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Los pobres, más pobres
Los estimativos sitúan el indicador en 17 millones de personas que perciben menos de $327.000 al mes.
Viernes, 30 de Octubre de 2020

Son verdaderamente preocupantes las cifras que ha dado a conocer el Dane sobre el incremento de la pobreza en Colombia, que se vienen presentando a raíz de la presencia de la pandemia, que ha ocasionado que millones de personas pierdan su empleo, y por lo tanto las fuentes de recursos para su subsistencia.

Los estimativos sitúan el indicador en 17 millones de personas que perciben menos de $327.000 al mes, lo que se considera como la línea del drama de la pobreza, en donde es fácil deducir que casi el 34% de los colombianos se encuentra situado en esa franja.

El panorama no solo describe a unos desamparados llenos de necesidades, sino también a unos desesperados que tienen que salir a buscar la comida, muchas veces utilizando procedimientos irregulares, que son precisamente los que hacen que los indicadores de inseguridad también se disparen a niveles preocupantes, tal como lo estamos percibiendo.

Todas las baterías de la clase dirigente colombiana tienen que estar encaminadas hacia el propósito de alcanzar la reducción de la pobreza, que es realmente el problema fundamental que tenemos los colombianos. Lamentablemente uno observa que dentro de los grandes temas del debate nacional, este factor parece no inquietar, pues vemos todos los días un desgaste emocional y conceptual, cuando comprobamos que las preocupaciones políticas están dirigidas hacia intereses personales o grupistas, y no a generar compromisos sobre los grandes temas que afectan al país.

Esta nación se volvió altamente sensible a debates intrascendentes y sin fondo, y por ellos están dispuestos a librar toda clase de peleas y a crear toda serie de conflictos, mientras los grandes males avanzan y corroen el tejido social.

Si nos atenemos a la lógica, somos los mismos ciudadanos los que tenemos que empoderarnos para exigir esencia en el debate y responsabilidad en cuanto a la atención que merecen los grandes problemas que nos afectan.

Valdría la pena, por ejemplo, que el Congreso, las asambleas departamentales y los concejos municipales revisaran sus agendas de trabajo, para que se despojen de todos aquellos proyectos intrascendentes que copan el tiempo y desvían la atención sobre lo fundamental. Si es posible que ese tiempo se aproveche en lo que verdaderamente requiere la urgencia de los acontecimientos, mucho se aprovecharía y además se lograría captar la atención ciudadana en torno a esas grandes preocupaciones.

Cuando no existen prioridades en los esquemas de trabajo, el tiempo pasa y pasa, mientras los problemas crecen y crecen. Un país en donde la pobreza se incrementa, termina convirtiéndose en un país sin futuro, y la solución debe estar en todos y cada uno de quienes manejan responsabilidades. 

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