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Relatos de madres que perdieron sus hijos por la barbarie paramilitar

Jueves, 22 de Septiembre de 2022
María * una mujer ya entrada en años, que no olvida y que se resiste a aceptar la pérdida de su hijo, extraviado en la vorágine criminal desatada por los paramilitares en el Catatumbo

 

Los ojos azul aguamarina de María* se viven inundando a cada rato, como si fueran una fuente de agua inagotable capaz de inundar los ríos y hasta el propio océano.

Su mirada se pierde escarbando en el tiempo y es cuando empiezan a brotar las gruesas lágrimas que son cristales que recorren las mejillas hasta las comisuras de la boca, seguramente para sentir allí el amargo de su sufrimiento.


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Es una mujer ya entrada en años, que no olvida y que se resiste a aceptar la pérdida de su hijo, extraviado en la vorágine criminal desatada por los paramilitares en las entrañas del Catatumbo.

Su vida sin embargo ha tenido etapas felices, que la ayudan a sobreponerse a la adversidad y la remontan a la niñez en las orillas del río Catatumbo,  en el que su padre pescaba mientras ella correteaba junto a sus dos hermanos, cubiertos de cielo y una inmenso manto vegetal.

Mi vida fue así: A la edad de seis años mi papá me llevó al Catatumbo, cuando los indígenas eran bravos, a un punto conocido como El 60, más adelante de La Gabarra. Ahí crecimos y en esa lejanía aprendimos a convivir con los Motilón Barí, que recién empezaban a tener contacto con lo que se conoce como civilización.

Vivíamos con el viejo, porque mi mamá lo abandonó y nosotros nos quedamos solos en ese ambiente. En Catalaura, en la parte baja de Caño Martillo, donde existía una misión que dirigían curas y monjas, les enseñaban a leer y a escribir a los indiecitos y ahí tuve mi primer contacto con las letras, que continué en El 60, hasta el segundo año de primaria, con la profesora Ramona, la única educación que recibí en la vida porque no pude volver a estudiar.
 

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Víctimas de la violencia

 

Mi papá en esa época le vendía el pescado a las compañías Colpet-Sagoc que se encargaron -desde 1931 y durante 50 años- del manejo, exploración, explotación, construcción del oleoducto, transporte y posteriormente de la refinación y exportación del petróleo y los demás hidrocarburos de la Concesión Barco en el Catatumbo.
  
Nos instalamos en un punto llamado Barrancas, en una finca donde nos terminamos de criar, junto a Jesús, un pequeño motilón que un día llegó a nuestra casa y se quedó con nosotros hasta que fue un hombre.

Ese tiempo fue bonito, porque gozábamos de paz y tranquilidad ya que los indígenas se habían apaciguado y no había temor de nadie. Todos estábamos unidos, campesinos y motilones trabajábamos la tierra en armonía, juntos pescábamos o cazábamos sin problemas.


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Viví en ese lugar hasta que me casé, a los 15 años, y formé mi propio hogar, en una finca que logramos comprar y dónde me interné a cuidar mis 14 hijos. Trabajamos con ganado, sembramos árboles frutales, plátano, yuca y hortalizas. 

Buscando mejor provecho los campesinos de las veredas La Isla, Las Palmas, Mis Negros y la parte baja de El Martillo organizamos una cooperativa, en 1998, un año antes de la entrada de los paramilitares a La Gabarra, aquel doloroso mayo de 1999. 

Estábamos asociados agricultores y ganaderos y todo eso se acabó. Yo todavía guardo esa documentación, que he tenido que mostrar para dar testimonio de nuestra tragedia. Además de desaparecer a mi hijo, asesinaron a mi hermano, un cuñado y vimos caer a nuestros vecinos.

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Víctimas de la violencia paramilitar

Fuimos ganaderos y agricultores y nunca trabajamos con la ‘mata’. Esa ha sido mi lucha, porque siempre nos enrostran que sembrábamos coca, entonces con ese cuento justifican las masacres y toda la barbarie paramilitar. 
Tenemos cómo demostrar que siempre hemos sido familias que si logramos tener algo lo conseguimos con trabajo honrado, con amor y esfuerzo. 

Eso es lo que no nos permite retroceder y estar reclamando lo que perdimos, porque no podría mirar a la cara a nadie si nuestras cosas, que Dios nos regaló, las hubiéramos conseguido mediante cosas ilícitas.


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El día que recibimos el primer mercado como desplazados en la Cruz Roja, fue para nosotros muy duro, porque no estábamos acostumbrados a pedir, y por el contrario teníamos para darles a otras personas, compartíamos con mucha gente parte de nuestras cosechas.

En los primeros meses del desplazamiento, una hija de 11 años perdió la razón por toda la situación que vivimos, incluso aguantamos hambre y estuvimos a la intemperie.

Sobreponiéndome al miedo y a la impotencia que se siente cuando no se tiene una respuesta contundente del Estado, hasta el día de hoy no he bajado la guardia. Hasta el día de hoy he insistido en buscar a mí hijo, en buscar la verdad.

No voy a descansar hasta saber qué pasó con mi hijo, que tenía tan solo 16 años cuando los paramilitares lo bajaron de una canoa y se lo llevaron por una loma arriba, sin que le permitieran siquiera volver la vista atrás.

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Víctimas de la violencia paramilitar

 

¿Más quieren?


Mercedes*  ve pasar los días como quien repasa en un libro, hoja por hoja, sin un afán aparente, absorta en un solo pensamiento: Su hijo, desaparecido el 1 de marzo de 2003 en Villavicencio (Meta).

La lucha librada durante tanto tiempo para volver a tener noticias de su ser querido le ha costado abundantes lágrimas, quebrantos de salud, pero lo más grave, amenazas de muerte, situación por la cual se pregunta “¿más quieren? Si ya cortaron la flor preciada de mi jardín”.

En un desgastado cuaderno apunta con meticulosidad los instantes angustiosos sufridos desde que el mayor de sus muchachos no volvió a casa, pero también aquellos momentos felices vividos al lado de quien, paradójicamente, por su ausencia, la está consumiendo lentamente.


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Antes de nacer perdí a mi padre por la violencia, y también perdí a mi hijo y a un yerno, por lo que ya van tres hombres de mi núcleo familiar desaparecidos”, según su desgarrador testimonio.

Este corazón, dice poniendo el dedo en un garabateado dibujo hecho con pulso tembloroso en el cuaderno de la ‘memoria’, representa los años felices cuando teníamos la riqueza más grande que era contar con nuestros seres amados en casa. Uno no sentía pobreza, no sentía nada, porque la mayor felicidad de los seres humanos es tener toda su familia, y así sea un agua de panela se toma con la alegría, pero cuando se pierde un ser querido, y más un hijo, ningún manjar para uno es dulce, porque siempre se lleva esa amargura en el corazón.

Entonces tenemos que sobrellevar la tragedia con la certeza que otros miembros de nuestra familia nos esperan, así como muchos colombianos más que han sufrido la misma situación, para enseñarlos a fortalecerse, para que salgamos adelante luchado por una paz venidera, continúa en su relato.

Me casé con un viudo que tenía seis  hijos, y de nuestra unión nacieron tres más, por lo que tuve nueve en total, es decir una familia numerosa. A todos los he amado mucho, pero mi corazón se entristeció después que perdí a uno de ellos sin saber por qué. 
 

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Víctimas de la violencia paramilitar

 

La afición por escribir lo que le sucede y la ha marcado profundamente, nació desde la vinculación a la mesa humanitaria del Movimiento Nacional de Víctimas de Crímenes de Estado (Movice), en Meta, asistiendo a talleres y jornadas de formación, fortalezas que le han servido para afrontar la vida en la ciudad, después de toda una vida de labrar la tierra en el campo. 

Escribir es como una ventana de escape que me ha servido para sacudirme de toda esa tristeza, lo que me lleva a decir: no más lágrimas y luchemos mejor contra la impunidad, riamos y pongamos todo el empeño para hacer de Colombia una país feliz y en paz, que es el remedio para sobreponernos al dolor sufrido por los hijos que nos arrebataron de las manos esos seres sin corazón que un buen día decidieron destruir a tantos colombianos.

En las noches, cuando el sueño no llega o estoy triste, agarro a mi amigo, que es el cuaderno donde están todas las memorias y me desahogo, porque allí plasmo tristezas, alegrías, amor, felicidad, dicha y amargura, juntando esos sentimientos porque todo se conjuga en ese acto de escribir, relata Mercedes.

Anoto que comida le gustaba a mi hijo, a que sitio le gustaba ir, la ropa que solía usar, las canciones que escuchaba, que enfermedades había sufrido y fechas especiales, como la primera comunión, cuando me desvelé haciendo la torta para la fiesta del día siguiente en un fogón de leña, lo que causó mucha risa porque quedó un poco torcida y quemada ya que era la primera vez que lo hacía.

También me gusta pintar flores, porque siempre digo: se llevaron la flor de mi jardín, la flor principal, fue el hijo mayor y ese dolor no lo repara nada ni nadie.

Fui criada en el campo y tuve un desplazamiento cuando estaban mis hijos pequeños, argumentando los victimarios que los campesinos estábamos con la guerrilla, y en una segunda oportunidad, justo en 2003, sufro una nueva racha de violencia, que fue cuando se llevaron a mi hijo y por esa desaparición perdí a mi esposo de un ataque al corazón, que murió de pena moral.

Yo sufro de cáncer en los ovarios, pero sigo luchando por mantener la memoria de mis seres queridos y para que algún día se pueda vivir en este país en paz.  

Lo último que he escrito hasta ahora es: “Juan era un hijo muy bueno, hijo y hermano, que daba mucho amor y alegría en el hogar. Era alegre y trabajador. Desde los 11 años ayudaba a trabajar para ayudar con los gastos de la casa y el estudio de los hermanos menores. Se lo llevaron de una humilde casa de Villavicencio, donde vivía con su abuelita, mientras yo permanecía en el campo. 10 días después me llegó la noticia”.

Mercedes, quien asistió a los actos programados con motivo de la 'Sexta semana por la memoria, lecciones de vida para nunca olvidar' (Medellín), no pudo continuar su relato porque se lo impedía un nudo en la garganta al recordar aquellos infaustos días. Solo tuvo fuerzas para llorar.

 

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Eduardo Bautista
Eduardo Bautista

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