguo hospital de las monjas en El Llano Echávez de Ocaña. Posteriormente, emprendió su misión humanitaria en Convención.

Allí atendió muchos partos y se especializó como partera, obteniendo el reconocimiento de los distintos estamentos sociales. Se casó y tuvo cinco hijos.

Tras su regreso de Convención, las monjas no la dejaron trabajar estando embarazada, por lo que empezó a asistir partos de manera independiente.

Con el aval de los primeros ginecólogos de Ocaña empezó a recetar medicamentos como Pitocín (usado para inducir el parto), Algafán (para sedar a la paciente) y en caso de que la madre estuviera tensionada en el momento de dar a luz, estaba el Valium, para relajarla, además de antibióticos, para la seguridad de los procedimientos.

En una campaña del hospital para evitar malos procedimientos en los partos, con apoyo de Unicef, entregaron un kit de parteras a las 25 especialistas de la ciudad: constaba de pinzas curvas y rectas, dos tijeras, una riñonera, tres pares de guantes (se esterilizaban al baño de María, porque para esa época no existían los desechables), una báscula para bebés y dos delantales.

“Todas ellas han muerto, Elsa, María... éramos 25 en el hospital; sólo quedo yo”, susurra.

Su nieta Andrea Karina Gandur Manzano dice estar orgullosa de la labor de la abuela y la define como una mujer excepcional y servicial.

“Mujeres así no nacen todos los días. Su labor tiene  mucha responsabilidad y cuidado. Lástima que ya no ejerza, pero me asiste con masajes durante el embarazo. Yo lo quiero tener natural, porque es más ventajoso”, recalca.

Cuando Carrascal empezó, cobraba 70 pesos por parto. La tarifa subió a 2 mil y terminó en 250 mil  pesos hace un par de años. Por los masajes cobra 5 mil, para comprar las cremas y aceites.

Quienes no tenían con que pagarle le canjeaban sus servicios por arena, ladrillos y cemento. Así levantó su casa.

La Opinión