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Anticucuteños
Los anticucuteños pululan durante la época electoral y nos muestran una parte de la sociedad que queremos superar: Los que mendigan la libertad política, y la dignidad de la ciudad.
Martes, 27 de Agosto de 2019

Aún recuerdo la columna de opinión de Iván Gallo, sobre diez razones para no volver a Cúcuta. Entre todos, lo crucificamos y objetamos cada cosa que él argumentó en Las Dos Orillas y tratamos de defender a la Noble, Leal y Valerosa. Incluso, hubo personas que se pasaron de la raya y lo insultaron, ofendieron y hasta amenazaron, disque por defender la ciudad. 

Siete meses después, no sólo no veo los defensores de Cúcuta, sino que percibo la presencia de un grupo de personas a las que decidí denominar: Los anticucuteños. Se me ocurrió este nombre luego de escuchar un audio que le está enviando un supuesto líder de una comuna de la ciudad, a varios de los candidatos de los comicios regionales en la capital del departamento, donde el ‘líder’ le promete al candidato cinco votos a cambio de cinco bultos de cemento.

Inmediatamente pensé: Apague y vámonos. Se supone que queremos un cambio, que estamos cansados de la politiquería, pero seguimos impulsando estrategias de comercialización de votos, apoyando al candidato que creemos que va a ganar, no porque pensemos que sea el mejor, sino porque es el ‘caballo ganador’: Porque siempre será mejor que sufra la ciudad, a quemarnos en las elecciones. Ese es el pensamiento de un anticucuteño promedio. 

Los anticucuteños pululan durante la época electoral y nos muestran una parte de la sociedad que queremos superar: Los que mendigan la libertad política, y la dignidad de la ciudad. Son ellos los que no permiten el progreso de la urbe, y los que día a día le dan más poder a los equivocados, a personas que no están capacitadas para ejercer la vocación de la política, a grupos que sólo buscan intereses personales, y a caciques políticos que no ven a sus electores como personas sino como números a obtener para traducir en billetes. 

Muchos de los que en su momento atacaron y juzgaron a Iván Gallo por producir una versión (acertada o no) sobre la idiosincrasia cucuteña, son los que hoy llevan el título de anticucuteños: Personas incapaces de querer a la ciudad y de luchar por cambiar el rumbo de la misma. Pareciera que al grueso de la gente no le importase el futuro de sus hijos, la realidad de los indicadores: La pobreza, el desempleo, la informalidad, la mendicidad infantil, la violencia, la falta de acceso a servicios sanitarios, entre otros, porque siguen reproduciendo este tipo de comportamientos nocivos, no sólo para la democracia sino para el tejido social. 

Se nos olvida que como región fuimos pioneros de muchas cosas en el país y que tenemos el deber de devolverle a la ciudad el orgullo que en varios momentos históricos tuvo: Fuimos pioneros de la aviación, el ferrocarril, la iluminación con bombillas eléctricas; y nos recuperamos de un terremoto (entre otras cosas que, por su longitud, no caben en este artículo). Como cucuteños, y nortesantandereanos, no somos poca cosa, no somos cualquier pueblo, y debemos demostrarlo en las urnas. 

Primero, nos corresponde castigar, a nivel social, con rechazo colectivo, a los anticucuteños que pretenden seguir apoyando la politiquería. No permitamos que esos sean nuestros ‘líderes’ vecinales, que sigan transando con los votos y con el futuro de las comunidades: Ellos no piden obras para sus barrios, balones para las canchas, aulas para los estudiantes, ni mejor atención en los puestos de salud. Ellos piden dinero o puestos públicos. 

Segundo, tenemos el deber de castigar con el voto el 27 de octubre, a todas aquellas estructuras políticas que trabajan con anticucuteños y que fungen como grandes productoras de mentiras y caballos electorales que terminan en elefantes blancos o en promesas sin cumplir. 

Ojalá, como sociedad, de forma pacífica pero contundente, rechacemos a los anticucuteños con el mismo ahínco con que atacamos a Gallo, y demostremos que no sólo queremos un cambio, sino que este año seremos los precursores, jóvenes y adultos, de todas las clases sociales y etnias, de la nueva Cúcuta que soñamos.

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