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Nicaragua en la encrucijada

Domingo, 7 de Noviembre de 2021
Hoy se cumple el proceso electoral nicaragüense, y probablemente Daniel Ortega resulte reelegido.

Hoy se cumple el proceso electoral nicaragüense, y probablemente Daniel Ortega resulte reelegido. Sería su quinto período presidencial, y el cuarto consecutivo, lo cual demuestra la tendencia humana a perpetuarse en el poder, supuestamente porque todavía quedan tareas por hacer. Los medios occidentales muestran un Ortega represivo, que ha encarcelado contendores y periodistas, y proscrito cualquier veeduría internacional sobre el debate eleccionario, por manera que reseñarán su victoria como irregular.  

Lo anterior responde a la verdad, sobre todo después de 2018, cuando una oleada de protestas sacudió al país, dejando decenas de muertos y centenares de arrestados. En estas presidenciales, es cierto que se hallan presos opositores que tuvieron aspiraciones, entre los que destacan Hugo Torres, un antiguo sandinista que le salvó la vida a Ortega en 1974; Cristina Chamorro, detenida por presunto lavado de activos; y, Félix Madariaga y Juan Sebastián Chamorro, ambos arrestados por incitar la injerencia extranjera. 

Del lado gobiernista, la legitimidad se predica por la participación de 7 partidos, siendo el Frente Sandinista de Ortega el mayoritario, al cual aparentemente le compiten el Partido Liberal Independiente, el Partido Constitucionalista, el Partido Cristiano Nicaragüense y la Alianza por la República. Estos partidos, según la oposición, son más fachada que competencia, toda vez que están cooptados por Ortega, al punto que reciben el calificativo de ‘partidos zancudos’, como si chuparan sangre residual del poder. Esta fórmula de simular democracia, que también aplicaron los Somoza durante su dictadura, se denomina ‘partidos tribunos’ en ciencia política, porque se prestan al juego. Así pues, argumentos van y vienen en una dialéctica que pretende descalificarlo todo. 

Por ahora, aceptemos que, cualquiera sea la ideología, el poder trae más poder y, su concentración, abusos y corrupción. Es la rueda de la historia, como diría Duverger, dado que los movimientos políticos siempre constituyen nuevas élites. En Nicaragua la lideran Ortega y su esposa, al punto que sus excompañeros sandinistas sostienen que la revolución cayó en populismo. 

Nicaragua, con 6 millones de habitantes, es en la actualidad el país más pobre de América Central. De las dictaduras somocistas pasó al socialismo sandinista, y luego a períodos neoliberales, para volver al sandinismo en 2007. Y el pueblo ahí, perdido en la desesperanza. Los colombianos recordamos Nicaragua por el fallo de La Haya de 2012, que nos resultó adverso.

Nicaragua, como muchos otros países de América Latina, parece secuestrado en su destino, por razones endógenas y exógenas. Entre las primeras resalta la polarización extrema, que ha llevado a Nicaragua de su élite recalcitrante de derecha, aliada de los dictadores Somoza, a una izquierda combativa pero obsoleta y represiva, aferrada al poder, hoy representada por Ortega, desconociendo igualmente libertades públicas; y, entre las exógenas, el permanente yugo de Estados Unidos, que la historia confirma con hechos vergonzantes, como las pretensiones de Walker en el siglo XIX, el derrocamiento del presidente Zelaya en 1912 y la posterior ocupación con ‘marines’ hasta 1933, para luego dejarle el país a Anastasio Somoza, un matón incondicional de Washington, cuyo régimen se prolongó con su hijo hasta 1978, cuando los sandinistas alcanzaron el poder. Más recientemente, el apoyo de Reegan a los ‘contra’ para desestabilizar a los sandinistas, y las oprobiosas sanciones de Trump por representar Nicaragua una ‘amenaza’ para Estados Unidos, que cualquier analista interpretaría como alucinación. En complemento, el FMI y el Banco Mundial han doblegado la soberanía económica de Nicaragua, forzándolo a acepar medidas que implican más subdesarrollo y dependencia.  

Alguna vez Oscar Wilde sostuvo: ‘El único deber que tenemos con la historia es el escribirla de nuevo’, lo cual cae como anillo al dedo, al menos para releerla y entender el duro transitar de Nicaragua. Entre pausas, nada mejor que disfrutar a Rubén Darío, su gran poeta, máxima figura del Modernismo en las letras hispanas.

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