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Cementerio Municipal de Cúcuta cambia de director tras 29 años

Jueves, 31 de Octubre de 2019
Guillermo González Amarilla dice temerle más a los vivos que a los muertos, porque esos sí hacen daño.

Guillermo González Amarilla, más conocido en la ciudad por su segundo apellido, completó 29 años viviendo entre tumbas y entierros. Es el hombre orquesta del Cementerio Municipal y por ello dice con total tranquilidad que la muerte es lo que menos le preocupa, y del miedo a los muertos, asegura que les teme más a los vivos porque esos sí hacen daño.

Escuchar hablar a Amarilla es reconstruir la historia de los difuntos de los últimos 29 años en una ciudad que vivió momentos oscuros por la guerra de guerrillas y paramilitares. Una ciudad que no se ha cansado de llorar a sus muertos caídos por las balas asesinas. Este año ya se completan 165.

Cuando se llega al Cementerio Municipal, en la parte alta del barrio San José, es fácil identificar a Amarilla. Mide 1.95 metros, tez blanca y cabeza calva. Su voz se escucha a través de un megáfono que usa para alertar que se aproxima un difunto al camposanto, para dar órdenes a sus subalternos, o simplemente para llamar la atención a quien esté infringiendo las normas en el interior del cementerio.

El reglamento que dicta las normas y el comportamiento de los que ingresan a visitar a sus difuntos, es de su autoría. En él está vetada la entrada a hombres con cachucha o en pantaloneta, y a mujeres con minifaldas o escotes profundos.

Pero también está prohibido fumar marihuana o bazuco. Dice que hay gente que por la tranquilidad y soledad del cementerio se atreve a ingresar a fumarse su tabaco de yerba. A esos que se atreven a violar el reglamento los expulsa a punta de megáfono y los expone al escarnio público. Si se ponen altaneros les echa la policía. “La gente tiene que aprender a respetar, porque esto no es un circo, el cementerio es un lugar santo”, expresa.

En el archivo que lleva desde el primer día que asumió en el cementerio, cuando el alcalde de la época, Jairo Slebi Medina, lo nombró administrador, Amarilla asegura que dos días han pasado en los últimos 29 años que no han ingresado entierros. De resto, se reciben en promedio 135 al mes.

Nació en Aguadas, Caldas, pero muy temprano sus padres lo llevaron a vivir a Manizales, desde donde luego fue traído a Cúcuta cuando apenas tenía 13 años. Tenía la intención de pasar a Venezuela, pero se quedó sembrado acá y nunca más se fue. 

Relata que al principio fue duro porque se dedicó a ser vendedor ambulante y a lavar carros. También trabajó en la calle 12 como arrastrador (de clientes), y una noche, llegando al hospedaje donde pagaba un peso por dormir fue despojado de sus zapatos por ladrones.

Pero en mente estaba que quería ser alguien importante en esta tierra que lo recibió. Como le gustaba ayudar al necesitado, se metió a la junta de acción comunal del barrio San José, y en corto tiempo se convirtió en presidente, desde donde fue artífice de gestas en favor de los más pobres por espacio de 15 años.

Tras su nombramiento como administrador, Amarilla se encontró con un cementerio hecho ruinas, sin iluminación y sin celador, por lo que debía irse a dormir en una pieza al lado del anfiteatro para impedir que entraran ladrones a robarse las lápidas y a profanar tumbas.

Ha convivido con la muerte, ha sido testigo de duelos con familias destrozadas, ha visto matar gente en la puerta del cementerio, ha visto entierros de todos los estilos, como el de un sicario al que le cantaron con mariachis dos días seguidos en su tumba. Pero también ha sido testigo de los mitos que se han construido alrededor de tumbas consideradas milagrosas, como la de Fabio Isaza, un ladrón apodado El Mico, que se dedicó a quitarles a los ricos para llevarles a los pobres. O la de Antonio Yáñez, un hombre que se inmortalizó porque murió quemado por su suegra. 

Amarilla conoce a la perfección el ritual de la muerte, en algunos casos desgarrador y crudo. Contó entre risas el caso del marido que tenía tres esposas y el día de su entierro casi se agarran de las mechas las viudas. “Me tocó pararme en la raya ese día, pero para qué este espectáculo, al otro día de sepultado nadie más se volvió a acercar por el cementerio, el difunto quedó en el más completo abandono.

Al igual que los NN, de los cuales asegura que hay unos 600 en fosas comunes en el cementerio, porque nadie fue a reclamarlos.

Amarilla consiguió que la alcaldía de Cúcuta se interesara en la construcción del Parque de la Vida que colinda con el cementerio, así como de la remodelación de la fachada.

Vive agradecido con algunos alcaldes que le ayudaron a levantar el camposanto de entre las ruinas, como Guillermo Mora, Ramiro Suárez, María Eugenia Riascos, pero el que más le ayudó, porque construyó el parque que luchó por más de veinte años, y el  que está reparando la fachada y construye la morgue, fue César Rojas.

Pero no solo dedicó los 29 años al servicio del cementerio, Amarilla es uno de los filántropos más reconocidos de la ciudad. Para él son tan importantes las necesidades de los vivos como las de los muertos. Por eso, con las ofrendas costea parte del mantenimiento del camposanto, arma mercados para regalar, compra sillas de ruedas que luego remoza para dárselas a discapacitados y celebra el Día de la Madre, el Día del Padre y la Navidad con los viejitos del ancianato, los presos y los más desamparados

Hoy, durante la celebración del Día de las ánimas aprovechará para entregarle las llaves del cementerio al alcalde César Rojas. Será su último día de servicio a este camposanto. Aprovechará también para decirle al mandatario que el cementerio tiene que cerrarse y construirse uno nuevo, porque no le caben más muertos. Dios no quiera se presente un terremoto, y a dónde llevamos los cadáveres, dice.

De su paso por el cementerio asegura que fueron más los problemas que las cosas buenas que le quedan. A mí no se me bajaba de marica, y yo no soy gay. Soy un macho donde me pongan. Tampoco soy ladrón, me voy con la frente en alto, dice.

Amarilla tiene claro cómo será su final por este mundo. La muerte es inexorable, dice, por eso tiene pago un seguro funerario. “Yo me muero y quienes conviven en mi casa ya saben las instrucciones: si muero de muerte natural, recogen mi cuerpo, me llevan a cremar y ponen las cenizas en el cementerio, al aire libre, y ahí les quedan tres millones de pesos para que jarten y digan ¡por fin se fue ese hijueputa! (risas)”.

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