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Vendedora de luces

Sábado, 2 de Enero de 2016
Un recorrido por San Andresito en Cúcuta, en temporada navideña.

Recorriendo el bullicioso y congestionado sector de San Andresito, como suele llamársele a la franja comercial ubicada en la avenida sexta entre calles octava y novena, una oleada de compradores y vendedores circundan todo el entorno del espacio exterior, como si se tratara de una procesión incontenible de hormigas, dispuestas a recoger, para luego conducir a su cueva, todo vestigio de diminutos trozos de hojas o verduscos, que habrán de almacenar en primavera, como aprovisionamiento anticipado de la inclemente estación de verano.

Cientos de hombres y mujeres se cruzan entre sí, tras el deseo de sus aprontes navideños y una infinidad de paquetes y cajas brotan, sin detenerse un solo segundo, por entre las apretujadas puertas de los almacenes, como si se  tratara de ganarle la partida a un malvado e intransigente reloj, que pretende decretarle al niño Dios un límite de horario, luego del cual, ni un indefenso payaso de cuerda puede volver a sonreír. Algo así, como si de repente una desalmada hora zanahoria pretendiera impedirle a los niños embriagarse de juguetes en la maravillosa noche de navidad.

Pero en medio de la bulliciosa alegría de quienes están a punto de comprar sus regalos, se observa, en las mejillas de los vendedores ambulantes, una desbordante sensación de entusiasmo.

Gritan y anuncian sus mercancías, como si estuvieran entonando villancicos y se mueven y contorsionan al compás de los aparatos de sonido  que promocionan.

Doblegada, frente a una incipiente caseta de comestibles, una anciana permanece con la cabeza baja y las luces de bengala levantadas, tratando de guarecerse de la lluvia, bajo la sombra de un paraguas recostado a su endeble y frágil estructura.

Sus dos rodillas como dos estacones, sus ojos inmóviles y sus manos completamente inexpresivas.

Quienes la ven allí pasan de largo, sin detenerse en sus luces de bengala.

Tal  vez, porque de entrada se imaginan que no habrán de encenderse el veinticuatro, porque de tanto juntarse con la anciana, las bengalas murieron de tristeza, extinguiendo su luz bajo sus lágrimas.

Al ver que su negocio se ha truncado, resignada suspira entre sollozos, mientras la brisa golpea tras el paraguas, como una extraña visita inadvertida, deseosa de hacerle compañía.

Por las tardes, cuando declina el bullicio de las gentes, la anciana se levanta del lugar donde ha permanecido acurrucada. Sin mirar a los lados emprenderá camino a su vivienda con su carga de luces de bengala, que habrán de acompañarla entre las sombras, mientras enciende despacio los recuerdos, evitando trasnochar su mercancía, para que solo despierte en la inocencia del fósforo de un chicuelo en noche buena.

Más un contraste ha de presentarse alrededor de la vela chispeante. Mientras disfruta el corazón de un niño, mil carcajadas de luces de bengala, una mueca de tristeza se vislumbra en el desencajado gesto taciturno. Es que se nota al mirarla muy de cerca, que hoy con vida la anciana permanece, porque aferrada a la luz de una bengala, su alma decadente se sostiene, aún contra la voluntad de los escombros, en su agónico cuerpo que se dobla.

Aún así agachada y silenciosa, sigue la anciana vendiendo risotadas, que han de estallar en las manos de los niños, alrededor del pesebre navideño, como si fueran cuentos infantiles, con millones de estrellas en sus fábulas, chispeando a las doce de la noche, bajo un coro luminoso de luciérnagas, que han de venir a cantarle al niño Dios.