Madres de Soacha reviven el falso positivo que las mató en vida

Domingo, 13 de Abril de 2014
~ Las madres de Soacha vinieron a reconciliarse con Ocaña, aunque aseguran que jamás perdonarán a los verdugos de sus hijos, unos inocentes que fueron tildados de guerrilleros y a los que presumieron haber dado de baja en combate.~
~Este es el jardín a la memoria que inauguraron las madres de Soacha, en Ocaña. (Foto Javier Saravia/ La Opinión)Las madres de Soacha vinieron a reconciliarse con Ocaña, aunque aseguran que jamás perdonarán a los verdugos de sus hijos, unos inocentes que fueron tildados de guerrilleros y a los que presumieron haber dado de baja en combate.~

javier.sarabia@laopinion.com.co


Vestidas de blanco, con pancartas en cuyas lonas estaban tatuadas las fotos de sus hijos, escalaron un empinado cerro para llegar a Las Liscas, la vereda donde aparecieron masacrados sus hijos, en septiembre de 2008.

El reencuentro con el crudo horror dibujó en sus rostros un semblante de tristeza, quizá, como sintiendo que las esquirlas de la guerra penetraban brutalmente en la memoria, reviviendo los momentos más dolorosos de su existencia, que aún no se han podido ocultar.

Desconsoladas recorrieron el áspero suelo de Las Liscas, un terreno arcilloso inundado de cruces de metal, invadidas por la corrosión.

A ellas, las adoloridas madres de Soacha, se les perdió el brillo de sus ojos, ese que quedó sumido en un agujero negro o que se fue al más allá con sus hijos. Los jóvenes que un día desaparecieron de sus casas en el centro del país y terminaron en fosas comunes en Ocaña, acusados de ser guerrilleros dados de baja en combate, en un episodio que pasó a llamarse ‘falsos positivos’.

El hecho, que desató un escándalo en las Fuerzas Armadas y el rechazo de todo un país, sigue en la impunidad. Así lo afirman cuatro de ellas que visitaron Ocaña para reconciliarse con los habitantes de esa provincia y para recordar que siguen esperando justicia y que no perdonan a los verdugos de sus hijos.

El terreno donde fueron hallados los cuerpos sin vida, fue cubierto con una gigantesca bandera de Colombia, con las rosas blancas de la paz y pétalos rojos que representaron la sangre inocente que se derramó.

Las madres aprovecharon el Día Nacional de la Memoria y la Solidaridad con las Víctimas, para aceptar la invitación de la Universidad Francisco de Paula Santander. Unidas inauguraron en el sitio de la tragedia, un jardín en homenaje a las víctimas.

Para darle un cambio al aspecto sombrío y tenebroso del cerro Las Liscas, estas valerosas mujeres se untaron de tierra y cavaron huecos para plantar árboles nativos de la zona.

Para ellas, los árboles crecerán y estarán más cerca del cielo y las raíces socavarán el terreno para plagar de vitalidad el putrefacto suelo.

Seis años después de la tragedia, ellas sacan fuerzas para contar cómo han sobrevivido y los recuerdos que dejaron sus hijos.

Se quedó sin techo

Carmenza Gómez Romero, madre de Víctor Fernando Romero, asegura que la mataron en vida y por poco se desmaya en Ocaña al recordar que a su hijo lo torturaron y que al menor de la casa, Jhon, también lo asesinaron por  investigar la muerte de Víctor.

Ella vive en arriendo en Soacha y dice que nadie le quiere alquilar una habitación, por las amenazas de muerte que constantemente recibe.

“El último día que vi a Víctor estaba muy contento, me dio un beso y me dijo que estaba ilusionado con un trabajo para poder ayudarme a mejorar las condiciones de vida”.

Carmenza dice que han sido seis años de tristeza y de lucha una lucha incesante contra el Estado que se convirtió en su enemigo más poderoso.

“Las investigaciones no dan resultados y los crímenes siguen en la impunidad”, dijo.

Mortal sueño

María Sanabria de Valencia, madre de Estiven Valencia, asesinado a los 16 años, dice que a veces cree que su hijo está manejando la buseta con la que trabajaba.

Sin embargo, cuando sus pensamientos dejan de divagar y la realidad le habla al oído, recuerda aquel mortal sueño en el que días antes de saber de la masacre, vio como su hijo jugaba en el patio y mientras iba a prepararle un tetero los dientes le crecían y él le pedía que escarbara para encontrar los huesos de un pajarito.

“Hoy que siembro este árbol recuerdo que la tierra del sueño es del mismo color a la que dará su sustancia para hacer crecer esta planta. Ese mortal sueño era una premonición y no pude hacer nada para evitar el fatídico hecho”, sostuvo.

María dice que muchas personas le aconsejan que desista de pedir justicia y a ellas les responde que a su hijo no se lo ganó en una rifa y que el dolor de una madre no tiene comparación.

Árbol de la vida

Blanca Monroy, madre de Julián Oviedo Monroy, intenta cubrirse las canas que se aceleraron en estos seis años con tinte. Sin embargo, ellas se resisten a ocultarse y se convierten en su principal muestra de dolor.

Al plantar el árbol, elevó su mirada al cielo y dijo: esto simboliza la vida de mi hijo, un inocente que murió por la avaricia de la humanidad. Para ella, las medallas y ascensos que quizá, buscaban los militares, no son más que el reflejo de una sociedad individualista donde solo importa el bien de unos pocos.

Lo último que recuerda de su hijo eran las bromas que le hacía antes de salir de la casa y los cuentos asombrosos que le echaba cuando la luna se asomaba y lo traía de vuelta a casa.

De las investigaciones dice que avanzan a paso de tortuga y que se reiniciarán el 9 de junio. “Todo sigue en la impunidad”.

Condena que no devuelve la vida

Luz Marina Bernal, madre de Fair Leonardo Porras Bernal, joven que padecía discapacidad cerebral, dice que en los reportes de los militares su hijo aparece como muerto en combate y reseñado como el cabecilla de una banda criminal.

Esa información la dejó atónita y aún no se explica cómo un joven que no sabía leer ni escribir y no reconocía el dinero, pudo ser acusado de semejante delito.

Luz Marina es la única madre que ha logrado que la justicia reconociera tal aberración. Las investigaciones comprobaron lo afirmado por la madre y el coronel Wilson Quijano, junto a seis militares más, fueron condenados a 51 años de prisión por el falso positivo.

El caso fue calificado como un delito de lesa humanidad. “Como yo, las otras madres necesitan que las muertes no queden en el olvido”.

Luz Marina recuerda que desde antes de nacer su hijo sufría. Estando en embarazo un carro la atropelló y el golpe afectó al feto y el bebé nació con la discapacidad.

“En el pueblo era muy querido y recuerdo que mi plan favorito era mandarlo a hacer mandados. Se iba feliz dando brincos y yo me quedaba recostada a la puerta de madera viéndolo y dándole gracias a Dios por su existir”.