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Por: Cristian Buitrago
Sábado, 16 Marzo 2019 - 1:00am

Antes que ciudad, somos sociedad

En Cúcuta no hay lugar al aire libre, en el que usted se siente a tomar un café o a tener una charla con amigos, que no lleguen personas a pedir limosna.

Recientemente observé un video de unos investigadores en Medellín, que salieron a pedir limosna a la calle, para verificar qué tan lucrativa puede ser esta actividad y quedaron sorprendidos por la cantidad de dinero que lograron en tan solo unas horas, lo que se traduce al mes en un ingreso superior al de un profesional promedio en nuestro país. 

En Cúcuta no hay lugar al aire libre, en el que usted se siente a tomar un café o a tener una charla con amigos, que no lleguen personas a pedir limosna. La escena se repite en los semáforos, estaciones de servicio, entrada de los centros comerciales, en fin en cualquier sitio de nuestra ciudad. Muchos de los que se acercan a pedir limosna lamentablemente no lo hacen por necesidad, sino por costumbre. Pues descubrieron hace rato lo que los investigadores corroboraron de manera directa, es una actividad lucrativa.

La situación es preocupante si se observa con detenimiento, que muchos de los que se acercan a pedir no son precisamente drogadictos o personas fingiendo algún tipo de enfermedad o discapacidad. Un gran número son hombres y mujeres con niños en brazos o embarazadas, que sin darse cuenta están levantando una generación que solo ve como opción para su vida, el pedir limosna.  Son niños y niñas sin educación, sin juegos infantiles, que son instrumentalizados para generar caridad y en un futuro no muy lejano para delinquir.

Existe una aberrante necesidad en nuestra ciudad por la diáspora venezolana y las condiciones económicas y sociales en la que nos encontramos, pero no puede ser la fachada que esconda la lamentable realidad de la mendicidad de nuestra ciudad, en la que el hampa empieza hacer de las suyas. Debemos lograr un estricto control sobre este tipo de actividad pues se desbordó. No se trata de una acción netamente represiva si no de la puesta en marcha de un programa de acompañamiento psicosocial a estos niños, para garantizar que puedan estudiar y lograr ser incluidos en el programa de alimentación escolar. 

La verdadera solidaridad no es dar una cuantas monedas que nos sobran, sino permitir que estos niños y niñas sean insertados de manera adecuada en nuestra sociedad, evitando el problema exponencial que estamos generando hoy.  Si se revisan con detenimiento las bases de datos de quienes se benefician de los programas del Estado, encontrarán con sorpresa que personas profesionales, con ingresos adecuados, tienen a sus hijos disfrutando de educación gratuita y alimentación escolar.

Si queremos cerrar brechas de desigualdad no podemos seguir siendo cómplices con la mendicidad, sino reducirla a su mínima expresión. No podemos aceptar que los niños sean utilizados para pedir dinero, debemos lograr como sociedad que ellos tengan la oportunidad que tal vez no tuvieron sus padres y ofrecerles un futuro mejor, pues antes que ciudad, somos sociedad.

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