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La furia contra el fundador

Lunes, 31 de Mayo de 2021
Los amantes del patrimonio cultural ocañero hemos experimentado dolor y preocupación, pero obviamente no por el gallardo adalid sino por los mismos estudiantes. 

El 5 de mayo del presente año, uno de los mozalbetes, de los congregados alrededor de la estatua del fundador de Ocaña, el capitán español Francisco Fernández de Contreras, la enlazó y la derribó. Esta acción entra dentro del programa de la revuelta iniciada el 28 de abril. 

Los amantes del patrimonio cultural ocañero hemos experimentado dolor y preocupación, pero obviamente no por el gallardo adalid sino por los mismos estudiantes. 

A juicio del erudito historiador español Alberto G. Ibáñez (autor de la famosa obra “La guerra cultural”), la culpa de estos desvaríos la tiene el sistema educativo instaurado entre los años 60 y 70 del siglo pasado, modelo que exalta el logro de la felicidad; yo agregaría que fomenta la inutilidad y el vicio, y de ahí la drogadicción que ya ha echado a perder a una generación. Dicho modelo no contempla deberes sino derechos. La responsabilidad individual no existe. Hay que buscar responsables en otros, por ejemplo, en el pasado. Concluimos entonces que los protagonistas de la profanación – sí señores, profanación -, son producto de esta educación laxa y superficial. 

Los monumentos son símbolos artísticos que encarnan honor y orgullo para cualquier comunidad. Pero al fin y al cabo, a la fama, a la admiración y gratitud que le debemos a nuestro antepasado todos los ocañeros raizales o de la provincia, nada le pueden restar los violentos. El problema no está en su estatua sino en éstos, que dejan ver su calaña. 

Alguien pedirá que el chico agresor sea sancionado por las autoridades, pero ello no parece importante sino el examen de su estado psíquico, porque, francamente, algo está fallando en él y en sus acompañantes. 

En el diván del siquiatra habrá que auscultar a este energúmeno sobre sus frustraciones, sus complejos, sus resentimientos y sus deseos reprimidos. Luego, sobre el caso en sí, qué sabe sobre el origen de Ocaña y acerca de su fundador. Habrá que hurgar si la cosa va por ciertos caminos que investigadores muy versados y profundos han identificado como el indigenismo simple, la leyenda negra del Descubrimiento, la Conquista y Colonización, y los mitos que se han difundido. ¿Sabrá el joven iconoclasta que Hegel, uno de los pilares del marxismo y de la izquierda amante de abatir estatuas, llamó “Día de la Universalidad” al 6 de septiembre de 1522 cuando Magallanes y Elcano completaron la vuelta al mundo? ¿O acaso sabrá – como parece que no lo sabe el presidente López Obrador – que todos los cabildos indígenas de México en 1810 se levantaron contra el cura Miguel Hidalgo y le juraron fidelidad eterna al rey de España? ¿Que los indios pastusos fueron reacios a la Independencia y continuaron añorando la subordinación de la corona española hasta que Bolívar debió someterlos con medidas extremas?

“Yo amo a Ocaña”, dice un gran letrero en el parque “29 de mayo”. Los que sí la amamos rechazamos ese acto incalificable respecto a un ícono de su gloriosa historia.

orlandoclavijotorrado@yahoo.es