La Batalla de Cúcuta

Jueves, 25 de Febrero de 2021
El próximo domingo, pues, Cúcuta estará de mucha celebración.

José Antonio de la Santísima Trinidad Bolívar y Palacios llegó a Cartagena con el rabo entre las piernas, humillado, derrotado, avergonzado y a punto de tirar la toalla. Finalizaba el año sin gracia de 1812, y Bolívar había perdido el fuerte de Puerto Cabello, en Venezuela. Lo acusaron de traidor, de haber entregado a Miranda y de otras cosas sucias, por lo que el asunto se le puso de pa´rriba. Y le tocó salir corriendo antes de que le dieran materile.

En Cartagena se presentó ante el gobernador Manuel Rodríguez Torices y le pidió cacao. “Le juro por ésta –le dijo- que lucharé por la causa granadina. Cuente conmigo”. Y se le puso firmes. El gobernador lo mandó a limpiar de españoles el bajo Magdalena, donde con rabia y buena puntería, fue ganando posiciones y terreno. “Ese coronel donde pone el ojo, pone la pepa”, decían los pescadores de canoa y atarraya, que por allí buscaban su sustento.

Así llegó, saboreándose –porque la venganza es dulce, dice el paremiólogo Joce Daniels,- a Puerto Real (cerca de la hoy Gamarra), donde un conocedor de la zona, le dijo que por allí cerca había una hermosa población llamada Ocaña.

-¿Ocaña? me suena –dijo el coronel, envalentonado por los triunfos obtenidos a lo largo del río-.

-Sí señor –le contestó el baquiano-. Ocaña tiene un exquisito clima y allí se dan silvestres las mujeres hermosas. Los ocañeros comen arepa sin sal, asada en brasas, con queso costeño rayado o bocachico seco. Comen un fruto sabroso, al que llaman cocota, y unas flores llamadas barbatuscas. Lo único es que hablan de “vos”, como si fueran paisas o vallunos, pero son muy amables y serviciales- remató el vecino.

-¿Dijo usted mujeres hermosas? –preguntó Bolívar.

-Sí, mi coronel. Haga el viajecito y verá.

   El coronel se entusiasmó y cambió las aguas del Magdalena por el camino de Ocaña. Una jornada de un día y llegó a Ocaña. Lo que el baquiano le había dicho fue corto para lo que allí encontró.  Conociendo y saludando y presentándose, se topó con la familia Ibáñez, la de  Nicolasa y Bernardina, dos preciosas hermanas, que de inmediato se sumaron a la causa de Bolívar.

 El hombre estaba muy amañado en Ocaña, pero supo que  Cúcuta se encontraba bajo el dominio de  los españoles, por lo que les dio un besito a las Ibáñez y corra con su gente a seguirles dando materile a los soldados enemigos.

Fue así como el 28 de febrero de 1813, un domingo pa’  más señas,  enfrentó en las afueras de la ciudad a las tropas españolas. Algunos dicen que aquello no fue una batalla sino una batallita, una refriega, una escaramuza. La verdad es que hubo pocos muertos de lado y lado, pero la importancia de las batallas no se mide por los muertos sino por las consecuencias.

Con el triunfo de Cúcuta, a Bolívar se le subió el ego pues el Congreso lo nombró Ciudadano de la Nueva Granada, así que sus enemigos ya no podrían decirle “veneco”, y sus superiores  lo ascendieron a Brigadier general de los ejércitos de la Unión.

Pero sobre todo, con la Batalla de Cúcuta, a Bolívar se le despejó el camino para entrar a Venezuela en busca de la libertad de su patria, viejo anhelo que traía desde el juramento en el Monte Sacro, en Italia. Fue lo que más tarde se llamó la Campaña Admirable.

El próximo domingo, pues, Cúcuta estará de mucha celebración,  mucha bandera izada, mucho desfile virtual y mucho Tedeum con las iglesias vacías. Otro vainazo que nos echó la pandemia.

    gusgomar@hotmail.com