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Laudato Si

Viernes, 10 de Julio de 2015
Por las razones que se quiera, la religión ha soslayado la responsabilidad del hombre en tan inmensa afectación del planeta.

La “cara sonriente de Jano”, nos induce a proteger la naturaleza, a defender el medio ambiente y a estructurar planes elementales de manejo de riesgos e impactos ambientales negativos sobre la propia biosfera.

Es evidente que las acciones antrópicas generan afectaciones directas sobre el equilibrio y sobre la armonía natural de todos nuestros ecosistemas.

Y ya toda “la aldea global”, desde la suscripción de “la Carta de la Tierra”, en Rio Janeiro 1992 y hasta la próxima cumbre ambiental en Paris 2015, han lanzado “las campanas al vuelo”, con un angustioso clamor, en particular sobre los muy graves y tal vez irreversibles impactos a todo el Planeta Azul, por las afectaciones del cambio climático, producto del sobrecalentamiento global por los “gases invernadero”.

El problema radica, en la ausencia de toma de conciencia y participación en soluciones de los mayores depredadores y contaminadores biosféricos, como Estados Unidos, China, India y Australia. Países, que han hecho caso omiso a la alerta temprana del colectivo comunitario mundial.

Por las razones que se quiera, la religión, y me refiero a todas, han soslayado la responsabilidad del hombre en tan inmensa afectación del planeta. Con certeza su compromiso histórico con las normas morales y religiosas solo abarca el comportamiento hacia el bien o el mal en aspectos humanos, sin tener en cuenta las amenazas y más tarde afectaciones por acciones u omisiones antrópicas hacia los ecosistemas humanos, con sus recursos, energías y reservas futuras.

Es así, como con grata e inesperada respuesta, la gran mayoría de las comunidades recibe la encíclica Laudato Si.

Francisco, el argentino, el jesuita, “Francisco el hombre”, un pontífice impredecible, pero ejecutivo y directo se atrevió a tocar un tema, sino tabú, por lo menos exótico en una primera aproximación, a los intereses de la Iglesia católica, centrada ahora en la solución de sus propias afectaciones internas. Valiente y oportuna decisión del Papa Francisco.

Siempre se ha considerado los problemas ambientales y el desarrollo sustentable como respuesta, bajo un simple marco conceptual político y si se quiere de conciencia colectiva e individual, pero bien ajena al “comportamiento religioso y ético”.

El espíritu de la encíclica apunta hacia el contenido ético-religioso de las acciones antrópicas de afectación a la biosfera, sean globales, colectivos-comunitarias o individuales. Es decir, en términos populares se refiere a “pecados contra la armonía y equilibrio de la naturaleza”.

Considera Laudato Si, que no se puede seguir conservando el concepto de un medio ambiente como un inmenso receptáculo de contaminación abierta; llama la atención sobre la acción depredadora de “los países con alto nivel de desarrollo”, y lamenta que sea la población más vulnerable y con menor resiliencia, aquella que experimente con mayor intensidad los impactos negativos de afectación. Considera la encíclica el agua y los recursos naturales como un derecho inherente a nuestra propia humanidad.

“Alabado seas”, bienvenido el campanazo de alerta naranja de “Francisco el hombre”. Recordemos a Jonn Donne: “Ningún hombre es una isla, ni está completo en sí mismo; si un pedazo de tierra fuera barrido por el mar, daría lo mismo que pasara en Europa o en un promontorio o en la mansión de tus amigos o en la tuya propia; la muerte de cualquier hombre me empequeñece, porque estoy integrado a la humanidad; por eso no envíes a nadie a preguntar por quién doblan las campanas, porque doblan por ti”