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Desde el taburete…

Lunes, 26 de Julio de 2021
Era más bonito ser provinciano.

Si uno asoma el oído al viento, surgen los recuerdos queridos, escucha las voces de los fantasmas de las casas viejas y alcanza a contornear las sombras de aquella lejanía del tiempo que se nutre de las cosas añejas. 

La vida educaba con miel y una espuma blanda cubría de secretos el azul del cielo, límpido, con ruiseñores pescando los suspiros de esa invitación a sentir -en lo simple- la conversación de Dios con el destino.

Las palabras irradiaban de las noches de luceros, como pidiendo la bendición, así como se hacía antes en la casa, después de andar por la calle jugando a los vaqueros, a los marineros, o de haber ido al circo.

Entonces susurraban los árboles la armonía de las hojas plácidas, al recoger el batir de las alas raudas de los colibríes fecundando la corola de las flores, colgados de la felicidad cantora de la brisa.

Era una rutina de cristal, una plegaria en vilo, la sonrisa rosada de los sentimientos ingenuos y la añoranza de esa lámpara votiva del círculo magno de la luna, que invita a merodear por sus poros.

Y las niñas -las niñas-, hacían los vestidos de sus muñecas, aprendían a tocar el piano, a hacer dulcecitos de platico para cuando se vistieran de adolescentes y, en sus trenzas, cosecharan la querencia del amor, como en nidos de pájaros.

Era más bonito ser provinciano, mantenerse sencillo, con la mirada humilde, con las costumbres silentes y los murmullos de las semillas del alma paseando por la nostalgia, como un eco de la bondad del pasado.