La sublime vulgarización

Sábado, 27 de Febrero de 2021
Recordando esos libros con especial cariño, pues fueron los primeros que pude llamar míos.

Hace 15 años era mi ritual de todos los jueves en la mañana que siguieron desde octubre. Salir un poco más temprano de casa, girar a la izquierda en la esquina de Fodo (el can que durante horas dormitaba plácidamente en mitad de la carretera, forzando con su rebeldía onírica que los carros treparan al andén para no aplastarlo) y caminar hasta el pico que forma el colapso pavimentado de la Avenida González Valencia contra la Carrera 27.

Hermes, quien siempre me esperaba con la puntualidad de los eclipses, preparaba aquel preciado paquete cuando, a lo lejos, veía mi silueta remontando la loma hasta su semáforo: un ejemplar recién desembarcado de Bogotá, y todavía oloroso a tinta fresca, de un diario nacional. Un bien de difícil consecución cuando se crece en la provincia. Lo importante de esa transacción clandestina era el cupón que se escondía en su primera plana, el cual al finalizar el colegio corría a canjear por una novela de algún autor colombiano contemporáneo: Jorge Franco, Héctor Abad, Laura Restrepo, Juan Gossaín, entre otros. La selección era exquisita. Hice la colección completa y me los devoré en cada recreo.

Recordando esos libros con especial cariño, pues fueron los primeros que pude llamar míos, forjaron los pilares de mi biblioteca personal y desencadenaron el instinto colector que aún me persigue, aprecio el invaluable aporte de las colecciones de literatura que, de tiempo en tiempo, son publicadas por distintos periódicos. Su éxito está casi siempre garantizado y, más allá de su impacto económico, cumplen la noble función social de acercar las letras a un gran sector del público que, por motivo de los precios del mercado editorial, nunca podría entrar en la dinámica de la lectura.

Muchísimas son las series impresas en español que, gracias a los curiosos viajes en los que se pueden embarcar los libros cuando pasan de mano en mano, han conseguido darle la vuelta a Sudamérica e, incluso, atravesar el Atlántico como polizones de altamar. Cómo no entrañar las sólidas portadas anaranjado cobrizo de la Biblioteca de la Literatura Universal del Clarín que, a pesar de lanzarse a principios del milenio, todavía circulan en las mesas de rebajas de la Feria del Libro, o las inolvidables compilaciones de las obras de Ernesto Sábato y Agatha Christie que encontraron su camino hasta Colombia a pesar de haber sido editadas por La Nación de Argentina.

Pero el mayor benefactor de la literatura a bajo costo ha sido, sin lugar a duda, El Mundo de España. Su colección Las 100 Joyas del Milenio del año 2000 fue la inundación más espectacular de libros de bolsillo de la que se tenga memoria. Un experimento editorial de proporciones colosales que reventó las ventas en los quioscos callejeros con tal devastación que inmediatamente se imprimió una secuela llamada Las 100 Mejores Novelas en Castellano del Siglo XX que aún hoy se vende asiduamente en las librerías de segunda mano de Madrid. Fueron los años dorados de la sublime vulgarización de la letra impresa, toda una revolución de papel.