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¡No hay vías para tantas motos!

Martes, 1 de Octubre de 2019
Los ocañeros que regresan después de mucho tiempo de ausencia o quienes vienen por primera vez, expresan su sorpresa y terror por el desorden y la anarquía.

Muchos años después del final de la sangrienta Segunda Guerra Mundial, la derrota de los  japoneses se tomó como pretexto para justificar la invención y masificación de las motocicletas como la venganza de los orientales mediante los accidentes mortales que siguen aumentando en la ciudad y el país.

De ser cierto el supuesto desquite de los nipones contra quienes los vencieron, debieron enfilarlo sobre los estadounidenses, los ingleses y los rusos, y nunca contra los colombianos que no enviamos militares para participar en la absurda contienda universal.

Por otro lado, la invención del popular y peligroso medio de transporte, nada tiene que ver con  los ciudadanos de los ojos rasgados, la paternidad del controvertido invento recae sobre el gringo Silvestre Howard Raper, quien lo propuso y armó en 1867, muchísimos años antes de la inhumana confrontación planetaria.

Que los aparatos modernizados y  fortalecidos por los súbditos de Hirohito se regaron por todos  los países del mundo no tiene discusión, y que mediante  la conducción desordenada e  irresponsable de ellos, los  millares de muertos y heridos son incontables, tampoco se debe controvertir, y de esta manera se puede entender la posible venganza de los japoneses.

Y que se entienda que no pretendo repetir la triste historia de las camas culpables de las  traiciones o las infidelidades, los polémicos vehículos han permitido la adquisición y movilización de las personas humildes que nunca podrían acceder a un carro, así fuera el Renault  4 que se popularizó en Colombia en la década de los setenta.

En el plano regional o local, el problema se inició con las excesivas facilidades que ofrecieron los  distribuidores de las motocicletas,  incluso sin  exigir la cuota inicial, y la falta de control por las  autoridades de Tránsito y la carencia de disciplina social por parte de los conductores que no solo  ponen en riesgo su integridad sino la de los automovilistas, peatones y la de sus colegas.

Los índices de accidentalidad, con muertos y heridos que se presentan anualmente, se han  acentuado en el actual gobierno municipal y habrá que esperar las estrategias que utilice el nuevo alcalde a partir del próximo primero de enero, que simplemente deben coincidir con la aplicación  de las normas establecidas en el país para garantizar la movilidad normal.  

Recuerdo que durante mi debut en las lides periodísticas en este apreciado medio, en abril de 1985, publiqué un reportaje sobre la incidencia de los parrilleros en los accidentes que, para esa  época, no eran tantos como ahora, y por supuesto que no habían comenzado la obra macabra de los sicarios.

Para mi fortuna, las reacciones de los motociclistas aludidos fueron normales y ni me imagino qué  hubiera ocurrido si en ese tiempo existiesen las redes sociales.

Regresando al tiempo actual y en mi ciudad, lamento y me preocupa el caos que han provocado  los conductores de las populares y temibles motos,  el exceso de  velocidad por las estrechas y  deterioradas vías amenazan constantemente a los peatones que transitan por los andenes, que inexplicablemente están al mismo nivel de las calles.

Las  esquinas de los cruces de las calles y carreras del centro de la ciudad, especialmente las  ubicadas cerca a los  edificios del  antiguo Telecom y el Banco de Bogotá, se convirtieron en  parqueaderos de motos y el peligro acecha constantemente  a quienes pretenden pasar por las  cebras porque los mototaxistas no respetan los semáforos.

Para una ciudad tan pequeña y con tan pocas vías, el número de motocicletas, que fácilmente se aproximan a las 30.000, es exagerado, y para colmo de males los conductores manejan sus  vehículos como les da la gana y con la indiferencia de las autoridades de tránsito. 

Y como si no bastara con este grave problema, no obstante que  están restringidos los parrilleros, los atracos aumentan de manera escandalosa y las mujeres se han convertido en las víctimas  favoritas de los delincuentes motorizados.  

Los ocañeros que regresan después de  mucho tiempo de ausencia o quienes vienen por  primera vez, expresan su sorpresa y terror por el desorden y la anarquía que observan en la  otrora tranquila y agradable ciudad.     

Ellos y nosotros coincidimos: ¡no hay vías para tantas motos!

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