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Sábado, 14 Marzo 2020 - 1:00am

Una tarde de tertulia en el 42

Las noticias que se comentaban en Cúcuta giraban en torno a la guerra que se libraba en Europa.

En los primeros años de la década de los cuarenta, las noticias que se comentaban en la apacible Cúcuta, giraban en torno a la guerra que se libraba en el viejo continente. Sin embargo, los sucesos nacionales o regionales seguían siendo del interés del común de los mortales residentes de la ciudad y para ello, lo más interesante se comentaba en los salones de los grandes cafés que para el momento eran los sitios donde, digamos que la población culta, se reunía. Esos lugares de reunión eran más bien tertuliaderos, donde se convocaban para hablar, durante horas, alrededor de un tinto y un vaso de agua, razón para que muchos de éstos tuvieran que cerrar ante la inminente quiebra, debido a los pocos ingresos que esta tan agradable actividad le generaba al negocio. Así fueron desapareciendo el Rialto, el Astoria, años más tarde, el Centenario, el Cordobés y la Araña de Oro de la avenida quinta.

Para esta ocasión, en la crónica de hoy vamos a reproducir una tarde de tertulia en alguno de los sitios de moda de 1942.

Reunido con algunos de sus amigos y colegas, el doctor Pablo E. Casas, reconocido médico cucuteño de la época, iniciaba sus comentarios haciendo referencia a las novedades que se venían produciendo en la recientemente inaugurada cárcel de Cúcuta. “… fui médico durante algún tiempo de los penados en el viejo y antihigiénico edificio, y nuestra observación diaria, por aquellos contornos,  nos enseñó que en la dirección de ese establecimiento  predominaba el empirismo, seres olvidados de la sociedad, en promiscuidad inmunda, sin higiene, sin ningún consuelo espiritual y sin ninguna comodidad material, más parecido a una manada de cerdos que un conglomerado humano”, y agregaba que hacía falta allí un hombre que estuviera dotado de cultura, con una mejor comprensión de los problemas sociales y que enfocara las actividades de ese centro de reclusión hacia las actividades que verdaderamente sirvieran para transformar al recluso en personas de bien para la sociedad. Con esta introducción, el doctor Casas pretendía ilustrar a sus contertulios sobre la novedad que constituía para la ciudad la apertura de una nueva cárcel, el traslado de sus internos, pero más importante aún, el nombramiento y las actividades emprendidas por el nuevo director, Luis Alberto Villalobos, de quien afirmaba con orgullo, era “un hombre cultivado en la lectura de libros instructivos, conocedor de la psicología del hombre desde niño, y de sentimientos cristianos” y por estas mismas razones comprendió que a los castigados había que llevarles, junto con el sustento del cuerpo, el alimento espiritual, base de una mejor resignación en la larga y dura prueba del presidio. El nuevo director, le explicaba el doctor Casas a su audiencia,  estableció allí una biblioteca, programó conferencias culturales  y espectáculos selectos que estuvieran al alcance de los recluidos, abrió una escuela para alfabetizar, pues la mayoría  era analfabeta, promovió el deporte e intensificó los talleres para que pudieran rendirle culto al y de paso, ayudar económicamente a sus familiares y por último, vinculó a un grupo de sacerdotes y comunidades para que darles el aliento espiritual y moralizador que requerían para superar su adversidades. Después del receso inspirador que producía un agradable sorbo de café, el doctor Casas remataba que su experiencia como médico legista le había demostrado que la mayoría de los convictos era gente ignorante, sin ninguna instrucción ni formación moral, todo ello resultado del descuido en que se ha tenido al campesino que no ha sido educado en estas materias cuando niño y que por lo menos, se les dé estas luces ahora que sufren en el presidio las consecuencias injustas de su ignorancia. Después de algunos comentarios, todos favorables a la labor del nuevo director, cambiaron de tema para enfocarse en el profundo análisis que ameritaba la actual situación económica de la ciudad, toda vez que ese día se había dado a conocer el informe mensual que la Cámara de Comercio remitió al Ministerio de Fomento, como era la costumbre impuesta por las normas de antaño.

El primer argumento esbozado era su tardía aparición ya que hasta ahora se conocía la información del mes de junio, cuando estaba por terminar agosto. Aunque hoy puede parecernos rezagado el informe, debido a la tecnología existente en ese año, era el plazo que se tenía para su presentación muy a pesar de las quejas del público, para quienes siempre existirá una excusa que confirme su malestar, sobre todo en épocas difíciles. Pues bien, los comentarios eran que  “… el aspecto general de la economía del país sigue favorable, según lo demuestra el creciente desarrollo agrícola e industrial y el aumento de las reservas del banco emisor. Este halagador progreso se debe al éxito de la acertada política desarrollada por  el gobierno y especialmente a la magnífica cooperación e inteligente comprensión del pueblo colombiano que se da cuenta que su porvenir y su futuro bienestar está en el aumento de la producción”. Pero lo que interesaba a los asiduos miembros del ‘club del tinto y el vaso de agua’, era la situación local, de manera que le pedían a quien conociera la información les explicara. Era entonces cuando los entendidos, por lo general, comerciantes, intervenían diciendo que “… en la ciudad no existen acaparadores mayoristas de víveres pero que en la casa de mercado el gremio de los revendedores hábilmente trataba de sacar provecho a sus operaciones de compra venta lo que contribuía al alza de los productos de primera necesidad y aunque las noticias llegadas de los pueblos indicaban que las próximas cosechas prometían ser abundantes, las esperanzas eran halagadoras para que los campesinos pudieran aliviar la difícil situación que habían vivido en las meses anteriores”. Las malas noticias, según los mismos interlocutores, era el licenciamiento de su personal de obreros y de oficina de las compañías petroleras del Catatumbo, por una parte y de otra, las restricciones impuestas para la exportación de empaques de fique a Venezuela y que constituye un obstáculo para el desarrollo de esta industria, razón por la cual, la Cámara solicitó al Ministerio del ramo, su eliminación y evitar el colapso de millares de empleos que genera esta actividad.

Declarados fervientes defensores de esta propuesta y antes de terminar la tertulia, el dato infaltable de toda reunión cucuteña, el precio de las divisas: en agosto 25 de 1942, el dólar se cotizaba en $274.75 y el bolívar: $261 para la compra y $262.50 para la venta.

Gerardo Raynaud D. | gerard.raynaud@gmail.com

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