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Dignidad en la convivencia

Lunes, 5 de Septiembre de 2016
Solo deben unirnos el anhelo de un progreso colectivo y la elevación del nivel de vida.

La convivencia universal padece un momento inquietante: está sumida en un angustioso y nefasto ámbito de hostilidad, en lugar de la armonía que debería primar, después de haber pasado tantos siglos. El delirio de agresividad está lesionando las relaciones humanas y contradice la premisa suprema que induce a la sociedad a superar su estado salvaje. La comunicación, por ejemplo, debería estar en un nivel magistral, despojada de las inconsistencias de la barbarie y protagonizando la unidad de una civilización más equilibrada.

Por ser el hombre un microcosmos, la mejor y más sintetizada representación del cosmos, se supone que debe haber superado las lacras de su ignorancia y acreditado su don de inteligencia, en un consistente arraigo del derecho a pensar, relegar sus miserias a la dimensión animal para acreditarse como  la más posible, e integral, fusión de los enigmas universales.

Han cambiado mucho las cosas, las razas, los pueblos, y el mundo se convirtió en un amplio solar, accesible a todos, sin aquella discriminación de historia, pureza de sangre, color, religión o cultura, para evolucionar en las diferencias con un criterio maduro e incluyente. 

Además, ya no existen (en teoría) los complejos de razas o desigualdades y somos igualmente dignos, desde los recónditos habitantes de las selvas hasta los encumbrados dirigentes de la estructura social.

Solo deben unirnos el anhelo de un progreso colectivo y la elevación del nivel de vida, a través de una cultura compartida, sencilla y sincera, despojada de las basuras que la modernidad ha ido adhiriendo al desarrollo humano. Es imprescindible reconstruir el modelo de respeto y, quizá, no ser tan modernos. 

La luz de la sabiduría es imprescindible, ahora, para rescatar la nobleza, en una plena disposición a abrir el corazón a la actitud gregaria, para ir al horizonte con un paisaje total de la plenitud humana.