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No ser de alguna parte

Sábado, 19 de Septiembre de 2015
Quizás es hora de ver a los inmigrantes más como el principio de una oportunidad que como aquellos bárbaros demonios.

El sentimiento de pertenencia a un grupo social es una de esas necesidades tan humanas e innegables que siempre estarán presentes a pesar de lo individualista que se está tornando nuestro mundo. 

El ver rezagos de nuestros rasgos en otros rostros, el identificarnos con las costumbres practicadas por la gente que tenemos alrededor y en general el encontrar en las actitudes de los demás escenas que nos resulten familiares son en general el recordatorio más preciso de que estamos en casa. De ahí la razón por la cual la figura del extranjero desde siempre ha sido vista como un elemento invasor que no siempre inspira confianza.

Venir desde afuera a irrumpir en los círculos de una sociedad ha sido visto por varias culturas como un factor desagradable de peligro potencial y es por eso que en varios idiomas de países tradicionalmente conservadores y con familias de largas raíces la expresión “extranjero” es usada como un insulto. El categórico “gaijin” (外人) japonés, el moderado “laowai” (老外) chino, el radical “gwailo” (鬼佬 – Demonio extranjero) cantonés o el clásico “bárbaro” (para todo aquel que no hablara latín) que nos enseñaron en el colegio, son ejemplos perfectos de cómo inconscientes solemos rechazar lo diferente.

Pero hoy en día el mundo se encuentra quizás ante la más dura de las pruebas de aceptación y solidaridad que hayamos tenido que afrontar. La guerra perdida en Siria contra ISIS que lo hizo cruzar la línea invisible del estado fallido, su casi que inevitable contagio transfronterizo a Irak y la amenaza que se cierne sobre otros vecinos como Turquía, ha generado un tsunami de refugiados que tras haberlo perdido todo se lanzan en inciertas travesías hacia Europa con tal de salvar su vida, lo único que les queda. En estos raros tiempos, donde varias voces claman por construir muros entre países, llegó la hora de saber hasta dónde el planeta está dispuesto a deponer sus prejuicios y convivir con extranjeros.

Es bastante inviable que Colombia se llegue a ver en alguna de las comprometedoras situaciones de aceptación a regañadientes de migrantes que hoy atraviesan Alemania, Austria y la Comunidad Europea en pleno, pues nuestro país ya tiene suficientes desplazados olvidados como para venir  a sumar algunos miles más a sus cuentas por pagar. Aun así, la delicada contingencia que atravesamos con Venezuela nos ha permitido comprobar, como si de un experimento controlado se tratara, que empezar de nuevo es mucho más fácil si hay alguien que dé una mano, por austera que sea.

No ser de alguna parte es casi tan doloroso como estar muerto en vida, sin país ni nacionalidad no hay elementos comunes de dónde aferrarse y la zozobra de no contar con ningún doliente es de esos vacíos que realmente cuesta copar. Quizás es hora de ver a los inmigrantes más como el principio de una oportunidad que como aquellos bárbaros demonios extranjeros que no hablan latín.

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