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Se solicita presidente

Damos nuestra opinión y el trabajo se le otorga al que obtiene el mayor número, pero, en ese momento ocurre en nuestras mentes un fenómeno psicológico inaudito, el empleado se transforma en jefe.

Muy pocas veces opino sobre política y, cuando lo hago, me expreso como cualquier ciudadano común y corriente, tratando de conservar mi autonomía y el sentido común de las cosas. Esto se debe a que la política no debe ser tan sencilla, y además, llega a estar considerada por muchos como una ciencia; de ahí que se ofertan carreras en “ciencias políticas”, aun cuando no parece seguir el método científico por ningún lado.  

Al final, todo se resume en dos etapas, tratar de ocupar el cargo y luego, ejercerlo. Dos momentos que no tienen nada que ver uno con el otro. En Colombia se elige un presidente cada 4 años, y son varias las personas que intentan ocupar ese trabajo. Así qué, sin exagerar, se podría comparar a una oferta de empleo como cualquier otra, solo que quienes lo vamos a contratar somos todos los colombianos, y es aquí donde entra en juego la psicología, porque la hoja de vida del aspirante pareciera perder importancia ante otros valores, como la emocionalidad, las promesas, los sueños, fantasías y hasta la rabia.

La conducta humana tiende a ser extraña y, los electores, es decir, quienes vamos a contratar al presidente, nos vamos identificando con él, y nos desentendemos del bien común. Los ciudadanos comenzamos a entregar nuestra autonomía a quienes hacen la mejor oferta, o mejor dicho a quienes les dicen lo que ellos desean oír, “embrujándose” con los personajes y olvidando por completo que cada uno de nosotros representa algo así como un director de “talento humano” de una empresa llamada Colombia y que, debemos escoger al mejor pretendiente.

Damos nuestra opinión y el trabajo se le otorga al que obtiene el mayor número, pero, en ese momento ocurre en nuestras mentes un fenómeno psicológico inaudito, el empleado se transforma en jefe. Los electores consideran que también han ganado, salen a la calle a celebrar, cantan y ríen, aun cuando el nuevo presidente no sepa de su existencia. Todo se asemeja a que han ganado una apuesta o una lotería y que han triunfado sobre el vecino, que quería contratar a otro.

Con el tiempo y como era de esperar, muchas de esas promesas no pueden ser cumplidas, y sea quien sea el ganador, debe tomar decisiones diferentes a las que propuso, esto es completamente normal, pero sus simpatizantes no se lo reclaman.

Veámoslo de la siguiente manera, si Usted contrata a alguien que le promete llegar al trabajo a las 8 y siempre llega a las 9, hay que hacérselo ver, pues en eso no fue que quedaron al principio. Sin embargo, en la psicología de la política no ocurre exactamente así, sino más bien, el simpatizante lo apoya en todo, no le reclama, no le pide resultados y lo justifica siempre. ¿Acaso no debería ser éste quien primero le exija cuentas? y decirle algo así como: “oiga, yo voté por usted porque me dijo que haría tal o cual cosa, y ahora hace lo contrario, eso no me está gustando”. Pero generalmente no actuamos de esa manera, sino que, discutimos con los demás y expresamos tonterías como “es que los opositores no lo dejan trabajar”, demostrando una pérdida total de la imparcialidad y objetividad.

Nuestro sistema democrático ha demostrado ser uno de los más funcionales, y todos los que ocupan cargos públicos merecen respeto, un buen trato y nada de insultos, pero en caso de reclamos, los primeros del frente deberían ser los que lo escogieron, porque de los otros ya se sabe que no lo querían, sencillo ¿verdad?

Viernes, 4 de Agosto de 2023
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