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La nueva promesa de Trump
Más grave y más difícil de reparar hacia el futuro, es la  pérdida de la confianza.
Domingo, 10 de Diciembre de 2017

El más reciente intento de Donald Trump por ganar influencia en Oriente Medio, y sobresalir más que su homólogo ruso, Vladimir Putin, no salió como se esperaba. 

Si bien Trump logró entrar en el grupo de Presidentes ‘justos’ con la causa judía, como lo hicieron en su momento Truman, Kennedy y Nixon, perjudicó gravemente la estabilidad de la zona. 

Evidentemente, el reconocimiento de Jerusalén como la capital de Israel responde a una jugada política y no a una decisión orientada a la diplomacia. Sin embargo, no es sólo un acto discursivo, como señalaban algunos analistas asentados en Israel. 

Esta declaración tiene consecuencias en varios rubros, desde el statu quo que se había mantenido con éxito en la ciudad, pasando por el derecho internacional, y hasta el proceso de negociación del conflicto palestino-israelí.

El reconocimiento político de la capitalidad de Jerusalén tiene implicaciones que van mucho más allá de una ‘simple’ provocación a mil quinientos millones de musulmanes. 

Una de ellas es que rompe un consenso que llevaba funcionando más de setenta años, respecto de la multiculturalidad y statu quo religioso de Jerusalén, teniendo en cuenta que allí se ubican sitios sagrados de las religiones más profesadas en el mundo: Judaísmo, Cristianismo e Islam. 

Otra implicación, más grave y más difícil de reparar hacia el futuro, es la  pérdida de la confianza del rol mediador de Estados Unidos en el conflicto. 

Y finalmente, la peor de todas, es el rechazo implícito de la potencia ante la discutida y promovida internacionalmente solución de dos Estados. 

El motor de la promesa de Trump es demostrar que él sí es capaz de cumplir lo que otros han prometido, a pesar de las consecuencias que esto pueda traer: Nuevas olas de violencia, distanciamiento político entre las partes en conflicto, destrucción mutua de los pueblos o rechazo por parte de los países del Consejo de Seguridad de la ONU. 

El traslado de la embajada de Tel Aviv a Jerusalén y las cuestiones prácticas y reales de la nueva promesa Trump son algo que, según él, podrían tardar de tres a cuatro años, lo que significaría que este cambio no alcanzaría a suceder dentro de su mandato. 

Quizás se trate sólo de una promesa de arena.

Lo que no es de arena es el llamado que hicieron las fuerzas políticas palestinas. 

La ira es real, lo demuestran los más de 4.500 palestinos que salieron a las calles a enfrentarse contra los soldados israelíes, y los cuatro muertos y 300 heridos que resultaron de la jornada del viernes pasado. 

No obstante, las posibilidades de una tercera intifada son casi nulas, teniendo en cuenta las realidades internas de los países aliados de la causa palestina. 

El llamado de Hamas a países musulmanes podría ser en vano, ya que no hay quién haga la guerra por la parte árabe de este conflicto. 

Siria está inmersa en una guerra propia, Egipto tiene una alianza vital para combatir a Isis en la Península del Sinaí, y los Saudíes han tejido vínculos con Israel difíciles de romper. 

Es innegable la conexión judía con la ciudad de Jerusalén, pero no por esto se deben olvidar los lazos palestinos con la misma, fundamentados principalmente por la Explanada de las Mezquitas. El error de Trump no ha sido el reconocer a Jerusalén como capital de Israel, sino reconocerla de forma global, ignorando la diferencia que hay en los asentamientos en el Este (palestino) y Oeste (judío) de la urbe. 

La capitalidad de Jerusalén es condición obligatoria para la paz en los territorios que han vivido en conflicto durante años. Sin embargo, esta capitalidad no puede ser exclusiva ni unificada, sino compartida, para que no haya lugar a más manifestaciones de violencia en el futuro. Es cierto que Jerusalén no ha sido nunca la capital de un país árabe, pero es necesario que esto cambie para mantener el statu quo religioso de la urbe y para generar nuevas concesiones, las cuales son vitales para la estabilidad de la región. Sólo de esta forma seguirá siendo viable la solución de la construcción de dos Estados, a la vez que la pacificación en una región donde el conflicto ha sido la única constante.

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