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Lo que vale el General Santander

Viernes, 19 de Junio de 2015
Al  General Santander no le ha ido muy bien en la historia.

Al  General Santander no le ha ido muy bien en la historia. Luego de su muerte su nombre ha sido usado para bautizar barrios, escuelas, universidades, parques, departamentos, bancos y hasta loterías.

Pero no le ha ido muy bien al General, digo. Casi todo lo que lleva su nombre es un desastre: los barrios más inseguros, las escuelas más pobres, las universidades más corruptas, los parques más abandonados, los departamentos más leguleyos.

El banco Santander es español, por ejemplo. ¿Y la lotería de Santander? No se la gana nadie.

De Santander sólo nos queda una escuela de policía represiva y un billete de dos mil pesos devaluado.

Ha sido señalado de traidor por conspirar contra Bolívar (cuyo nombre también ha sido usado para doscientas cosas más), de sanguinario, avaro y rencoroso. Pobre General Santander, que ha permanecido más de 120 años en el parque que lleva su nombre sólo para que las palomas caguen su imagen.

Es un General imponente, vaciado en bronce, en mitad del parque. Está vestido con el uniforme militar de la época: casaca tipo levita; lleva el cuello, puños y solapas de General de División, botas con lengüeta que cubren la parte anterior de la rodilla y un semblante majestuoso de hombre llegado a los 40.

El General llegó de Hamburgo en 1893 por un encargo que el Concejo Municipal le hiciera al escultor Carl Borner por la suma  de 20 mil marcos (unos 10 mil pesos, entonces). Y ahí lo ven ustedes: robusto, imponente, prepotente, pero humillado.

No sólo porque las palomas le arrojen sus deyecciones todos los días desde hace 122 años, sino porque la alcaldía municipal decidió bañarlo para mejorar su imagen en estas festividades y lo sometieron a la más baja de las vergüenzas: unos hombres treparon por su costado y lo limpiaron con cepillo de alambre.

Lo fusilaron con chorros de agua fría con mangueras de bombero. Le limpiaron un siglo de herrumbre con espátula de albañil.

Lo trataron como a un anciano desahuciado y le lavaron el trasero de General con estropajo corrosivo.

El General parecía un paciente de cualquier EPS. Lo estregaban por todas partes, le metían pinzan en las fosas nasales; le quitaron de la frente la huella del tiempo; lo sometieron a duras  jornadas de limpieza general, al General. Lo torturaron, lo maltrataron, le hicieron pasar la vergüenza pública de que todo el mundo viera cómo el Hombre de las Leyes no era capaz de valerse por sí mismo y fue sometido a dolorosos tratamientos higiénicos. Pero no habló. No dijo una sola palabra. No confesó nada a sus verdugos.

De esas largas y extenuantes jornadas de tortura, el General cambió de aspecto: su bronce oscuro ahora es plateado: lo pintaron como a un payaso de circo. Los funcionarios de la alcaldía ignoran que una escultura en bronce adquiere valor con el paso del tiempo: la capa fina de óxido verdoso que se forma en la superficie de la obra es lo que da su valor. Le quitaron al General esa capa que había formado el paso del tiempo. Su valor se ha devaluado. Ahora el General Santander tiene el valor de un Bolívar.