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Músicos venezolanos dan brillo a la fuente luminosa

Martes, 19 de Junio de 2018
Los semáforos son el escenario de las brevísimas interpretaciones de los músicos profesionales.

En medio del triángulo que forman la avenida cero, la diagonal Santander y la calle octava se resguarda la fuente luminosa, cuyo pequeño parque rodeado de árboles ampara los nuevos sonidos que se escuchan en los semáforos de la zona, a cargo de grupos formados por unos 25 músicos venezolanos.

Cada día, recorren el perímetro que bordea el centro comercial Ventura Plaza, entre las calles 9, 10, y la diagonal, pero el punto de encuentro siempre es la fuente. 

Se detienen junto a los buses, sin encaramarse, y otros aprovechan los vidrios abajo, para una breve serenata que dura lo que tarden las luces: un corito de Carlos Vives, o el clásico Egoísmo, de Reynaldo Armas: “En silencio…He sufrido tantas penas…”

“Ha sido un trabajo de recorrer las calles, ver cuáles semáforos sirven, cronometrar”, relata Alejandro Medina, un espontáneo músico al que le faltaban dos semestres para graduarse, y cuya familia tal vez se pregunte dónde anda, porque hace tres meses dijo “ya vuelvo”, bromea.

Desde entonces, encontró en la fuente un manantial de goce y ritmos como salsa, reggae, balada, ranchera, pop, llanera, que son los favoritos de los cucuteños y por los que no niegan una ayuda monetaria, en especial, con el talento y formación indiscutibles de los jóvenes.

Basta ver a Darwin Carpio, que suma 17 años tocando la guitarra y tiene estudios de formación vocal; a José Luis Medina, maestro flautista y docente del conservatorio y el sistema de orquestas de Caracas; a Isaac Coronado, a quien sus compañeros referencian como “el mejor cuatrista”; o a David Cardozo, cantante formado hasta el nivel B del sistema de orquestas venezolano, dispuesto a ofrecer talento en estas calurosas esquinas.

También está Edwin Morles, estudiante de música a quien le restaban cuatro semestres para culminar la carrera, pero ahora además de componer, impacta con su voz en baladas, rancheras, y música cristiana.

Ellos, y muchos más, conforman los ‘trabuquitos’, que según Medina se resumen en grupos de “los mejores, los titanes” del conocimiento musical, perfeccionistas, entregados a hacer lo que les gusta, sin defensa para las respuestas negativas, o para los oídos sordos.

En los trabucos, se incluyen también músicos empíricos, raperos, e improvisadores que sin haberse graduado, “son de calidad”.

“Si él no sabe, otro le enseña, y ahí está el trabuco”, dice Medina. “Unimos los poderes y somos súper poderosos”.

En la noche, durante la hora pico, cuatros, maracas, guitarras y voces siguen su curso, aunque discretamente se ven forzados a desaparecer cuando un raponero asalta a cualquier persona distraída, y cabizbajos se mueven para evitar que los culpen. 

Eso sí, nadie sabe la historia de los colombianos que le robaron a uno de ellos ropa y guitarra, y durante tres meses estuvo casi en la indigencia, hasta que su hermana lo auxilió y le envió un millón de bolívares, con los que compró instrumento.

Los hijos y nietos de las vendedoras ambulantes también disfrutan de la música, y piden su canción.

Sonríen, se reconocen en un abrazo, y a capela se oye: “Jesús está ahí, dentro de tu corazón…”, con cuatro y una vocecilla infantil.

Unos pasos más adelante, se prende un cigarrillo; los malabaristas conversan; un bailarín imita a Michael Jackson, y los patrulleros de la Policía hacen ronda, una, dos, tres veces, como esperando cazar algo, pero la música no cesa.

Y suena la quinta

Emanuel Bastidas, violinista desde hace 15 años y exdirector de orquestas en Venezuela, está desde hace dos meses en Cúcuta, con su compañero Narciso Díaz, cuatrista profesional, quien inició su carrera a los 10 años de edad.

Sus notas resaltan en la entrada del extinto almacén Tía, sobre la avenida quinta, con boleros, tangos, jazz, folclor venezolano, cuya diferencia, dicen, marca la pauta para que la gente los acoja más.

Bastidas estudió en Barquisimeto, y como maestro dejó varias decenas de alumnos, de los cuales hasta encontró a una joven que da clases en Cúcuta.

“El cucuteño ha sido muy receptivo y no nos ha ido mal”, dice, pese a la decisión “visceral, de un día para otro” de salir de su país, aunque valió la pena. 

Ha sido una adaptación bien bonita, y nos han pedido que nos aprendamos Brisas del Pamplonita”, cuenta Díaz. “Nos ponen tarea, y la gente va pidiendo La Gata Golosa, y otros temas”.

Hecha la labor, suena la música tradicional, porque “primero, la música de Cúcuta, la música folclórica, porque cuando tú la apoyas está en el corazón, y luego sentirás cualquier arte en el corazón”.

Violinista y cuatrista cierran los ojos mientras los transeúntes distraídos con sus celulares se detienen, tal vez porque “la música, la vibración, tiene esa característica”, dice Díaz, y no falta quién pida una clase particular.

Así, las armonías se toman las calles de la ciudad, con jóvenes talentos que se destacan por su educación y pasión, en una huida que no es fácil pero con música se hace más liviana, y menos arrítmica.

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