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¿En qué se parecen Uribe y Petro?
Así son los dos personajes en el entorno político.
Domingo, 8 de Mayo de 2022

Gustavo Petro y Álvaro Uribe tienen algo en común, que en el quehacer político es fundamental. Más allá de lo que plantean y dicen, ambos transmiten una emoción que los conecta con los ciudadanos (“la gente”); las palabras y las ideas no logran establecer con igual fuerza un vínculo profundo, con sabor a complicidad como lo logra estar emocionalmente sintonizados, “en la misma longitud de onda”.

En el caso de Uribe fue el miedo, el sentimiento de inseguridad de una mayoría de ciudadanos asociado al rechazo a las Farc. Uribe ofreció confrontar esa amenaza como el padre que tranquiliza y protege. Esa confianza que muchos depositaron en él, les dio la tranquilidad que reclamaban y a Uribe las manos libres para hacer “la tarea”, para cumplir su compromiso. Lo que dijera como propuesta de gobierno era secundario frente a lo que ofrecía con sus palabras, su decisión, su mensaje de compromiso con lo prometido.

En el caso de Petro se presenta una situación semejante, con amplios sectores ciudadanos que reclaman con fuerza y rabia la necesidad de “un cambio”, mamados con la corrupción, con el cinismo de los políticos y la indiferencia e insolidaridad de una dirigencia aislada en su pequeño y seguro mundo. Ciudadanos en pie de guerra con una dirigencia, no solo política, que balbucea promesas en las que ya nadie cree, pero que sienten cercano a Petro con su voz de rechazo y denuncia que busca interpretar a los muchos sumidos en la inseguridad social y económica y sin horizonte.

Pero como con Uribe, no son las propuestas de Petro, sonoras pero generales y hasta contradictorias, dentro de la más pura tradición de los sofistas, las que logran el apoyo ciudadano, es su actitud de rechazo a lo existente, su llamado al cambio sin importar lo que este pueda significar en concreto. El trasfondo de la protesta petrista es su desmedida ambición de poder y para lograrlo le vende su alma al diablo; negocio que le va a salir mal, tanto que hasta César Gaviria reculó.

La remontada de Fajardo, en un escenario del cual los partidos prácticamente desaparecieron siendo sustituidos por una mezcla de caudillismo y de clientelismo barato, es una tarea desafiante pues en él, a las propuestas centristas aunque sean radicales, no “tibias”, no les es fácil movilizar las mismas emociones de los planteamientos extremos, del todo o nada. La fortaleza del discurso fajardista está en su capacidad para convocar a una tarea ciudadana de transformación social que alimente la confianza de que unidos si se puede; que no hay figuras salvadoras, sino un trabajo colectivo y organizado que abre espacios de acción, convocando y animando a los ciudadanos al compromiso con el futuro, gracias a una comunicación directa y sin agravios que muestre que la situación actual es transformable con una tarea fundamentada en compromisos democráticos, no en acciones providenciales de supuestos supermanes.

Las recientes experiencias, electoralmente exitosas, de Chile y Francia, muestran como con inteligencia, capacidad de escuchar y de plantear propuestas abiertas, no dogmáticas, que convoquen y no confronten con ánimo belicoso, es posible superar la trampa de engañosos radicalismos que acaban por impedir avanzar con cambios transformadores.

Federico Gutiérrez con su comunicación bacana quisiera emular con Sergio Fajardo como candidato centrista pero por sus socios y apoyos, no logra convencer que no se trata de una simple figura amable para derrotar a Petro. Sus patrocinadores políticos y económicos, ahora reforzados con Cesar Gaviria, para eso poco le colaboran.

 

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