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Y ahora, el padre

Miércoles, 15 de Junio de 2016
El próximo domingo los padres, los papás, los “pa”, los papasotes y los papacitos estaremos celebrando nuestro día.

Ya era justo. Después del Día de la Mujer y de la fiesta de la madre, lo lógico es que a los sufridos padres se les rinda también su merecidísimo homenaje. Sucedió tarde, hay que decirlo a calzón quitao, pero algo es algo, pior es nada.

Me explico: A las madres les dedicaron un día desde hace muchísimos años. En cambio, de los padres nadie se acordaba, solo hasta hace muy poco. Y yo me pregunto: ¿Por qué esa odiosa discriminación?

¿Acaso el aporte del padre para la procreación es cualquier cosa? ¿No es el padre el que conquista, el que propone, al que le toca la labor de convencimiento a la mujer? Cierto que algunas también proponen, pero eso es en los tiempos modernos.

¿No es el padre el que tiene que saltar matones para que a la madre nada le falte durante el embarazo? ¿No es al padre al que demandan en Bienestar Familiar?

Las madres –con el respeto y el amor que me merecen- se dedican a echar barriga y a comer de todo lo que se les antoje (los famosos antojos), mientras al padre le toca el camello de satisfacer tales –y a veces extravagantes-antojos.

¿No se dan casos de padres a quienes el embarazo de sus mujeres también les pega duro con vómitos y mareos y malestares y ganas de no trabajar, pero les toca salirle al astro porque para ellos no hay incapacidades, ni dietas, ni descanso con los pies en alto?

No se conoce en la historia de la humanidad una mujer que haya dado un hijo sin el aporte de un hombre, excepción sagrada de María, que no conoció varón alguno para quedar embarazada del Altísimo, pero es que ese es otro cuento. ¿Por qué, entonces, todo para ellas y nada para él?

Afortunadamente, alguien se propuso reparar tal injusticia y, con el apoyo de Fenalco, logró que también al padre se le dedicara un día, un solo día del año, para consentirlo y decirle papachongo y renovarle la existencia de calzoncillos, medias y pañuelos.

De modo que, sin serenatas, sin almuerzo multifamiliar, sin flores y sin rumba hasta la madrugada, el próximo domingo los padres, los papás, los “pa”, los papasotes y los papacitos estaremos celebrando nuestro día. Digo mal. Estaremos esperando que nos lo celebren, que nos retribuyan, aunque sea en parte, nuestros sacrificios de padres ejemplares.

Desde el Padre eterno, a quien las once mil le tendrán organizado un coro de jijuemil voces, hasta mi paisano el padre Julio, y mi amigo el padre Antonio, y mi compañero de Academia, el padre Eloy, y mi tocayo el padre carmelita descalzo Gustavo, y los papás y los padrastros (los de verdad, no los de las uñas), y los padres putativos y los padres desconocidos, todos estaremos a la espera de las congratulaciones, los abrazos y los besos, los detalles y los presentes  y los pasados.

Con eso nos basta. No pedimos mucho. Con una manifestación de cariño (de Unicentro o del Ventura, por ejemplo) tenemos. No somos interesados. Ya estamos acostumbrados a darlo todo, a poner, a sufrir en silencio, a seguir con nuestra cruz a cuestas, sin que nadie se apiade de nosotros.

Y no es por lloriqueos, ni por dárnoslas de mártires, pero padre también sólo hay uno.  Aunque a veces, muchas veces, seamos unas madres.  Feliz día, sufridos colegas padres.