Canción de lagos

Lunes, 10 de Mayo de 2021
Arrullado por las hojas de los árboles recojo los sueños y busco remanso en ese rumor de lagos.

Los lagos son un remojo de sueños bonitos que juegan a las escondidas y, si uno los deja ascender a su propia fantasía, puede ponerle colores a su sonrisa, o dejar algunos en blanco y negro. 

Por ejemplo, en Santurbán, la lejanía ha construido un refugio para lagos y uno puede soltar las amarras de su barca e imaginar el amor, atraparlo, llevarlo a un lugar ideal y sembrarlo en la intimidad.  

En La Cocha, algún día, voy a construir una casa chiquita, de techo rojo, cercana a esa quietud solemne, con un faro dibujado en los ojos y una rosa muy bella colgada del ojal de mi melancolía.

Y hay uno -el imposible- que me seduce completamente, el Lago Baikal, en la enigmática Siberia: allí, tengo una barcarola amarrada a un muelle blanco y yo me siento en el timón, con mis remos azules, a pensar abiertamente en la libertad.   

Arrullado por las hojas de los árboles recojo los sueños y busco remanso en ese rumor de lagos, acompañado por los pájaros que cantan el eco del rocío colgados de una ramita coqueta, o asomados a los caminos policromados que las orquídeas trazan en su interior cuando se desperezan en su esplendor secreto.   

Me encanta añorar cómo velan los lagos los amaneceres, con una huella de luna blanca rielando, alojando trinos y huevos de pájaros viajeros, escondiendo los cantos solitarios de las mariposas, o los suspiros caídos de sus vuelos migratorios.

En un tronco viejo me siento, solitario, a mirar cómo la nostalgia transforma en luz el misterio de la ruta de la niebla, y las aves permiten escuchar su canto sagrado de silencio, para que repose, en una orilla, la orquídea más florecida.