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De Cúcuta a la Costa Atlántica

Lunes, 28 de Septiembre de 2015
Un reciente, sorpresivo y fugaz intercambio epistolar con el doctor Álvaro Riascos Fernández de Castro me impulsó a releer un libro de su autoría que me obsequió hace ocho años.

Un reciente, sorpresivo y fugaz intercambio epistolar con el doctor Álvaro Riascos Fernández de Castro me impulsó a releer un libro de su autoría que me obsequió hace ocho años, que lleva por título el de esta columna, el mismo que nos despierta el anhelo de que Cúcuta tenga salida expedita a los puertos del Caribe.

La amistad que entonces surgía en los pasillos de la Academia de Historia y haber llegado a su oficina en el momento preciso, cuando el libro estaba sobre su escritorio y él se resistía a obsequiármelo porque pensaba que no tenía importancia alguna para extraños a su familia, me mueve, repito, a expresar mis impresiones.

Así como a mediados del siglo XIX doña Soledad Acosta de Samper escribió un Diario donde anotaba sucesos familiares, personales y políticos de la capital y cosas como la cotidianidad santafereña, familias prestantes y sus fiestas y saraos; de la misma manera el doctor Álvaro Riascos entrelaza noticias familiares con sucesos de la ciudad, recreándonos el sitio de Cúcuta en la guerra de los Mil Días, la última del general Riascos, su antepasado, y hace una descripción que, aunque breve, es “sabrosa”, y aparecen nuevamente, entre otros, los generales Rafael Uribe Uribe y Benjamín Herrera, el mismo que años atrás había llegado de Cali a trabajar en Cúcuta como telegrafista, siéndolo en el momento del terremoto, en 1875.

Se siente nostalgia cuando el autor describe cómo era la ciudad en las primeras décadas del siglo XX: “Eminentemente comercial y proliferaban las empresas comerciales y fabriles, muchas dependientes de factorías de Hamburgo”, pero estaban aquí, había empleo aquí, lo cual se complementa con el relato de Jaime Pérez López –en su libro “Colombia-Venezuela: economía-política-sociedad”- sobre las primeras inmigraciones de alemanes calvinistas e italianos, llegados entre 1843 y 1883, sin olvidar que luego del terremoto de 1875 fueron estos calvinistas los primeros en levantar sus negocios.

A lo anterior hay que agregar el ferrocarril de Cúcuta, que el doctor Riascos llama “tranvía”, que aunque “muy primitivo con su locomotora alimentada con leña…era un servicio avanzado que tenía Cúcuta”, tren de carga y pasajeros, y sus estaciones hoy amenazan ruina o están en el suelo. Lástima grande.

Quedan por fuera de esta columna cuestiones políticas de principios de siglo XX, el drama para viajar a Bogotá; los vínculos con Venezuela, de donde proviene el apellido de tantas familias cucuteñas, menciones a la Zona Bananera y la United Fruit Company, entre otros.

En fin, el doctor Riascos en una obra destinada a su estricto círculo familiar también toca temas trascendentales para la ciudad, que uno anhelaría que hubiera reseñado con más detalles, o mejor, nos da el aperitivo para que nosotros, sus lectores, complementemos. Felicitaciones.