Pasteles de garbanzo en el cielo

Viernes, 4 de Diciembre de 2020
No recuerdo desde cuándo empecé a ir a La Dacha. 

No fui amigo de don Carlos Montañez, el dueño de La Dacha, y creo que ni siquiera lo conocí. Sin embargo, ahora que han mostrado su fotografía por watsap, pienso que tal vez lo había visto en su  negocio y seguramente nos habíamos saludado y hasta alguna sonrisa nos cruzaríamos, porque el tipo dizque era muy amable y dicharachero.  No fui su amigo, pero sí amiguísimo de los pasteles de garbanzo, famosos en todo el mundo por su sabor, su crocado,  por su forma y hasta por su magia y efectos amistosos.

No recuerdo desde cuándo empecé a ir a La Dacha. Ir los domingos a la vieja casona, de la avenida quinta con calle dieciséis, de Cúcuta, al medio día, a almorzar con un plato de mute y cuatro pasteles de garbanzo, se convirtió para mí en un rito obligatorio, casi igual a la misa dominical. 

De modo que yo esperaba ansioso los domingos: la misa para reencontrarme con Dios, después de una semana de veniales (no soy pecador de mortales, como muchos otros que conozco). El almuerzo en la Dacha, (de soltero, solo. Después, con la mujer y la chorrera de hijos), y más tarde al General Santander, cada quince días, a ver ganar a nuestro doblemente glorioso, que aunque perdiera siempre ganaba (“perder es  ganar un poco”).  

La Dacha quedaba en la esquina, pero en lo alto. Para llegar al altar de los comensales había que subir gradas como para subir a Cristo Rey. Un patio sombreado de árboles, corredores ladeados, techos de teja vieja cucuteña, y al fondo la cocina inmensa desde donde llegaba el sabor vuelto aroma del mute que hervía en ollas gigantes y el olor de los pasteles de garbanzo, le daban a uno la bienvenida.

Nunca se me ocurrió preguntar quién fue el autor de la receta de dichos pasteles, sólo me interesaba comerlos, degustarlos, saborearlos, ir con la familia, y si llegaban conocidos de otras ciudades, mi alegría era invitarlos a La Dacha, para disfrutar viéndoles su cara de satisfacción. Porque hasta donde mis antenas turísticas alcanzan, pasteles de garbanzo sólo se dan en Cúcuta. Me consta que en Bucaramanga y Bogotá no se consiguen. Ni en la Costa.  Un escritor, periodista y caricaturista de Valledupar, me dijo hace poco: Jodaa, y esa vaina qué e.

Pues esa vaina, mi estimado Edgardo, es una vianda eximia cucuteña, que tenemos para mostrar, lo mismo que el mute de los domingos y el toche de todos los días y la hayaca navideña. El pastel de garbanzo es orgullosamente cucuteño como lo fue  el caldo de venas, de la antigua pesa, que reponía energías, después de una noche donde La Sorda,   otro sitio típicamente cucuteño, según dicen.

Por cualquier motivo, La Dacha tuvo que irse de la esquina, metros arriba, por la calle dieciséis. Un día la casona amaneció cerrada. La gente llegaba, algunos con la olla en bolsas de plástico para el mute, ponía cara de extrañeza y luego de alegría, al mirar el aviso: “La Dacha se trasladó metros arriba”, y una flecha indicaba la ruta.

El mismo olor, el mismo aroma, los mismos pasteles, pero sin el patio y sin la frescura de los árboles. En cambio, en una pared larga y blanca, varias hileras de fotografías viejas y amarillentas nos recordaban a la vieja Cúcuta. Eran el orgullo del cucuteñísimo don Carlos.

Se fue. Cúcuta está triste. Pero el personal de arriba debe estar alegre. Seguramente en el cielo montará una sucursal de La Dacha cucuteña y los pondrá a todos a comer pasteles de garbanzo.

gusgomar@hotmail.com