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Mensajes al mundo del coronavirus
El planeta puede ser mucho mejor. La población de Sapiens será de 10.000 millones en 2050, pero alrededor del 82% estará circunscrito al Tercer Mundo.
Domingo, 29 de Marzo de 2020

Los grandes ejércitos de esta guerra invisible los integran miles de médicos y paramédicos que llenos de heroísmo se están sacrificando por sus semejantes. Ganada esta guerra, cada nación debería rendirles tributo. Es cierto que estamos todavía en medio de la pandemia, con más de 600.000 infectados en todo el planeta, llenos de incertidumbre por lo que pueda pasar en términos de salud y, colateralmente, por los efectos económicos. Aunque todo sea un enigma, no sobra reflexionar sobre la fragilidad de la humanidad y su futuro, porque esta crisis cambiará la perspectiva de vida para siempre. 

Los convencidos de la grandeza del Homo Sapiens, creían que una pandemia como la del Covid19 sería fácilmente superable; ven la gripe española, la malaria, el sarampión, y hasta el SARS y el ébola, como patógenos prehistóricos. Esos fanáticos de la ciencia, que no dejan de alabar la llegada del hombre a la luna, los desafíos espaciales de Jeff Bezos y Elon Musk, y la arrogante pretensión de duplicar la esperanza de vida para luego alcanzar la inmortalidad, hoy se cruzan de brazos con asombro. Ni el poder ni la riqueza, que tanto hipnotizan, resultan obstáculo para el Covid19. Parece mentira que una molécula, que muestra su corona imperial, sea más poderosa que los misiles y bombas que despliegan las potencias. El momento ha llegado para que, reconociendo nuestra fragilidad, caminemos con prudencia y humildad. 

El planeta puede ser mucho mejor. La población de Sapiens será de 10.000 millones en 2050, pero alrededor del 82% estará circunscrito al Tercer Mundo, viviendo en la pobreza si no le damos un giro al modelo económico. Si hubiéramos nacido en Canadá, nuestra esperanza de vida sería de 82 años, pero si nos hubiera tocado nacer en Guinea-Bissau, tan solo viviríamos 50. Más que un atraco, esto es un homicidio anticipado de la opulencia capitalista, y no de la naturaleza. Todo es tan desigual en la actualidad, que 3.100 millones de personas viven con menos de dos dólares al día. Sin embargo, con el Coronavirus y la recesión económica, la productividad extrema y el consumismo parecen silenciados. 

En secuencia lógica, repensemos la relación que tenemos con la naturaleza. No más discursos sino acciones radicales sobre el desarrollo sostenible. La productividad ilimitada golpea sin piedad al medio ambiente. El planeta, a pesar del sufrimiento de los Sapiens por la pandemia, respira de nuevo. Las fotos satelitales muestran una atmósfera limpia de contaminación en todos los continentes; entre nosotros, algunas ciudades ofrecen un aire diferente; la fauna sale, como ha ocurrido con delfines, zorros, pumas, osos, y centenares de aves, que parecen haber entendido que los Sapiens se escondieron. Todo por el Covid19, pero no para olvidar el calentamiento global, las fisuras en la capa de ozono, y la contaminación industrial y vehicular, entre otros efectos del abuso ambiental económico. Después de esta experiencia, los Sapiens podríamos obligarnos a un período sabático cada doce años, es decir, quedándonos en casa para salvar al planeta.  

En términos políticos, las reflexiones nos hacen pensar que el mundo se moverá bajo la vigilancia totalitaria, o la solidaridad internacional ciudadana. La tecnología permite monitorear con sensores y algoritmos a cada ciudadano en sus movimientos, tal como ha ocurrido en China y Corea del Sur. Este método, que les resultó efectivo para frenar la pandemia a través de los celulares al medir temperaturas y permitirles saber quién no cumplía las reglas, puede ser un arma letal para la libertad. Será la herramienta preferida de cualquier ideología totalitaria.  

La alternativa, que tampoco es la libertad de hoy, individualista y distorsionada, sería una solidaridad internacional eficiente. La globalización debe tener esta misión como eje, desligándose para siempre de su perspectiva económica egoísta. Terminada la Segunda Guerra Mundial, que dejó 75 millones de muertos, surgieron las Naciones Unidas bajo dos principios fundantes: mantener la paz y generar progreso para Todos los Pueblos. Aunque estos propósitos se desviaron, pasada esta pandemia deberíamos retomarlos. Aceptemos temporalmente los nacionalismos y cierres de frontera sólo como método para contener el virus. 

La mayoría de los mortales seguimos confinados, con tiempo para reflexionar sobre la vida individual, familiar y colectiva; algunos, a la manera de Ana Frank, aquella adolescente que en medio del horror nazi consignó sus emociones en un diario; otros, al estilo de Roberto Benigni en ‘La vida es bella’, elaborando alguna fantasía para sonreír en medio de la calamidad y proteger a sus seres queridos; y muchos, la inmensa mayoría, acercándose a su Dios a través de la oración.    

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