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El lugar donde todo comenzó (III)

Martes, 10 de Agosto de 2021
Doscientos años. Y no se ve la celebración por ninguna parte. El templo, aunque no es el mismo de aquella época, sigue abandonado a su propia suerte, desfalleciendo en el olvido, con un Bolívar chorreado de palomas.

Decíamos ayer que los mandamases de la recién liberada Nueva Granada (Bolívar, Santander, Nariño y otros) no sabían cómo echar a andar jurídicamente esta patria. Ya se habían reunido en Angostura, Venezuela, (hoy Ciudad Bolívar), en 1819, meses después de la Batalla de Boyacá, y allí, en un congreso se dictaron algunas normas, pero hacía falta la Constitución, que era el reglamento patrio.
   
La Constitución es como una biblia, donde está en términos generales lo que se puede y lo que no se puede hacer en el territorio nacional. Quién manda y cómo debe mandar. Cómo se divide el territorio para que sea más efectivo el acto de gobernar. Cómo, por qué y a quién se debe castigar. En suma, es un conjunto de títulos, capítulos, artículos y parágrafos, redactados de tal manera que gobernantes y gobernados sepan cómo es la movida, de la frontera pa´dentro, y  de la frontera pa´fuera.
   
Pues bien. Corría el año de 1821. Y corría tanto que no se dejaba alcanzar, por lo que los organizadores se apuraron, y los delegados comenzaron a viajar desde principios de año hasta la Villa del Rosario de Cúcuta (como se llamaba antes), lugar escogido para realizar este congreso.
   
En la Villa no había hoteles cinco estrellas, ni pensiones, ni apartaestudios para arrendar, pero lo que sí abundaba era la generosa hospitalidad de los vecinos, que desde entonces ha sido proverbial: los villarosarenses se desviven por atender al que llega. Me consta. 

El viaje fue largo y penoso. Era invierno. Ríos crecidos. Caminos pantanosos. Las bestias se cansaban. Las hemorroides atacaban. Pero poco a poco los delegados de la Nueva Granada y de Venezuela fueron llegando. La idea del Libertador era constituir un estado grande, conformado por tres provincias: Nueva Granada, Ecuador y Venezuela. Por diversas razones los de Ecuador no llegaron, pero así y todo la inauguración con discursos y pólvora y brindis se dio en mayo.   Los primeros en llegar  se habían dedicado a preparar lo que sería el Congreso, mientras daban espera a los demás.
  
El congreso sesionó desde mayo hasta octubre de ese mismo año. Después de muchas deliberaciones, agarronazos y enfrentamientos (“Afuera nos vemos”. “Más hijuetantas será usted". "Usted no sabe quién soy yo”, y otros acercamientos), la primera Constitución de la República de Colombia quedó aprobada. Como presidente se posesionó el general  Simón Bolívar y como vice, nuestro paisano, el general Francisco de Paula Santander, cuya casa paterna quedaba por allí cerca. “Aquí nací yo”, decía Santander a sus amigos, mostrándoles orgullosamente la vieja casona. 
   
Doscientos años, bien contados, han pasado desde entonces. Y, aunque de esa primera Constitución es muy poco lo que queda, la verdad es que reviste gran importancia en la historia de Colombia, por lo que significó para la vida republicana del país. 
   
Después de la fiesta de clausura y firma y fotos y rumba, los congresistas regresaron a sus ciudades de origen, con la satisfacción del deber cumplido y el orgullo de haber dado cartilla para que las cosas empezaran a andar bien. 
   
Doscientos años. Y no se ve la celebración por ninguna parte. El templo, aunque no es el mismo de aquella época, sigue abandonado a su propia suerte, desfalleciendo en el olvido, con un Bolívar chorreado de palomas, que parece seguir repitiendo: “Aré en el mar y edifiqué en el viento”. Nadie saca la cara, nadie pone el pecho, para celebrar con obras, platillos y maracas, los doscientos años de aquella nuestra primera Constitución. El lugar donde todo comenzó parece que a nadie le importa un carajo.

gusgomar@hotmail.com