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El oficio de los periodistas

Jueves, 5 de Agosto de 2021
Con los avances de la tecnología en los celulares, el periodista de los medios escritos hace de todo.

Ayer se celebró el día de los periodistas. Una bonita oportunidad para garlar un poco de ese oficio.

A los periodistas se les conoce a leguas. Llevan grabadora en mano, una libreta de apuntes (que por lo general es una agenda que le regalaron hace tres años), y son preguntones. Se le acercan a la víctima, haciéndose los socos, y empiezan a sacarle información, y el tipo cae.

-Yo no dije eso -revira después el que cayó.

-Aquí está la grabación –contesta el periodista. Y no hay nada qué hacer.

Son peligrosos. Hay que sacarles el quite. Por eso el gobernador y el alcalde y los que tienen algún poder, los tienen en la palma de la mano. Y el día del periodista los invitan a unas onces y les dan un diploma. El otro día los gobernantes les hacían fiesta con bailoteo y sabrosura. Ahora, con la excusa de la pandemia, el asunto mermó.

Con los avances de la tecnología en los celulares, el periodista de los medios escritos hace de todo. Con el celular entrevista, con el celular toma la foto y con el celular edita. Sólo le falta que salga a vender el periódico. El periodista radial, no vende periódicos, pero debe vender publicidad para sobrevivir. Ahora existe el periodista de las redes sociales, que se mantiene a punta del wassap y de los pantallazos. Los periodistas de la tele  tienen la ventaja de que pueden vestir bien vestidos, de la cintura para arriba; y mal vestidos, de la cintura para abajo. Corbata, saco, camisa fina y pantalón de dril, viejo desflecado y chancletas. Todo porque la cámara les enfoca sólo medio cuerpo.

Pero así y todo, ser periodista es el mejor oficio del mundo, dicen los que saben. Podrán faltar generales, que la guerra continúa. Podrán faltar gobernantes, que cualquiera los puede reemplazar. Podrán faltar curas y obispos y pastores, que a Dios es fácil encontrarlo en el camino. Pero sin periodistas, el mundo dejaría de ser mundo. Porque las noticias, buenas o malas, sobre todo las malas, son el pan de cada día. El viernes santo, por ejemplo, día en que no circulan periódicos, el lector adicto a la noticia escrita, no encuentra qué hacer, se muere de aburrimiento y se larga a las iglesias a visitar monumentos, hacer el viacrucis y escuchar los sermones de las siete palabras, que son las mismas, desde hace más de dos mil años.

Los periodistas son la sal del mundo. La gracia. Vuelven importante una noticia simple. Le ponen picante. Anteriormente sólo los hombres ejercían el periodismo, pero desde que las mujeres entraron al gremio, el periodismo no sólo es el mejor oficio del mundo, sino el más hermoso. Ellas le ponen su simpatía y su amor al micrófono, a la grabadora, al computador, y ya no les gusta que les digan periodistas sino comunicadoras.

El periodista vive alegre. No le importa que deba trabajar de sol a sol, o mejor, de sol a luna. No le importa que muchas veces no tenga tiempo siquiera de almorzar. Lo único que le interesa es que la gente sepa lo que está ocurriendo más allá de sus narices, y a eso se entrega con amor, dicha y cachucha. O sombrero.

Ayer, digo, se celebró una de las dos fiestas anuales del periodista. (La otra es en febrero). Y hubo misa para recordar a los que ya se fueron. En esta peste que nos abruma, han caído varios compañeros, colegas, hermanos de oficio. A los que se nos adelantaron, buen viento y buena eternidad.

gusgomar@hotmail.com