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Cúcuta merece respeto

Viernes, 9 de Octubre de 2015
No hay derecho a que las autoridades centrales sigan permitiendo que a la ciudad se le suministre solo una cuarta parte del combustible que se le envía a Pasto.

Dice la historia que este lugar fue un asentamiento indígena desde 1550 hasta junio de 1733, cuando Juana Rangel de Cuéllar donó 782 hectáreas para construir una iglesia y una plaza para que familias españolas se establecieran en lo que hoy es el barrio San Luis y se fundara la ciudad. 88 años después de la fundación, en 1821, se llevó a cabo el Congreso de Cúcuta en la iglesia de Villa del Rosario de Cúcuta, en el que Simón Bolívar tomó juramento como presidente de la naciente República de Colombia, integrada por lo que hoy es Venezuela, Colombia y Ecuador, popularmente llamada la Gran Colombia.

Luego vino la separación, después del terremoto de 1875 que devastó la ciudad.

Después en 1878 se inició la construcción de un ferrocarril que diez años después conectó la ciudad con el lago de Maracaibo, por el oriente se extendió hasta el río Táchira, por el sur llegó hasta el Diamante, pero se liquidó en 1960 por razones económicas.

Siguieron las batallas intestinas alrededor de las Guerra de los Mil Días y sus consecuencias y en 1919 la aviación con su impulsor pamplocucuteño Camilo Daza y la recomposición urbanística.

A lo largo del siglo XX la ciudad ha crecido y se ha diversificado sin planeación y con una dicotomía geocultural: su posición geográfica equidistante de Caracas y Bogotá ha sido tan importante como desafortunada.  

Cuando los diputados de Caracas y Santafé de Bogotá acordaron reunirse en Cúcuta en 1821 para fundar una nueva república, predominó el criterio de la equidistancia y pudo haber sido Cúcuta un polo de desarrollo cultural, económico y político trascendental, sin embargo el escaso desarrollo vial y de las comunicaciones de la época, sumado a la dificultad que entrañaban las cordilleras oriental y central en Colombia y los andes venezolanos, como la falta de visión de los dirigentes de la época, no permitió esa proyección.

Como las dos cordilleras han separado la ciudad del centro del país y geográficamente más se identifica con la cuenca del Catatumbo, cultural y comercialmente ha convivido más con Venezuela.  

Hasta los años 70´s se veían casi exclusivamente dos canales de televisión de los vecinos,  los colegios y universidades brillaban por su  ausencia salvo algunas meritorias excepciones y viajar hasta Bucaramanga o Bogotá eran actos heroicos, diferente a lo que ocurría al ir a Venezuela.

Tal vez desde los años 80´s –por la caída del Bolívar- la ciudad empezó a darse cuenta que pertenecía más a Colombia y muy lentamente en estos últimos 35 años se ha venido integrando al país.

Y el país (Bogotá) más lentamente aún se ha venido enterando de que la ciudad es colombiana, pero no se le considera importante, aún su importancia.

Hace unas semanas el país recordó que Cúcuta es colombiana por el tema de los expulsados de Venezuela y polemizamos en los periódicos, en las emisoras, en los cafés, sobre las razones  de lo ocurrido y sus consecuencias buenas y malas. Pero no hay derecho a que se irrespete a la ciudad. Para la muestra un botón: no hay derecho a que las autoridades centrales sigan permitiendo que a la ciudad se le suministre solo una cuarta parte del combustible que se le envía a Pasto (de similares características) para el movimiento de sus vehículos. No hay derecho a que los cucuteños tengan que soportar denigrantes “colas” de una, dos y hasta tres horas para adquirir combustible. No hay derecho a que se estigmatice a los “pimpineros” (los de la base) cuando tácitamente se tolera el contrabando de gasolina y no se proyectan soluciones sociales reales para quienes viven históricamente del intercambio. La ciudad merece respeto.