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Recordar es vivir

Como si fueran pocos los males propios de la edad, un grupo de adultos mayores no se quejará solamente de sus enfermedades.

Uno de los placeres más suculentos que tenemos los seres humanos cuando ya pasamos cierta edad son los recuerdos de la juventud. Aquellos momentos placenteros que se vivieron en una época dorada, el primer amor, el nacimiento de los hijos, y muchos otros que se atesoran en la mente de cada uno de nosotros, fruto del esfuerzo de ir viviendo experiencias en el breve recorrido por este regalo de Dios llamado vida. Para la mayoría, hacernos viejos trae consigo una serie de quejas físicas, dolores, falta de sueño y la necesidad de cuidarnos de los excesos en la comida o el traguito, que antes no nos molestaba para nada. Sin embargo, todo esto forma parte de un periodo de adaptación o preparación para el viaje al “cielo”, que sin lugar a dudas, nos espera a todos. De manera que nos aferramos a ese pasado y, al rebobinar en la máquina del tiempo de nuestra mente podemos esbozar alguna sonrisa, porque aunque no nos haya ido tan bien en la vida, si buscamos con cuidado encontraremos entretenidos y placenteros momentos. 

No obstante, y desafortunadamente, esto no será así para todos. 

Como si fueran pocos los males propios de la edad, un grupo de adultos mayores no se quejará solamente de sus enfermedades, sino que también comenzará a olvidar los sucesos cotidianos, porque una patología vendrá a robarle sus recuerdos, primero los del día a día, y posteriormente los del mes, el año y su juventud, hasta el punto de no reconocer a sus seres queridos, de no saber quiénes son su esposa ni sus hijos. 

Aproximadamente 55 millones de personas sufren de esta demencia, llamada enfermedad de Alzheimer, un ladrón de recuerdos que es degenerativo, progresivo e incurable. Los pacientes comienzan a volverse como niños y al final dependen del cuidado permanente de su familia. La principal alteración ocurre en la memoria, pero no es lo único que se afecta en su cerebro, por lo que aparecen alteraciones de conducta, del sueño, alucinaciones, delirios, etc. Definitivamente, necesitan a alguien que esté permanentemente con ellos, para que no se hagan daño o sean víctimas de algún accidente.

Es aquí donde inicia la verdadera relación afectiva entre el paciente y su familia, a algunos les estorbará y empezarán las discusiones sobre quién debe cuidarlo. Otros en cambio, se abocarán a los recuerdos de tiempos pasados que fueron mejores, y devolverán los mismos cuidados que les propiciaron cuando eran niños, cambiándoles el pañal y dándoles de comer en la boca. La tarea no es fácil y hay que llenarse de paciencia y tolerancia, pero sobre todo de mucho amor y cariño.

El paciente sufre, y los familiares también. Solo quedan aquellos recuerdos de quien fue una persona activa, alegre, trabajadora, inteligente y sobre todo presente, pero que se ha ido de alguna manera, y continúa haciéndolo cada día. Esto es algo sumamente frustrante y doloroso para los hijos.

Existen algunos tratamientos que actúan retrasando el proceso demencial y eso da la oportunidad a la familia de tenerles por más tiempo antes del empeoramiento definitivo, pero la enfermedad sigue su curso inclemente e imparable.

Llega un momento en que los cuidadores deben solicitar ayuda psicológica, el trabajo es sumamente agotador y, cuando es posible, se debe dividir entre varias personas, sin embargo, nadie tiene la culpa, ya que, el afectado no es consciente de lo que hace, solo que no es capaz de fijar en su memoria lo que se le acaba de decir, su cuerpo está aquí, pero no recuerda, y lamentablemente en estos casos, recordar es vivir.

Lunes, 4 de Diciembre de 2023
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