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Motilón-Barí: el pueblo de las entrañas del Catatumbo que no deja sus ‘luchas’

Lunes, 7 de Junio de 2021
Un sinnúmero de problemáticas ha enfrentado esta comunidad a lo largo de la historia. Aún en pleno siglo XXI reclaman por el respeto a su territorio. 

Son 3.200 indígenas los que conforman el pueblo Motilón-Barí, nacido en las entrañas del Catatumbo. Allí, permanecen tratando de conservar sus creencias ancestrales ubicados en resguardos en Tibú, Convención, El Tarra, Teorama y El Carmen.

Para llegar al bohío del Motilón-Barí que está liderado por Ashcayra Arabadora, representante legal y cacique de este resguardo, hay que recorrer desde Cúcuta 167.5 kilómetros hasta el municipio de La Gabarra, Norte de Santander, posteriormente viajar en canoa durante 2 horas por el río Catatumbo y caminar 1 hora más adentrándose en la selva.

Los hijos de ‘Sabaseba’, el Dios todopoderoso que los formó mediante un cultivo de la piña más dulce, como relata la leyenda de su creación, han luchado a lo largo de la historia por su territorio, creencias y tradiciones. 

Su jerarquía aún trata de mantenerse, siendo el cacique, quien tiene la última palabra en las decisiones de cada resguardo, seguido de un cacique segundo, quien lo respalda en las reuniones con la misma comunidad. 

Un peldaño más abajo se encuentran los jefes de pesca, caza y trabajo, encargados de velar por el abastecimiento de cada uno de los indígenas que conforman el bohío. Luego están los médicos tradicionales, sabedores y parteras. Finalmente se ubica el resto de la comunidad.

“Antiguamente los hijos de los caciques solo podían unirse con hijas de otros caciques, que estaban dentro del mismo nivel. Ahora se ha flexibilizado y se unen mediante acuerdos y consenso de las familias”, relata Juan Titira Aserndora Agbugdarara, integrante de este resguardo. 

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Por su parte, las niñas se convierten en mujeres una vez les llega la primera menstruación. En cambio, los niños pasan a ser hombres en el bohío cuando tienen 12 años, y muestran sus destrezas de caza adquiridas. 
 

Es así, como mediante una ceremonia especial oficiada por el cacique, con el canto al sol, a la luna, un intercambio de flechas, abundante comida y la imposición del guayuco (taparrabo) en caso de los hombres y solo una falda tejida en algodón cuando son mujeres (en su niñez viven completamente desnudos), se da el importante reconocimiento entre los indígenas. 

Desde entonces las nuevas mujeres del resguardo pueden ser pedidas en matrimonio sin importar su edad o la de su futuro marido, quien tiene derecho a unirse hasta con 7 mujeres, si demuestra capacidad suficiente para mantenerlas a todas. 

Caso contrario de las mujeres, quienes deben permanecer fieles a un solo hombre, en sus labores de preparar alimentos y elaborar las más llamativas prendas en algodón y fique, tradiciones aprendidas a través de las generaciones. 

Sin embargo, se ha roto la estructura implementada desde hace cientos de años en los Motilón-Barí, pues varias de las mujeres de su resguardo cambiaron su rumbo, al salir a la ciudad para estudiar y convertirse en profesoras bilingües que vuelven para enseñar a los niños. 

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“Nuestra lengua es la Barí-Ara luego nos van enseñando el español. En el resguardo hay una escuela que va hasta quinto primaria. La meta es actualizarla y que llegue al menos hasta noveno de bachillerato”, dijo Titira para La Opinión. 

Sus batallas

Juan Titira Aserndora Agbugdarara, integrante de esta comunidad indígena y quien acompaña al cacique Ashcayra Arabadora en reuniones, recuerda las batallas que han enfrentado a lo largo de la historia. 

“Hemos luchado desde que llegaron los españoles para apropiarse de nuestro territorio. De ahí empezó todo, la invasión extranjera causó graves daños. Dejó muertos y devastación del medio ambiente”, afirmó Juan, mientras sus ojos se perdían en la historia narrada que ha pasado de generación en generación. 

Después iniciaron una ‘lucha’ con la iglesia católica a quienes acusan de quererlos envenenar con sus medicamentos y creencias. 

“Nos veían como un pueblo salvaje que solo tirábamos flechas. El mismo gobierno  y la iglesia nos quería eliminar. Luego vino el Ejército acompañando a la extracción petrolera. Nos fueron quitando de a poco la tierra. También llegaron los grupos armados ilegales y para completar vinieron todas las políticas públicas que atentan con lo que tratamos de salvar de nuestro origen”, contó Juan, con voz firme. 

Un sentimiento de rabia e impotencia los embarga cuando según ellos, llegan las multinacionales a extraer minerales, petróleo sin consultarles, ni pedirles permiso alguno, afectando indiscriminadamente el medio ambiente. 

Es en 2008 cuando precisamente en Cúcuta se registró la primera marcha de los indígenas Barí, quienes defendieron sus tierras de manera pacífica contra la incursión de una industria petrolera que pretendía explotar el suelo.

Pero las batallas siguieron porque las fumigaciones con el herbicida glifosato contra los cultivos ilícitos de hoja de coca en el Catatumbo, provocaron afecciones de salud severas en el bohío. 

“Fuimos víctimas del glifosato hasta el 2015 cuando se dejó de fumigar. A raíz de ellos nacieron niños con malformaciones y labio leporino. Ahora este 2021 el presidente Iván Duque volvió a firmar para que fumiguen de nuevo con este veneno y no lo vamos a permitir”, puntualizó Juan. 

Una nueva y multitudinaria marcha se registró este 31 de mayo donde los indígenas recorrieron las principales vías de Cúcuta para protestar en el marco del paro nacional que inició en Colombia el pasado 28 de abril.

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En esta manifestación exigían el cumplimiento  de la sentencia T 052 de 2017, proferida por la Corte Constitucional. Dicho fallo de la Corte ordena al Ministerio del Interior reconocer la presencia del pueblo indígena Barí en el territorio ancestral del Catatumbo y a la Agencia Nacional de Tierras abstenerse de aprobar Zonas de Reserva Campesina (ZRC), hasta tanto no se establezca con esta comunidad cuales son los territorios ancestrales, la ampliación de los resguardos, el saneamiento y el acceso a sitios sagrados.

Actualmente, esperan una nueva victoria para su pueblo, y la ‘lucha’ la tienen en las mesas de diálogo que se desarrollan con el gobierno regional. Su futuro es incierto, pero lo único que tienen claro es que defenderán a su territorio hasta que el corazón les deje de latir. 

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Paola Ríos
Paola Ríos