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Los campesinos de Norte de Santander ahora son amigos de los felinos

Martes, 18 de Mayo de 2021
Las comunidades rurales y aledañas a zonas urbanas comparten el territorio con varias especies. En 10 años, cinco ocelotes, dos gatos de monte, dos margays, un tigrillo lanudo y un puma han sido liberados en su hábitat natural.

Alianza La Opinión y Mongabay

Antes de que despuntara el sol en los cerros del sur de Cúcuta, los tejados crujieron y en el húmedo suelo se fijaron las huellas de un enorme felino. Los ladridos insistentes de un perro despertaron a sus amos y tras salir al patio trasero de la vivienda, quedaron estupefactos con la figura de un enorme ‘gato’ atrapado en un corral. 

La mañana del 13 de abril de 2013, en el barrio Magdalena de esta ciudad, fue de tensión y asombro, nadie se explicaba cómo este puma había aparecido en una selva de cemento, lejos de su hábitat en los bosques del Catatumbo.

La alerta a la Policía Ambiental y a la Corporación Autónoma Regional de la Frontera Nororiental (Corponor) significó el arribo de un equipo especializado, entre ellos médicos veterinarios, quienes lograron sedarlo y trasladarlo al Hogar de Paso para Fauna Silvestre de la entidad ambiental. 

Allí se valoró su estado de salud, se detallaron sus perfectas garras y dentadura y se determinó que el animal nunca había estado en cautiverio. Tras semanas de investigaciones y el establecimiento de las rutas que siguió el puma macho adulto, se concluyó que salió de su hábitat en el Catatumbo, cruzó las montañas en búsqueda de alimento y llegó al corregimiento Carmen de Tonchalá de Cúcuta, descendiendo a zonas donde hay presencia de rebaños de cabras.

El ejemplar de puma concolor no pudo regresar a su hábitat por el estado de impronta humana en el que estaba. El médico veterinario del Hogar de Paso, Samir León Restrepo, explicó que esta condición se da cuando los felinos salen de su hábitat y relacionan a los humanos con fuente de alimento, por ello, si son liberados, la tendencia es que regresen a zonas urbanas y en esos desplazamientos podrían resultar heridos si la gente los ve.

Después de este episodio, los encuentros con felinos siguen siendo recurrentes y el más reciente se dio en febrero de este año. La historia del puma, que desde hace ocho años se convirtió en inquilino del Hogar de Paso, significó un giro en las estrategias de conservación en Norte de Santander. 

El Grupo de Biodiversidad de Corponor reestructuró los programas para atender casos de conflicto felino-humano e intensificó el trabajo de educación ambiental en 10 de los 40 municipios de este departamento, donde hay presencia no solo de pumas (puma concolor), sino también de ocelotes (Leopardus pardalis), margays (Leopardus wiedii), tigrillos lanudos (Leopardus tigrinus), gatos de monte o yaguarundíes (Herpailurus yagouaroundi) y el imponente jaguar (Panthera onca), que recorre las cordilleras en su tránsito a Venezuela.

Felinos en las selvas de cemento

Carlos Cáceres Martínez, biólogo e investigador de la Universidad de Pamplona, señaló que la importancia de los felinos en los bosques radica en que son especies carnívoras que están en la cima de la cadena alimenticia. 

“Ellos son los mayores depredadores de Sudamérica y su función es la de regular a otros organismos, herbívoros y omnívoros, que podrían convertirse en plagas. Los felinos actúan como controladores biológicos”.

Algunas de las principales presas de estos animales en los bosques de Norte de Santander son los venados locho y coliblanco (Familia cervidae), el picure o ñeque (Dasyprocta sp), el oso hormiguero (Tamandua sp), el perezoso de dos dedos (Choloepus hoffmanni) y de tres dedos (Bradypus variegatus), los faros o zarigüeyas (Didelphis marsupialis) y los pecarí o sainos (Pecari tajacu).

 

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Algunas de las principales presas de estos animales en los bosques de Norte de Santander son los venados locho y coliblanco (Familia cervidae), el picure o ñeque (Dasyprocta sp), el oso hormiguero (Tamandua sp), el perezoso de dos dedos (Choloepus hoffmanni) y de tres dedos (Bradypus variegatus), los faros o zarigüeyas (Didelphis marsupialis) y los pecarí o sainos (Pecari tajacu). / Foto: Cortesía Corponor

 

Estas especies que sirven de alimento para los felinos, en concepto de Cáceres, se desplazan de sus hábitats como consecuencia de la ampliación de la frontera agrícola, la cacería y la ganadería sin control. 

“Los felinos al alimentarse de presas vivas y quedarse sin fuente de alimento, migran a otros sitios dejando su hábitat natural, permanecen sin refugio y terminan desorientados en áreas cercanas a viviendas e incluso en zonas urbanas como ha ocurrido en Cúcuta”, agregó Carlos Cáceres.

De acuerdo con Emilio José Jaimes Barajas, líder del Grupo de Biodiversidad de Corponor, los ataques de pumas y otros felinos a especies de ganado y animales de corral en zonas urbanas se empezaron a documentar desde 2013. 

La tendencia ha continuado estos años y actualmente cuentan con una sólida investigación que concluyó que los municipios con más actividad de felinos en áreas urbanas son Gramalote, Salazar de las Palmas, El Carmen, Sardinata, Pamplona, Pamplonita, Cucutilla, Toledo, Villa Caro y Cúcuta.

Jaimes manifestó que ese año, según los reportes de Corponor y en un hecho atípico de acuerdo con la dinámica del departamento, solo en abril se registraron cuatro casos de conflicto felino-humano en Cúcuta.

Es por eso que desde hace más de una década, y luego de la aparición de un puma en una vivienda, el equipo de educación de Corponor ha liderado un programa de sensibilización y ha identificado, a través de GPS, los espacios con mayor actividad de felinos, tomando como referencia los reportes que hacen las comunidades.

De acuerdo con el veterinario Samir León, quien recorre el territorio junto con el Grupo de Biodiversidad, en las zonas donde se registran conflictos con fauna silvestre se hace un estudio para determinar qué especie de felino está presente en el lugar, se revisan huellas, rastros, olores y se analizan las mordidas en caso de que se hayan dado ataques a animales de corral o ganado.

A la par, se hace un monitoreo del entorno para identificar el uso que las comunidades y productores rurales están haciendo del suelo, se capacitan en buenas prácticas agropecuarias, se insiste en que no dejen al ganado en potreros abiertos y retirados de las viviendas, que habiliten cercas eléctricas en zonas estratégicas para que sirvan como barrera de protección y que complementen todo lo anterior con tácticas para ahuyentar a los felinos.

León expresó que los métodos para ahuyentarlos consisten en generar ruido con pitos, poner campanas en el ganado y esparcir olores fuertes, ya que son molestos para el agudo olfato de los depredadores.

Si esto no funciona, y la presencia de los felinos persiste, los animales se capturan con la ayuda de jaulas trampa y se reubican en sitios despoblados que han sido estudiados previamente y donde las comunidades favorecen la conservación del bosque. 

Por ejemplo, entre 2014 y 2020, tres ocelotes (Leopardus pardalis) encontrados el corregimiento Banco de Arena de Cúcuta, fueron llevados a zonas boscosas del Catatumbo. “El protocolo busca la coexistencia humano-felino y si las estrategias para ahuyentar no resultan efectivas, se procede a la reubicación del del animal”, sostuvo el veterinario.

La apuesta del programa de conservación, según explicó León, es avanzar en acuerdos de preservación y de coexistencia con las especies de felinos. La receptividad de la comunidad ha sido clave para que el mensaje se multiplique, favoreciendo la existencia de corredores naturales donde los felinos encuentren presas naturales, donde no se rompa la cadena alimenticia y no se registren ataques a animales domésticos.

 

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La receptividad de la comunidad ha sido clave para que el mensaje se multiplique, favoreciendo la existencia de corredores naturales donde los felinos encuentren presas naturales, donde no se rompa la cadena alimenticia y no se registren ataques a animales domésticos. / Gráfico: La Opinión

 

Familias protectoras de fauna

Geovanny Sandoval Vargas vive con su familia en el corregimiento Banco de Arena de Cúcuta. Allí cría pollos en galpones. Desde julio de 2020, y durante cuatro meses, observó los rastros de un felino en su finca y muy cerca de los animales de corral. 

Sandoval, quien además es el presidente de la Junta de Acción Comunal de la vereda Palmarito, puso en marcha la metodología aprendida para ahuyentarlo: de noche ponía música y elaboró un espantapájaros al que impregnó con olores fuertes.

“La estrategia fue efectiva y por varias semanas no divisé huellas ni rastros, pero hacia noviembre del año pasado volvió a aparecer y allí, según el plan de manejo que nos han inculcado en Corponor, generamos la alerta con la comunidad rural. Las capacitaciones y nuestro pensamiento nos impide maltratarlos, buscamos convivir con ellos porque todos somos seres vivos y cumplimos una función importante en la naturaleza”, manifestó el líder rural.

El equipo técnico de Corponor llegó hasta la comunidad, empezó a monitorear la zona e identificó tres puntos estratégicos donde instalaron jaulas trampa. Tres días después un ocelote (Leopardus pardalis) quedó atrapado en una de ellas. Luego de valorar su estado de salud, lo trasladaron a zona rural del municipio de Sardinata, en el Catatumbo, y allí fue liberado.

“El felino está bien y en un espacio natural donde puede alimentarse de presas silvestres. La asesoría técnica es clave para tener éxito en la conservación. En el corregimiento [Banco de Arena] las familias estamos empoderadas, invitamos a no maltratar y somos multiplicadores de este mensaje”, afirmó Sandoval, quien aseguró que instruye a sus hijos en estilos de vida amigables con la naturaleza.

Llegar a este resultado, y no caer en la tentación de cazar al felino, es producto de un fuerte trabajo de educación ambiental y de una buena articulación con las comunidades. El caso del ocelote se suma a 10 liberaciones más que se han dado entre 2011 y 2020, según los registros del Hogar de Paso para Fauna Silvestre de Corponor.

El caso más reciente de un encuentro con felino silvestre se dio el 5 de febrero de 2021, en el área urbana de Cúcuta, cuando Xiomara Suárez Rincón, habitante del barrio La Ilusión, en zona aledaña a bosque seco tropical, alertó de la presencia de un cachorro de gato de monte (Herpailurus yagouaroundi). 

Corponor, junto con la Policía Ambiental, llegó hasta el lugar y, según Leiny García, bióloga del Hogar de Paso, todo indica que el felino se extravió y llegó hasta las viviendas del barrio. García señaló que en la mayoría de los casos la madre deja al animal protegido y sale en búsqueda de alimento, por eso la recomendación es nunca llevarlos a las casas y alertar a la autoridad ambiental para que analice la situación. 

“A este ejemplar tuvimos que ponerlo en cuarentena e ingresarlo a un programa de rehabilitación, aislándolo para determinar si mantiene sus características de animal salvaje, conserva su agilidad y es capaz de alimentarse. A medida que avanzó el proceso se le suministraron presas vivas como parte de su dieta”.

La bióloga afirmó que este fue un caso exitoso pues el 15 de abril de 2021, dos meses y 10 días después de ser hallado, se liberó al gato de monte en una zona rural del municipio de Sardinata, en un terreno boscoso de propiedad de León Darío Ramírez Yáñez, un habitante de la región que ofreció un espacio de 40 hectáreas, con un óptimo nivel de conservación y fuentes de alimento, para la liberación de especies.

Promotores de la conservación

El espíritu de conservación de León Darío Ramírez es único. El hombre indicó que su conexión con la naturaleza es algo que viene de familia, pues por más de un siglo han tenido predios en la vereda Valderrama del municipio de Sardinata, en la región del Catatumbo. 

En la zona se han reducido los bosques y con ello las especies silvestres. Nuestra convicción es la de conservar, por eso contactamos a Corponor el 6 de marzo de 2021 y se generó una estrategia maravillosa para liberar especies en las fincas Rosa Blanca y Campo Hermoso, que juntas suman más de 40 hectáreas, además del predio Chaconcitas que pertenece a mi hermana Isabel Teresa, cuya extensión es similar”, dijo Ramírez.

El gato de monte hallado en Cúcuta, y liberado en propiedad de Ramírez, se convirtió en un símbolo de vida para los habitantes del sector. De hecho, en el último mes los terrenos de este hombre también han sido testigos de la liberación de dos boas arcoíris (Epicrates maurus), una boa constrictor (Boa constrictor), dos gavilanes comunes (Rupornis magnirostris) y una zarigüeya con sus crías (Didelphis marsupialis).

“Fue muy emocionante ver su reacción. La sensación de verlo mientras salía corriendo, camino a la libertad, es increíble. Tengo 54 años, he escuchado las historias de los felinos que recorren estos bosques y disfruto ver a la fauna libre”.

Sin embargo, algunos animales no pueden regresar a la vida silvestre y se convierten en huéspedes permanentes del Hogar de Paso. Actualmente hay 10 ocelotes, un puma y un tigrillo. 

“La mayoría son animales demasiado improntados al hombre, es decir, están acostumbrados a dietas humanas, a caricias, se vuelven mansos y pese a que se busca su rehabilitación, no se logra que desarrollen nuevamente las características de animal salvaje”, añadió el veterinario Samir León.

Estos ejemplares de felinos, recuperados en operativos conjuntos de la Policía Ambiental y Corponor o entregados voluntariamente por personas de las comunidades, continúan su vida en el Hogar de Paso hasta que mueren de vejez o logran ser reubicados en zoológicos del país que los requieren para sus colecciones.

“El principal cuidado que se tiene con ellos, además de recrear su hábitat al interior del cerramiento, es la alimentación. Diariamente reciben una ración de mantenimiento, pues en vida silvestre no cazan todos los días, por ello son esbeltos y musculosos. La ración cubre las necesidades metabólicas sin que desarrollen sobrepeso y de acuerdo a la valoración del zootecnista se puede combinar su dieta con presas vivas”, subrayó León.

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En zona rural de Sardinata se liberó al ocelote. Técnicos y comunidad lo trasladaron en un guacal. / Foto: Cortesía Corponor.

 

Alianzas entre comunidad e instituciones

El municipio Salazar de las Palmas es uno de los mejores ejemplos de educación ambiental y conservación en Norte de Santander. Emilio José Jaimes Barajas, líder del Grupo de Biodiversidad de Corponor, aseguró que una estrategia efectiva con campesinos que tienen ovejas y cabras ha sido cambiar la forma habitual de alimentar a los animales. 

El esquema tradicional era dejar a los animales sueltos, pastando y durmiendo en potreros, lo que los convertía en presas fáciles de felinos como el puma, cuya mayor actividad se registra al atardecer, en la noche y en la madrugada. Ahora los campesinos alimentan a los animales con pasto picado en la tarde y los llevan a un terreno cercado para que estén protegidos en la noche.

Esta práctica se ha convertido en modelo en la región y se ha incluido en los convenios firmados entre la Alcaldía y Corponor para el manejo, control y sensibilización sobre fauna silvestre. En Salazar de las Palmas también aplican constantemente las estrategias para ahuyentarlos. 

“Las familias han entendido que los pumas y los tigrillos estaban allí, en los bosques, desde antes de que ellos como humanos habitaran el territorio, han aprendido a no afectar los corredores biológicos y comparten este mensaje con propietarios de fincas vecinas”, agregó Devid Andrés Rojas, director de la Unidad Municipal de Asistencia Técnica Agropecuaria (Umata), cuya función es apoyar de forma gratuita a los pequeños productores rurales.

 

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El investigador, Carlos Cáceres Martínez, logró está imagen en el municipio de Toledo, Norte de Santander, monitoreando a felinos. / Foto: Cámara trampa de Carlos Cáceres Martínez.

 

Uno de los líderes que difunde este mensaje es Rodolfo Amaya, de 63 años, quien durante tres décadas ha enfocado su vida a la conservación y promueve ese estilo de vida desde su finca Alto de las Nieves, en la vereda El Ermitaño.

Él narró que hace seis años tuvo un encuentro frente a frente con una pareja de felinos que en dos noches se comieron 11 gallinas. “Los tuve cerca, se mueven muy rápido, son cautelosos ante el ser humano y jamás me dieron la espalda. Los encandilé con una linterna para ahuyentarlos pero jamás pensé en hacerles daño”.

 

Amaya, conocido en Norte de Santander por su activismo ambiental y la lucha por la conservación, resaltó con orgullo que las nuevas generaciones de su municipio, producto del trabajo de educación ambiental, tienen un espíritu de preservación y ahora no se ve a los campesinos recorrer los predios con escopetas y perros, como sucedía tiempo atrás. Por el contrario, prima la conciencia ambiental.

“En la cultura precolombina a los felinos se les otorgó un origen divino y eran relacionados con el viaje de los chamanes al mundo sobrenatural en forma de gato. Ellos viven en nuestro territorio y juntos coexistimos como especies de un mismo planeta”. Al parecer, los campesinos de Norte de Santander cada vez están más convencidos de ese mensaje.

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