Durmiendo con el enemigo

Viernes, 27 de Noviembre de 2020
A estas alturas todos conocemos a alguien que ha padecido la enfermedad, ha estado grave o desafortunadamente no ha sobrevivido.

Si nos llegaran a preguntar cuál ha sido nuestro peor enemigo durante estos 10 meses, no dudaríamos en asomar la respuesta: el Coronavirus. Sí, esta amenaza que nos ha atormentado a todos de una u otra forma, también ha traído como consecuencia un cambio en los hábitos de sueño. 

A estas alturas todos conocemos a alguien que ha padecido la enfermedad, ha estado grave o desafortunadamente no ha sobrevivido. Eso nos asusta, y cuando las personas están preocupadas no duermen con la misma tranquilidad que les caracteriza, sintiéndose al día siguiente cansados y de mal humor. 

A diferencia de lo que se puede pensar, el buen dormir juega un papel relevante en la lucha contra las enfermedades. Está descrito que quienes duermen mejor, presentan un sistema inmunológico fortificado que puede afrontar con mayor eficacia las enfermedades. Algunas investigaciones han revelado que las personas con COVID y un sueño nocturno de por lo menos 7 horas evolucionaron con menos complicaciones, menor mortalidad y menos traslado a las Unidades de Terapia Intensiva en comparación con los que eran “malos dormidores”, evidencia dada en parte al medir sus defensas (linfocitos).

Sin embargo, el miedo al contagio le quita el sueño a muchos que cuentan los días después de haber salido a la calle o hablar con algún vecino. El insomnio ha aumentado de un 11% a un 30% durante la pandemia por varias razones. Lo primero ha sido, por supuesto, el temor natural a morirse, reforzado con la información de los medios de comunicación y redes sociales, que a diario muestran una especie de escrutinio en el cual se notifica cuántas personas se enferman y cuántos fallecen, información esencial y necesaria, pero que termina afectando a los más vulnerables y hasta provocándoles pesadillas.

Esta alteración del sueño no ocurre solo en Cúcuta o en el resto de Colombia, los estudios informan lo mismo en China, España, Italia, USA, en fin, en todas partes. Los que menos la padecen son los adolescentes, si bien porque afortunadamente en esta edad las complicaciones son menores, también porque ellos cuentan con un mecanismo de defensa psicológico llamado “invulnerabilidad”, que traducido al lenguaje popular significa “a mí no me va a pasar”. No, en este grupo se presenta una patología conocida como “retraso de fase”, propia de la alteración del ciclo circadiano, es decir, comienzan a acostarse más tarde y por lo tanto a levantarse más tarde. Con esto de las clases virtuales, los estudiantes presentan mayor flexibilidad y revisan sus tareas en la noche o las hacen hasta la madrugada, o más bien, deciden que es el momento apropiado para reunirse en grupo a discutir el trabajo que deben preparar, provocando este retraso de fase que es muy fácil de adquirir en la adolescencia. Todos dicen que el mundo está cambiando, que tardaremos en llegar al estilo de vida anterior, que cuando la enfermedad se vaya habremos cambiado. El sueño también.

Hay que procurar seguir durmiendo bien. Algunos consejos son: evitar la información continuada acerca de las víctimas, mantener los horarios de acostarse y levantarse, no llenarse de trabajo por internet (su horario es de 8 a 12 y de 2 a 6), tratar de vestirse en la casa y no andar en pijama o pantaloneta (esto engaña al cerebro con la sensación de que estamos de vacaciones) y abrir las cortinas para que entre la luz del sol durante el día. Si aún así, considera que tiene problemas para dormir, una visita al especialista no estaría mal, después de todo un tratamiento por pocos días podría, como se dice ahora, resetearle el ciclo de sueño vigilia.