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La importancia de la historia

Los griegos definieron la historia como “el conocimiento que se transmite mediante investigación”.

Cuando reflexionamos sobre los acontecimientos diarios y las preocupaciones del declive de los comportamientos humanos, de la irracionalidad aparente en manifestaciones como la violencia en todas sus formas,  los errores que se cometen no solo en lo personal y colectivo, sino como Nación que olvida fácilmente los episodios que ya ocurrieron a otros pueblos, que hoy nos azotan a nosotros tal cual peste que extermina la inteligencia y la razón humana, estamos condenados cíclicamente al mito de Sísifo. Castigado por los dioses de la mitología griega, a Sísifo lo obligaron a subir una enorme piedra hasta el más alto pico de una montaña y tirarla al valle. Así, una y otra vez, eternamente.

Hace más de 35 años, por ejemplo, se dejó de lado las clases de historia en nuestras instituciones educativas desde nivel Preescolar hasta la Básica Media, incluida la Educación Superior. Producto de este adefesio contundente, el resultado es una sociedad amnésica, de fácil manipulación, de implantación de ideas superfluas que llevan al relativismo y al creer que todo es del hoy.

Entonces el síndrome de Adán aparece: “Antes que yo nada existía. Después de mí, todo es posible” y esta triste realidad ha llevado a que hoy estemos al borde de un abismo que nos impide conocer el devenir del mañana. La historia es considerada por Platón y Aristóteles como una mera doxa u opinión, como un saber relativo y cambiante sobre sucesos igualmente, relativos y cambiantes.

Nuestros líderes actuales, muchos de ellos hoy famosos por ser “tictokers” más que faros de sabiduría, nos llevan a denotar la ausencia implacable de la palabra “estadista” a todo nivel. Marc Bloch definió la historia como la ciencia, no del pasado, sino de “los hombres en sociedad a través del tiempo”, insistiendo en el método que utilizó: un doble movimiento que esclarece el presente por el pasado y el pasado por el presente.

En las sociedades como la nuestra, condenada a la inmediatez y la no profundización, Johan Huizinga nos recuerda que “la historia es la forma espiritual en que una cultura rinde cuentas de su pasado”. Es simple y evidente. Estamos perdiendo lo fundamental de lo que durante siglos denominamos civilizaciones. 

Desde el punto de vista filosófico, los griegos definieron la historia como “el conocimiento que se transmite mediante investigación”, no por transmisión antiquísima, como el mito. Es investigación, indagación, interrogatorio de un testigo ocular y el resultado de dicho interrogatorio; es decir, el seguimiento continuo y pertinente de lo que sucede y la capacidad de transformar para mejorar como especie.

Immanuel Kant entiende que la historia tiene una finalidad: “[…] Al observar el juego de la libertad de la voluntad en grande, se puede descubrir en ella una marcha regular; igual que se puede llegar a conocer en el conjunto de la especie […] aquello que se ofrece confuso e irregular a la mirada de los sujetos particulares.”

Por ello, es deber de los Estados y de la sociedad en general volver a rescatar e incentivar nuestras historias familiares, locales, regionales y nacionales. Despertar el sentido de pertenencia, conocer a fondo los errores y aciertos de los antepasados y basados en ello, tomar decisiones acertadas e inteligentes y no caer en los errores que nos están maltratando hoy como Nación. Como diría Gabriel García Márquez: “No tenemos otro mundo al que podernos mudar”, “la creación intelectual es el más misterioso y solitario de los oficios humanos”, “el mundo habrá acabado de joderse el día en que los hombres viajen en primera clase y la literatura en el vagón de carga” y “la vida no es sino una continua sucesión de oportunidades para sobrevivir.”

Sábado, 26 de Noviembre de 2022

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