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Palomitas de maíz

Las primeras palomitas que conocí.

Las primeras palomitas que conocí fueron las maracaiberas que mi mamá cuidaba en una jaula. Eran dos pajaritas que encontró pichoncitas abandonadas en un nido, en un árbol del solar de la casa. La mamá pájara no volvió al nido y mi mamá se condolió de los polluelos huérfanos. Les daba migas de arroz y agua en el pico, y las avecillas crecieron a nuestro lado. Mirringo, el gato, se relamía dando vueltas alrededor de la jaula, pero jamás pudo darse su banquete soñado. Eran unas palomitas marroncitas, que tenían un canto triste todas las mañanas. Tal vez a algunas de ellas se refirió José Eustasio Rivera cuando escribió aquello de : “Cantadora sencilla de una gran pesadumbre… acongoja las selvas con su blanda quejumbre…“   Un día mi mamá, cansada de su canto triste seguramente, les dejó abierta la jaula para que se escaparan, pero las palomitas salían y volvían.

(Esa figura me sirvió para que más tarde, estando yo en el colegio y dándomelas de poeta le escribiera a una muchacha: “Cansado de esperar otras auroras…, te dejo la puerta abierta para que tú te escapes…”   La condenilla se escapó. Y no regresó.)

Después vi palomitas blancas de cartulina en el pesebre de la iglesia. Serafín Bonilla, un sacristán de pueblo, cantor de misas y de gran imaginación, armaba pesebres movibles que hacían la delicia de nosotros los niños. Un día ideó a la virgen María en Nazareth tejiendo camisitas para su bebé que pronto nacería. Las palomitas iban y venían por un hilo invisible hacia María, llevándole motas de algodón. Con el tiempo, vi en la iglesia de san Antonio, en Cúcuta, un pesebre en movimiento como los que hacía en Las Mercedes aquel sacristán.

Pero las palomitas de verdad, vivas y blancas, que me llamaron la atención, mucho después, fueron las que revoloteaban al lado de la Virgen de Fátima. Fue una época en que la devoción a la Virgen de Coba de Iría se regó por todo el mundo. La Virgen les había hablado a los tres pastorcitos a quienes se les apareció, sobre el rezo del rosario para conseguir la paz mundial. Desde las épocas del diluvio las palomas han representado a la paz, de modo que le cancharon a la virgen de Fátima un nido de palomas y con la imagen se criaron blancas palomas, que las hijas de María se encargaban de alimentar.

Otro día, con el paso de los años, me enteré que a las crispetas de maíz tostado también las llamaban “palomitas”. Tal vez por la blancura. Tal vez por la forma redonda que tienen los pichones de paloma. Mi mamá compraba maíz pira y en el perol de tostar café, tostaba maíz y de cuando en cuando  comíamos maíz tostado. Sabroso. Pero no se llamaban “palomitas”.

Las modernas salas de cine de hoy, no sólo proyectan películas sino que su verdadero negocio consiste en vender “palomitas de maíz”. Nada mejor que ver cine con una mano sobre la novia y otra en las palomitas.

La semana pasada vine a saber –por la pluma del acucioso investigador Hugo Espinosa Dávila, que se las sabe todas y les pone ñapa- que se celebró el Día universal de las “palomitas de maíz”. No lo podía creer. Había un día en el calendario para festejar al maíz pira que mi mamá freía en el fogón de leña de mi infancia. Y entonces le rendí homenaje a mi mamá, Desideria Ardila, que, sin saberlo, siguió los pasos de Charles Cretors, que en 1885 creó en Chicago, una máquina para hacer “palomitas de maíz”.

 gusgomar@hotmail.com

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Martes, 24 de Enero de 2023

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