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En el ‘Cerrito de los muertos’ de Ocaña retumban historias de ultratumba

El ‘Chabacano’ con los cadáveres al hombro.

Un fortachón de casi dos metros de alto, con dificultades para pronunciar los vocablos de la lengua castellana, sin temor a los contagios e inmune a las distintas enfermedades, se inmortalizó durante la época de la Independencia por echarse los cadáveres al hombro y llevarlos hacia el ‘Cerro de las Ovejas’ ubicado al sur del municipio de Ocaña.


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Así describe el cronista, Ciro Osorio Quintero, en su libro El Valle de los Hacaritamas, al ‘Chabacano’ dedicado a cargar a las personas fallecidas de fiebre amarilla en la época donde no existían los lujosos servicios funerarios y hornos crematorios.

Vestigios históricos indican que el tétrico y valeroso personaje enterraba a los finados en el famoso ‘Cerro de los muertos’, donde aún se escuchan voces de ultratumba que espantan a los moradores del populoso sector.
 
Incluso los veteranos de la parte alta de montaña recuerdan que cuando los abuelos hacían las excavaciones para enterrar las tuberías y llevar el agua potable a las viviendas, dejaban al descubierto los cráneos de los antepasados y debido a la carencia de balones, eran utilizados para jugar fútbol en las polvorientas y empinadas calles.
 

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El morador del sector, Jorge Emiro Santiago Sepúlveda, revela esos episodios transmitidos de generación en generación mediante la tradición oral donde se narran los momentos más significativos de las gestas libertadoras y la fiebre amarilla que afectó a la población.
 

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Por razones de salubridad fue construido el cementerio central en Ocaña. / Foto: Cortesía
El prócer en el incipiente camposanto

El presidente de la Academia de Historia de Ocaña, Luis Eduardo Páez García, manifiesta que fue el primer cementerio púbico existente en la región.

Una crónica del escritor ocañero Adolfo Milanés da fe de que cuando Simón Bolívar, en su primera visita en el año 1813, subió hasta el cerro y preguntó si en Ocaña había médicos, porque no encontró por ninguna parte acumulación de cadáveres; le dijeron que unos cuantos y, entonces respondió de manera jocosa: ‘con razón que hay pocos muertos’. 
 
Inicialmente se denominaba el ‘Cerro de las Ovejas’, ya que los campesinos tenían los caprinos en los alrededores. Allí fue el primer cementerio público de Ocaña después que las leyes españolas y de la República, prohibieran los entierros en los templos y solares de las viviendas del centro de la localidad.

Cuando comenzó el poblamiento masivo con las excavaciones para levantar los cimientos de las viviendas, hallaron la osamenta.
 

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“Es un lugar muy importante, de gente amable, un barrio que va aumentando su demografía en la medida que el tiempo pasa. Un lugar pintoresco de Ocaña que vale la pena visitar, porque desde ahí se observa una panorámica tomada como tema de referencia para los reporteros gráficos”, indicó el historiador Páez.
 

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Por razones de salubridad fue construido el cementerio central en Ocaña. / Foto: Cortesía
Un problema de salubridad

Cuenta la historia que sobre este lugar el Gobierno Español durante la época colonial llevó a cabo varias ejecuciones de patriotas. Los cronistas ocañeros lo destacan en sus obras y este sector hace parte de los primeros intentos de salubridad pública en beneficio de la comunidad.

“Hoy es conocido como el barrio 12 de Octubre, porque en esa fecha de construyó la escuela en el sector y se caracteriza por ser un paraje pintoresco desde el cual se contempla una hermosa panorámica de la ciudad”, dijo el presidente de la Academia.  

El primero de noviembre de 1924, hace 98 años, tuvo lugar la bendición de la capilla del Cementerio Central de Ocaña. La obra fue iniciada por el presbítero Vicente Rizo y la concluyó el padre José A. Quintero. 

Coinciden los historiadores locales en afirmar que la iniciativa de construir un cementerio adecuado e higiénico, partió del obispo Romero quien delegó la obra al ilustre sacerdote Rafael Celedón, teniendo como tesorero a don José Antonio Jácome. Antes de construirse este camposanto, los ocañeros utilizaban el llamado ‘Cerrito de las Ovejas’; igualmente, se usaban como sitios de enterramiento los solares aledaños a las iglesias de San Agustín, Santa Ana y de San Francisco; incluso, durante una de las epidemias de fiebre amarilla, se utilizó el terreno oriental del actual barrio de Cristo Rey. 

Durante la Guerra de los Mil Días se expidió el Decreto N° 16 del 23 de abril de 1900 por el cual se dictaron medidas para impedir la propagación de la viruela. 

“El Jefe Civil y Militar del municipio en uso de sus atribuciones legales, y, considerando: 1º Que la terrible epidemia de la viruela ha invadido esta población; 2º Que es indispensable procurar que no se propague de una manera general, en beneficio de todos los habitantes de esta ciudad y de los transeúntes que llegan a ella; y 3º que es deber de las autoridades dictar las providencias conducentes para conservar y mantener la salubridad pública: Art. 8º.  Todo individuo que falleciere por consecuencia de la viruela, será sepultado en una fosa bien profunda que se abrirá en el cementerio situado en el cerro de La Horca, y que está destinado para tal objeto, desde época anterior, apuntaba el documento. 

La capilla del Cementerio Central, es una de las construcciones relevantes de la ciudad. Da acceso al camposanto donde reposan los hijos más destacados de Ocaña, muchas de cuyas tumbas y panteones fueron destruidas para “dar cabida” a más cadáveres. 
 

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En torno a ese camposanto se han tejido muchas historias para perpetuar la memoria de los antepasados.


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Por razones de salubridad fue construido el cementerio central en Ocaña. / Foto: Cortesía
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Javier Sarabia Ascanio
Javier Sarabia
Viernes, 2 de Diciembre de 2022

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