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La lentitud de la verdad

Miércoles, 6 de Julio de 2022
Para responder este tipo de preguntas se requiere de trabajo colectivo y de tiempo.

En junio de 1881,  Nietzsche publicó Aurora, uno de los libros menos referenciados por los estudiosos de su obra. Ese libro se envió a la imprenta sin prólogo y tuvieron que pasar seis años para que se publicara una segunda edición. En esa edición sí se incluyó un prólogo en el que se lee la siguiente frase: “Este prólogo llega tarde, aunque no demasiado, ¿qué son, a fin de cuentas, cinco o seis años? Un libro como este, un problema como este no tiene ninguna prisa”.

Los rumores de que el Informe Final contaría verdades incómodas llevaron a opinadores a precipitarse en juicios anticipados sobre el trabajo que la Comisión de la Verdad realizó durante los pasados cuarenta y tres meses. Es sabido que, por el afán de decir algo, los opinadores adquirimos el don de errar en ligerezas.

Se estima que el Informe Final, dividido en diez tomos y una declaración conjunta, tenga cerca de cinco mil páginas. Por esto, la Comisión hará entregas semanales para facilitar su lectura y divulgación. No obstante, considero que la tarea de comprender las dimensiones del Informe Final de la Comisión de la Verdad tomará un tiempo difícil de estimar en meses o años, y por esto la mejor forma de acercarse a este proyecto es mediante una lectura lenta.

Me explico. A partir de la anécdota de Nietzsche, el profesor italiano Nuccio Ordine plantea la idea de la lectura lenta. Él propone un elogio de la lentitud para esta época donde la velocidad domina cualquier ámbito de nuestras vidas. Nuccio Ordine señala que si el propósito de una persona es conocer y aprender, debe hacerlo con lentitud, avanzar suave pero inflexible, guiado por la calma y la esperanza de poder salir de las tinieblas para alcanzar la mañana, la redención, la aurora.

Analizando la declaración conjunta de la Comisión, encuentro que hay apartados que necesariamente implican una lectura lenta, una conversación constante y un análisis reposado. Todo esto para responder preguntas que allí se plantean: ¿Por qué en un país profundamente cristiano reincidimos en la violencia entre hermanos? ¿Cómo podemos solidarizarnos con el campesinado, la principal víctima del conflicto armado interno? ¿Cómo nos atrevimos a dejar que pasara y a dejar que continúe? ¿Cuál es nuestra responsabilidad en el entramado de instituciones estatales y privadas que provocaron daños a millones de víctimas y cómo asumir como propio su sufrimiento? ¿Cómo reconciliar a un país desgarrado?

Para responder este tipo de preguntas se requiere de trabajo colectivo y de tiempo, que no puede llegar a confundirse con tardanza o aplazamiento. Esta aclaración es relevante porque han sido las víctimas quienes han tenido que esperar a un Estado que llega tarde o demasiado tarde.

Por eso es fundamental la segunda etapa del Informe Final que consiste en la divulgación, la discusión y la apropiación pedagógica de lo que fuimos y de lo que queremos ser como país.

Viene un tiempo en el que distintos sectores de la sociedad civil podrán discutir y cuestionar los hallazgos de la Comisión para superar el negacionismo y las tergiversaciones. Viene una época en la que debemos aprender a leer bien, más allá de la rapidez y la superficialidad, para poder decir en cinco o diez años que el Informe Final cumplió con la promesa de hacer comprender que la verdad hará posible la reconciliación de esta y las generaciones del mañana.

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