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Librerías
En Cúcuta por mucho tiempo no hubo librerías, eran tan escasas como las bombas de gasolina, tan escasas hoy como las editoriales, salvo Épica de Saúl Gómez.
Lunes, 14 de Febrero de 2022

Yo soy de los que aún va a las librerías a antojarse. En épocas más jóvenes solía visitar los libros que quería comprar como diciéndoles: “hola precioso: pronto vendré por ti”, es como dice Pennac, muy pocos objetos generan tanto sentido de propiedad como el libro. Las librerías han sido lugares paradójicos también, se lucha entre el libro que se puede prestar en las bibliotecas y la necesidad de sentirlo propio. A los libros prestados no se les pueden rayar las hojas, a los que son de uno se les puede llevar a todas partes, eso hace que comprar libros siga siendo adictivo, un imán. 

El librero es un experto, aunque su rol ha cambiado mucho, los que recuerdo tenían un ojo para notar el interés por algún ejemplar. Del control de las expresiones del rostro dependía el valor, el más mínimo atisbo podía significar un incremento. El Socio en Cúcuta, ahí bajando del Tía por la calle doce era un experto con voz ronca y pelo cano. No le afanaba si no comprabas de una vez, lo imagino diciéndose así mismo: ya volverá. Recuerdo haber pagado varios precios por la misma serie de libros, los de Bruguera con tapas de colores, si movía la ceja, uno de Cortázar costaba tres mil quinientos y en la misma serie Ojos de perro azul sin mayores movimientos podían ser dos mil. 

En Cúcuta por mucho tiempo no hubo librerías, eran tan escasas como las bombas de gasolina, tan escasas hoy como las editoriales, salvo Épica de Saúl Gómez. Si se quería algo que pareciera una novedad tocaba en la Universitaria sobre la cero y por su puesto en la Builop, el olor al entrar a estos sitios aún puedo sentirlo. En buenos tiempos, había sobre la avenida cuarta entre la once y doce, varios locales con libros apiñados, vendí algunos cuando la necesidad apremió. Aunque suene increíble varios buenos libros de cine que aún conservo los compré en la San Pablo. Para comprar libros en Cúcuta, tocaba viajar, pedirle un favor a alguien, un encargo. En la sexta había un señor con una maleta que abría a quienes le compraban como Andrés Carvajal y si se querían revistas para adultos o comics, tocaba donde Jorge ahí en la primera con once. No hace mucho el poeta Darío Sarago abrió una librería virtual ya que las calles de Cúcuta no pueden recorrerse de la misma manera, por eso la llamó La Cero.

La ciudad tenía pocos rincones para los libros, alguna librería resistiendo valientemente. Las crisis las han hecho desaparecer o se han transformado en papelerías, en el centro de la ciudad casi que no se consigue un libro original, toca ir a Panamericana; la primera ciudad que pirateó El Abuelo Rojo fue Cúcuta siempre ofrecen el original y el genérico por muy poco valor de diferencia. 

Como un acontecimiento, y no es para menos, circuló por redes sociales la apertura de una librería, en una ciudad con tantas carencias culturales el que una persona o un grupo decidan abrir una es algo quijotesco, aplaudible, felicidades y buen viento a Posdata. Es hora de creer que efectivamente hay quienes necesitan leer y comprar libros en Cúcuta, es hora de creer que las necesidades culturales se están diversificando y es hora de soñar con que los espacios sigan pareciendo insuficientes para verlos crecer.  

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