Escuchar este artículo

Sabiduría inmigrante

Domingo, 2 de Octubre de 2016
El origen de la sabiduría es un misterio.

La sabiduría cabía en un instante de silencio, o en la cuna de la mano que acariciaba el viento, o en cualquiera de las magnas ocasiones que se tienen de comunicarse con el destino. Uno sólo dejaba fluir un modelo de fe interior, auténtica,  que lo pudiera lanzar a la existencia para ser cada vez mejor.

El origen de la sabiduría es un misterio. Incluso, es posible que en la semántica haya cambiado, también, su significado. De manera que para los idealistas resulta mejor remontarnos a esa noción de refugio íntimo que era una especie de esperanza que se acariciaba en la intimidad. (Porque, ahora, la sabiduría representa otras cosas que no son sino variaciones de un concepto demasiado superficial y triste de la vida).

¿Cómo encontrar el camino de retorno? Hay que volverla canción, o un renglón constante de recuerdos, dar bienvenida al sol de la mañana, consentir las matas: en fin abrazarse a la vida. Porque se ha vuelto esquiva; claro, se ha anudado en sí misma para evadir nuestra pobreza de mortales y la vana noción que tenemos de la felicidad. Únicamente cuando aprecia el eco sensible de los seres humanos y escucha palabras y deseos sanos, despojados de odio y envidia, se decide a deslizarse tenuemente por la inteligencia y activar los fundamentos del criterio y la verdadera personalidad: la conjugación entre mente, corazón y materia, coincidentes en el territorio de la madurez.

Y hay que volverla luz, para que ilumine ese pequeñito espacio del alma, con el tiempo de la luna y las estrellas, con las nubes que caben en una sola gota tibia de agua, se pegan a la ventana del alma y se llaman nostalgia-de la buena-.

Canción y luz se tejen en los días, se aparecen como soledad, como silencio, para insinuarnos que la savia de la sabiduría ahonda los sueños y los hace huerta para que, en ellos, se cultive la verdad interior, en una transparencia que deje filtrar nuestros viejos anhelos de niños.