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Relato de una familia cucuteña que no logró cruzar a Estados Unidos

Las autoridades migratorias de Tijuana los retuvieron durante todo un día, junto a otros seis colombianos, porque no les creyeron que iban en plan de turismo como argumentaron.

 

Julián y Victoria (nombres cambiados) se enamoraron estudiando en el mismo salón de clases y al terminar el bachillerato decidieron irse a vivir juntos, unión de la que nació un niño que se convirtió en la razón de ser de esta pareja de cucuteños.


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Sin poder iniciar una carrera universitaria al escoger ser padres a tan temprana edad, se vieron obligados a trabajar en lo que fuera, con una situación económica difícil por lo costoso y complicado de la crianza, sin embargo con esfuerzo han ido saliendo adelante y llevan ya cinco años. 

Empezando 2022 tuvieron la idea de irse para Estados Unidos, como lo han hecho muchas personas de Cúcuta, en un proceso migratorio silencioso, porque como dice Julián, “aquí no hay un buen futuro”.

La idea la fueron madurando convencidos que era la mejor opción para tener una mejor vida como familia y ayudar a sus seres queridos que tampoco la están pasando bien en una ciudad donde tener un trabajo formal es un lujo. 

La meta entonces era llegar a Estados Unidos en busca del ‘sueño americano’, como le escucharon decir a los amigos que se fueron primero, quienes les escribían para contarles que estaban trabajando y alguno de ellos les dijo que en seis meses había logrado ahorrar en dólares el equivalente a $20 millones.
  
“Esa fue la motivación principal para emprender esta aventura, lograr la meta de llegar a Estados Unidos y conseguir un trabajo, la de reunir dinero para comprar una casa en Cúcuta, aunque sabíamos que no iba a ser tan fácil como nos lo pintaban, pero estábamos decididos a correr el riesgo. Nosotros pretendíamos que de lograr establecernos allá, poder ahorrar así fueran $5,0 millones en el semestre e ir enviando ese dinero para depositarlo a una cuenta bancaria”.


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Julián y Victoria tenían en mente también que su hijo pudiera ser bilingüe, que estudiara en un país desarrollado  y que creciera en un mejor ambiente al que ellos habían tenido, criados en una ladera en el occidente de la capital de Norte de Santander. 

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Indocumentados en la frontera México-EE. UU.

 

La primera opción que tuvieron era viajar por el tapón del Darien hasta Panamá y de ahí llegar a México, pero fue desechada por el riesgo que representaba, máxime porque iban con el niño, por lo que se dedicaron a reunir el dinero para los tiquetes de avión hasta México.

Les dijeron que la vía era ir en un tour como turistas hasta Cancún y de allí intentar llegar a la frontera y cruzar por el desierto a suelo norteamericano, viaje que se concretó en septiembre, cuando encontramos el respaldo de un amigo que vive en Estados Unidos, quien les consiguió la dirección a donde debían llegar y el contacto con la persona que los podía pasar. 

“Teníamos algún dinero ahorrado y compramos los tiquetes para viajar Bogotá-Cancún, donde estuvimos tres noches y cuatro días según la reserva de hotel, disfrutando el tour por el que pagamos de acuerdo a un itinerario para turistas, pero llegado el momento viajamos a Tijuana según lo planeado”. 

En esa ciudad del estado mexicano de Baja California, las cosas se complicaron para esta familia, que era la primera vez que hacían un viaje tan largo fuera de Cúcuta.

Las autoridades migratorias los retuvieron durante todo un día, junto a otros seis colombianos, porque no les creyeron que iban en plan de turismo como  ellos argumentaron, sabiendo que Tijuana no es una ciudad para el turismo, que suele ser muy peligrosa por la presencia de carteles de las drogas y coyotes que se aprovechan de los indocumentados que van en tránsito hacia Estados Unidos.


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“Nos pidieron 100 dólares por cada uno para dejarnos ir y en ese momento éramos nueve personas las que estábamos en la misma situación, es decir que los funcionarios de migración se cuadraron 900 dólares que en pesos colombianos son cerca de 5,0 millones, además de darnos un mal trato. Ya estábamos en ese proceso y no había marcha atrás, por lo que no tuvimos más remedio que pagar los que nos pedían, con tal de salir de esas oficinas e irnos cuanto antes para la frontera”, según el relato de Julián y Victoria.

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Indocumentados en la frontera México-EE. UU.

 

Una vez les dijeron que podrían salir los enviaron para un albergue de migrantes, la mayoría de nacionalidad venezolana, donde hicieron contacto con el coyote que los iba a pasar, quien les  indicó que debían esperarlo frente a un hotel, espera que se prolongó desde las 5:00 de la tarde hasta las 7:00 de la noche, “porque el compromiso era que nos pasaba ese mismo día”.

La travesía se inició en compañía del coyote, que cobró  1.000 dólares por cabeza, siempre con el temor de ser atrapados por la Policía o que en el trayecto algo malo pudiera ocurrirles, por experiencias que habían escuchado de otras personas y las advertencias de los agentes de migración de México, de bandas delincuenciales dedicadas a asaltar a los migrantes para despojarlos de los dólares y pertenecías y en el peor de los casos dejarlos abandonados en el desierto e incluso abusar sexualmente de las mujeres.


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“Un primer recorrido se hizo en carro, hasta una casa donde nos mantuvieron hasta las 11 de la noche, arrancando a esa hora hacia el desierto, caminando por espacio de dos horas, todos en el más absoluto silencio,  porque esa fue la principal advertencia que nos hicieron, así como no prender cigarrillos, ni usar los teléfonos celulares para evitar ser detectados”.

Finalmente, pasada la 1:00 de la madrugada, llegaron al muro en el cruce de Los Algodones, frontera entre EE. UU.-México, y según lo indicado se entregaron a una patrulla Fronteriza de Estados Unidos, que los sometió a un intenso interrogatorio sobre la procedencia y lo que pretendían hacer en territorio estadounidense.

Unas horas después los trasladaron a una especie de reclusorio donde había más de 300 personas. “Nos hicieron sacar  todas las pertenencias y tuvimos que botar la ropa, quedándonos cada uno con lo que llevábamos puesto, ni siquiera una pantaloneta debajo me dejaron, lo mismo que tuvimos que botar la moneda que no fueran dólares”. 

Una vez entraron a esas instalaciones las cosas se complicaron, porque les retuvieron los pasaportes y el encierro fue total, donde no se veía la luz del día, frío en las noches e intenso calor en el día, en medio de personas de todas las nacionalidades, entre ellos muchos colombianos, venezolanos, hondureños, haitianos y salvadoreños.


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“Allí estuvimos por espacio de nueve días, sin derecho a preguntar nada a ninguna de las autoridades migratorias, porque al migrante le niegan cualquier derecho. Lo único que nos decían era que teníamos que esperar, siempre con el desdén por todos los que allí estábamos, incluidos los niños”.

Fueron nueve largos días con sus respectivas noches, hasta el momento en que los esposaron para supuestamente llevarlos a un albergue, “pero la verdad es que nos subieron a un avión y allí nos informaron que regresábamos a Colombia, sin darnos ninguna otra explicación, acabando así nuestra travesía que tuvo un costo aproximado de $30 millones, poniendo por ahora punto final a una ilusión, que se mantiene porque quizá algún día volvamos a emprender el viaje a Estados Unidos y esta vez para cruzar y quedarnos”. 

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Eduardo Bautista
Eduardo Bautista
Jueves, 8 de Diciembre de 2022

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