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La Fiesta de los libros

Jueves, 16 de Septiembre de 2021
Porque no es lo mismo leer un libro, a que se lo cuenten.

Decíamos antier que los libros de la biblioteca Julio Pérez Ferrero están de fiesta. Gracias al cielo fue posible volver a la presencialidad, después de un año de abstinencia libresca en la Feria. Porque no es lo mismo leer un libro, a que se lo cuenten. No es lo mismo coger un libro y manosearlo y mirarlo por encima y por debajo y hojearlo de p´alante y de p´atrás, que verlo  a través de una foto o de un video. Una cosa es una cosa y otra cosa es otra cosa.

Desde que el alemán Juan Gutenberg inventó la imprenta, los libros se tomaron el mundo y hubo fiesta en el universo. El invento de la impresión significó un gran avance en asuntos de letras.

Recordemos el problemita en que se metió Moisés cuando Yaveh le dictó las tablas de la Ley. Moisés debió subir al monte Horeb a recibir los mandamientos, pero como no había imprenta, el hombre tuvo que esculpir los sagrados mandatos en unas piedras. Dios dictaba y Moisés copiaba en piedra.  En la tarea demoró cuarenta días enmontado, y mientras tanto, su pueblo, el pueblo hebreo, al que había sacado de la esclavitud de Egipto, se entregó a la pernicia, al bailoteo, al trago y a los placeres desenfrenados de la carne, porque aún no habían aparecido los vegetarianos.

Cuando bajó el patriarca de la montaña y se topó con semejante vagabundina, entró en santa ira, es decir, botó la piedra. Literalmente. A cualquiera que no hayan invitado a una fiestolaina de esas, le pasa lo mismo. Tomó las tablas, que no eran tablas sino piedras, como ya dije, y las rompió contra el mundo. Las hizo añicos. Las volvió miércoles, y era  sábado.

Si ya hubieran existido los libros, Moisés no hubiera podido quebrar  lo escrito, porque un libro es un libro y una piedra es una piedra, por más piedra que le dé al ofendido.

Después inventaron el papiro, hecho de cortezas de árboles, y el pergamino, de piel de animales sacrificados. Pero ya comprenderán ustedes el lío de los poetas,  escribiendo en los árboles o matando cabras y ovejas para escribir en la piel.

De manera que el invento de las letras impresas, que todavía hoy se mantiene, significó  gran avance en la vida de los libros, que de vez en cuando se pegan sus rumbeadas, como esta semana en la Julio Pérez.

Alguna vez vi una película de un museo de arte, donde los dibujos cobraban vida de noche, cuando apagaban la luz y el vigilante se largaba. Formaban el despelote: La Mona Lisa salía del cuadro y empezaba a hacer estriptis, los apóstoles de la Última Cena se levantaban de la mesa y buscaban pareja, y hasta Jesús volvía a convertir el agua en vino, cuando a la madrugada se les acababa el Casillero del diablo, y así todos los cuadros famosos se ponían de ruana el museo. Al amanecer, todos volvían a su sitio, como si nada. Pienso ahora que tal vez los libros, de noche, hagan lo mismo: Bajan de los estantes y montan su relajo. Quizás por eso el director de la biblioteca se ideó lo de la fiesta de los libros. Me gustaría ver a don Quijote más de medio, y a Sanchito tirando paso, y a Aureliano Buendía en su juma lanzando al aire pescaditos de oro, y a los versos de Bonells y Méndez Camacho, abrazados como sus autores cuando se pegan sus tequilas. Hermoso todo. Pero una pregunta me desvela: ¿Se quedarán dormidos de la rasca, algunos libros?

 gusgomar@hotmail.com