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Columnistas
Nos están matando
Nos matan, las matan y hasta que no se haga algo, no les daremos la comodidad de nuestro silencio. 
Lunes, 15 de Febrero de 2021

630 feminicidios durante el 2020, este es el número arrojado por el Observatorio de Feminicidios Colombia que sustenta, junto con los 16 casos reportados en enero, la declaración de luto nacional de distintas organizaciones en el país. Nos están matando impunemente, los feminicidios aumentan, el Estado y la sociedad se congelan ante el exterminio de nuestras vidas, así que vayamos paso a paso, desde nuestro territorio de frontera, para acercarnos a este horror:

¿Quién nos mata? Acá la respuesta rápida es nuestras parejas o exparejas, lo cual es, en cierto grado, acertado, pues la lógica patriarcal sobre la posesión de nuestros cuerpos y vidas al interior de las relaciones afectivas es visto como algo normal e incluso deseado. No obstante, el incremento de muertes violentas en Cúcuta, su zona rural y área metropolitana vinculado al conflicto entre grupos armados (ilegales, transfronterizos y fuerzas castrenses del Estado) por el control de economías que mueven mucho dinero, como el narcotráfico, el contrabando y la trata de personas, debe ser nuestro centro de análisis. Esto no sólo porque desde el Observatorio hemos logrado identificar que los desconocidos y la fuerza pública son los principales agresores físicos de las mujeres, también porque tales dinámicas, relacionadas con la militarización y la visión del cuerpo de las mujeres como bastión de guerra, hace que las violencias implosionen al interior de los hogares.

¿A quién matan? Otra respuesta rápida (y construida desde el privilegio), es decir, “a todas”. Pero no, no es así, no matan a las connacionales que, acomodadamente, vivimos en las clases medias o altas de los centros urbanos, contamos con trabajos formalizados y protecciones estatales. Los feminicidios son contra las mujeres de las zonas rurales, donde ocurrieron más de la mitad de las muertes violentas el año pasado. Matan a las que trabajan en el sector informal o en las economías ilegales, a las que, por falta de interés estatal, les tocó trabajar como expendedoras de drogas, a las trocheras o las que cruzan las trochas diariamente, porque son migrantes pendulares que encuentran el Colombia la oportunidad del rebusque para llevar alimento a sus casas. A las mujeres que viven en La Parada y se despiertan diariamente con videos de masacres en esos pasos fronterizos y a las trabajadoras sexuales, transgénero y cisgénero, nacionales y venezolanas indocumentadas, asediadas por el abuso policial y las amenazas de desapariciones. 

¿Por qué nos matan? El conflicto y las economías ilegales, el control armado del territorio, el patriarcado, la falta de cooperación binacional en torno a la frontera, el clasismo y la xenofobia, trayectorias de marginación que se conectan y vuelven de nuestra ciudad un espacio letal para muchas. En últimas, los feminicidios ocurren porque hay vidas que importan menos, hay vidas que son erradicables, cuyo sacrificio transmite un mensaje de dominio para las mujeres y sus comunidades, pero no llega a los medios de comunicación y que vemos con indiferencia desde las posiciones de privilegio, si llegamos a enterarnos. 

¿Ya ven? La cifra es necesaria mas no suficiente para entender lo que nos quiere decir. Es, por ende, que amplificamos el llamado de declarar emergencia nacional por violencia machista en nuestra zona de frontera. 

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